{"id":132,"date":"2015-09-04T08:03:36","date_gmt":"2015-09-04T08:03:36","guid":{"rendered":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=132"},"modified":"2016-08-10T16:10:02","modified_gmt":"2016-08-10T16:10:02","slug":"el-avion-de-la-bella-durmiente-lareo-della-bella-dormiente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=132","title":{"rendered":"El avi\u00f2n de la bella durmiente \/ L&#8217;aereo della bella addormentata"},"content":{"rendered":"<div class=\"column-half first\"> Era bella, el\u00e1stica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y ten\u00eda el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antig\u00fcedad que lo mismo pod\u00eda ser de Indonesi\u00e1 que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. \u201cEsta es la mujer m\u00e1s bella que he visto en mi vida\u201d, pens\u00e9, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hac\u00eda la cola para abordar el avi\u00f3n de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de Par\u00eds. Fue una aparici\u00f3n sobrenatural que existi\u00f3 s\u00f3lo un instante y, desapareci\u00f3 en la muchedumbre del vest\u00edbulo.<br \/>\nEran las nueve de la ma\u00f1ana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tr\u00e1nsito era m\u00e1s denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y m\u00e1s lento a\u00fan en la autopista, y hab\u00eda camiones de carga alineados a la orilla, y autom\u00f3viles humeantes en la nieve. En el vest\u00edbulo del aeropuerto, en cambio, la vida segu\u00eda en primavera.<br \/>\nYo estaba en la fila de registro detr\u00e1s de una anciana holandesa que demor\u00f3 casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparici\u00f3n instant\u00e1nea que me dej\u00f3 sin aliento, as\u00ed que no supe c\u00f3mo termin\u00f3 el altercado, hasta que la empleada me baj\u00f3 de las nubes con un reproche por mi distracci\u00f3n. A modo de disculpa le pregunt\u00e9 si cre\u00eda en los amores a primera vista. \u201cClaro que s\u00ed\u201d, me dijo. \u201cLos imposibles son los otros\u201d. Sigui\u00f3 con la vista fija en la pantalla de la computadora, y me pregunt\u00f3 qu\u00e9 asiento prefer\u00eda: fumar o no fumar.<br \/>\n\u2014Me da lo mismo \u2014le dije con toda intenci\u00f3n\u2014, siempre que no sea al lado de las once maletas.<br \/>\nElla lo agradeci\u00f3 con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.<br \/>\n\u2014Escoja un n\u00famero \u2014me dijo\u2014: tres, cuatro o siete.<br \/>\n\u2014Cuatro.<br \/>\nSu sonrisa tuvo un destello triunfal.<br \/>\n\u2014En quince a\u00f1os que llevo aqu\u00ed \u2014dijo\u2014, es el primero que no escoge el siete.<br \/>\nMarc\u00f3 en la tarjeta de embarque el n\u00famero del asiento y me la entreg\u00f3 con el resto de mis papeles, mir\u00e1ndome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volv\u00eda a ver la bella. S\u00f3lo entonces me advirti\u00f3 que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.<br \/>\n\u2014\u00bfHasta cu\u00e1ndo?<br \/>\n\u2014Hasta que Dios quiera \u2014dijo con su sonrisa. La radio anunci\u00f3 esta ma\u00f1ana que ser\u00e1 la nevada m\u00e1s grande del a\u00f1o.<br \/>\nSe equivoc\u00f3: fue la m\u00e1s grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que hab\u00eda rosas vivas en los floreros y hasta la m\u00fasica enlatada parec\u00eda tan sublime y sedante como lo pretend\u00edan sus creadores. De pronto se me ocurri\u00f3 que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqu\u00e9 en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayor\u00eda eran hombres de la vida real que le\u00edan peri\u00f3dicos en ingl\u00e9s mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a trav\u00e9s de las vidrieras panor\u00e1micas, contemplando las f\u00e1bricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Despu\u00e9s del mediod\u00eda no hab\u00eda un espacio disponible, y el calor se hab\u00eda vuelto tan insoportable que escap\u00e9 para respirar.<br \/>\nAfuera encontr\u00e9 un espect\u00e1culo sobrecogedor. Gentes de toda ley hab\u00edan desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus ni\u00f1os, y sus enseres de viaje. Pues tambi\u00e9n la comunicaci\u00f3n con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de pl\u00e1stico, transparente parec\u00eda una inmensa c\u00e1psula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que tambi\u00e9n la bella deb\u00eda estar en alg\u00fan lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantas\u00eda me infundi\u00f3 nuevos \u00e1nimos para esperar.<br \/>\nA la hora del almuerzo hab\u00edamos asumido nuestra conciencia de n\u00e1ufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeter\u00edas, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no hab\u00eda nada qu\u00e9 comer ni beber. Los ni\u00f1os, que por un momento parec\u00edan ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empez\u00f3 a levantarse de la muchedumbre un olor de reba\u00f1o. Era el tiempo de los instintos. Lo \u00fanico que alcanc\u00e9 a comer en medio de la rebati\u00f1a fueron los dos \u00faltimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tom\u00e9 poco a poco en el mostrador, mientras los camareros pon\u00edan las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y vi\u00e9ndome a m\u00ed mismo en el espejo del fondo, con el \u00faltimo vasito de cart\u00f3n y la \u00faltima cucharita de cart\u00f3n, y pensando en la bella.<br \/>\nEl vuelo de Nueva York, previsto para las once de la ma\u00f1ana, sali\u00f3 a las ocho de la noche. Cuando por fin logr\u00e9 embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al m\u00edo. Me qued\u00e9 sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesi\u00f3n de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. \u201cSi alguna vez escribiera esto, nadie me lo creer\u00eda\u201d, pens\u00e9. Y apenas si intent\u00e9 en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibi\u00f3.<br \/>\nSe instal\u00f3 como para vivir muchos a\u00f1os, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar qued\u00f3 tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hac\u00eda, el sobrecargo nos llev\u00f3 la champa\u00f1a de bienvenida. Cog\u00ed una copa para ofrec\u00e9rsela a ella, pero me arrepent\u00ed a tiempo. Pues s\u00f3lo quiso un vaso de agua, y le pidi\u00f3 al sobrecargo, primero en un franc\u00e9s inaccesible y luego en un ingl\u00e9s apenas m\u00e1s f\u00e1cil, que no la despertara por ning\u00fan motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.<br \/>\nCuando le llevaron el agua, abri\u00f3 sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los ba\u00fales de las abuelas, y sac\u00f3 dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hac\u00eda todo de un modo met\u00f3dico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por \u00faltimo baj\u00f3 la cortina de la ventana, extendi\u00f3 la poltrona al m\u00e1ximo, se cubri\u00f3 con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acost\u00f3 de medio lado en la poltrona, de espaldas a m\u00ed, y durmi\u00f3 sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio m\u00ednimo de posici\u00f3n, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que dur\u00f3 el vuelo a Nueva York.<br \/>\nFue un viaje intenso. Siempre he cre\u00eddo que no hay nada m\u00e1s hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de f\u00e1bula que dorm\u00eda a mi lado. El sobrecargo hab\u00eda desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que trat\u00f3 de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la m\u00fasica. Le repet\u00ed la advertencia que ella le hab\u00eda hecho al sobrecargo, pero la azafata insisti\u00f3 para o\u00edr de ella misma que tampoco quer\u00eda cenar. Tuvo que confirm\u00e1rselo el sobrecargo, v aun as\u00ed me reprendi\u00f3 porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.<br \/>\nHice una cena solitaria, dici\u00e9ndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sue\u00f1o era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se hab\u00eda tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.<br \/>\n\u2014A tu salud, bella.<br \/>\nTerminada la cena apagaron las luces, dieron la pel\u00edcula para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta m\u00e1s grande del siglo hab\u00eda pasado, y la noche del Atl\u00e1ntico era inmensa y limpida, y el avi\u00f3n parec\u00eda inm\u00f3vil entre las estrellas. Entonces la contempl\u00e9 palmo a palmo durante varias horas, y la \u00fanica se\u00f1al de vida que pude percibir fueron las sombras de los sue\u00f1os que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Ten\u00eda en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las u\u00f1as rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parec\u00eda tener m\u00e1s de veinte a\u00f1os me consol\u00e9 con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo ef\u00edmero. \u201cSaber que duermes t\u00fa, cierta, segura, cauce fiel de abandono, l\u00ednea pura, tan cerca de mis brazos maniatados\u201d, pens\u00e9, repitiendo en la cresta de esp\u00famas de champa\u00f1a el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extend\u00ed la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados m\u00e1s cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiraci\u00f3n era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un h\u00e1lito tenue que s\u00f3lo pod\u00eda ser el olor propio de su belleza. Me parec\u00eda incre\u00edble: en la primavera anterior hab\u00eda le\u00eddo una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas m\u00e1s bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No pod\u00edan despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de\u00a1 placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sue\u00f1o de la bella, no s\u00f3lo entend\u00ed aquel refinamiento senil, sino que lo viv\u00ed a plenitud.<br \/>\n\u2014Qui\u00e9n iba a creerlo \u2014me dije, con el amor propio exacerbado por la champa\u00f1a\u2014: Yo, anciano japon\u00e9s a estas alturas.<br \/>\nCreo que dorm\u00ed varias horas, vencido por la champa\u00f1a y los fogonazos mudos de la pel\u00edcula, y despert\u00e9 con la cabeza agrietada. Fui al ba\u00f1o. Dos lugares detr\u00e1s del m\u00edo yac\u00eda la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parec\u00eda un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfrut\u00e9 de la dicha mezquina de no recogerlos.<br \/>\nDespu\u00e9s de desahogarme de los excesos de champa\u00f1a me sorprend\u00ed a m\u00ed mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombr\u00e9 de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avi\u00f3n se fue a pique, se enderez\u00f3 como pudo, y prosigui\u00f3 volando al galope. La orden de volver al asiento se encendi\u00f3. Sal\u00ed en estampida, con la ilusi\u00f3n de que s\u00f3lo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volv\u00ed sobre mis pasos, los recog\u00ed, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento n\u00famero cuatro.<br \/>\nEl sue\u00f1o de la bella era invencible. Cuando el avi\u00f3n se estabiliz\u00f3, tuve que resistir la tentaci\u00f3n de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo \u00fanico que deseaba en aquella \u00faltima hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. \u201cCarajo\u201d, me dije, con un gran desprecio. \u201c\u00a1Por qu\u00e9 no nac\u00ed Tauro!\u201d.<br \/>\nDespert\u00f3 sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. S\u00f3lo entonces ca\u00ed en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos d\u00edas al despertar. Tampoco ella. Se quit\u00f3 el antifaz, abri\u00f3 los ojos radiantes, enderez\u00f3 la poltrona, tir\u00f3 a un lado la manta, se sacudi\u00f3 las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvi\u00f3 a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje r\u00e1pido y superfluo, que le alcanz\u00f3 justo para no mirarme hasta que la puerta se abri\u00f3. Entonces se puso la chaqueta de lince, pas\u00f3 casi por encima de m\u00ed con una disculpa convencional en castellano puro de las Am\u00e9ricas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareci\u00f3 hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.<\/div>\n<div class=\"column-half second\">Era bella, elastica, con una pelle morbida color del pane e gli\u00a0occhi di mandorle verdi, e aveva i capelli\u00a0lisci e neri e lunghi fino alla schiena, e un&#8217;aura di antichit\u00e0 che poteva essere tanto dell&#8217;Indonesia che delle Ande. Era vestita con un gusto sottile: giacca di lince, camicetta di seta naturale a fiori molto tenui, pantaloni di lino crudo, e scarpe lineari color delle buganvilles. &#8220;Questa \u00e8 la donna pi\u00f9 bella che abbia visto in vita mia&#8221;, pensai, quando la vidi passare con le sue falcate furtive da leonessa, mentre facevo la coda per imbarcarmi sull&#8217;aereo per New York all&#8217;aeroporto Charles de Gaulle di Parigi. Fu un&#8217;apparizione soprannaturale che dur\u00f2 solo un istante e scomparve tra la folla dell&#8217;atrio.<br \/>\nErano le nove del mattino. Stava nevicando fin dalla notte prima, e il traffico era pi\u00f9 fitto del solito nelle vie della citt\u00e0, e ancora pi\u00f9 lento sull&#8217;autostrada, e c&#8217;erano camion da carico allineati sul margine, e automobili fumanti nella neve. Nell&#8217;atrio dell&#8217;aeroporto, invece, la vita continuava come in primavera.<br \/>\nIo facevo la fila al check-in dietro un&#8217;anziana olandese che rimase quasi un&#8217;ora a discutere sul peso delle sue undici valigie. Cominciavo ad annoiarmi quando vidi l&#8217;apparizione istantanea che mi lasci\u00f2 senza respiro, \u00a0cos\u00ec che non seppi come termin\u00f2 il diverbio, finch\u00e9 l&#8217;impiegata mi fece scendere dalle nuvole con un rimprovero per la mia \u00a0distrazione. Scusandomi le chiesi se credeva negli amori a prima vista. &#8220;Certamente &#8220;, mi disse. &#8220;Quelli impossibili sono gli altri.&#8221; E continu\u00f2 con \u00a0lo sguardo fisso sullo schermo del computer, e mi chiese quale posto preferissi: fumatori o non fumatori.<br \/>\n&#8220;Fa lo stesso&#8221; le dissi con intenzione, &#8220;purch\u00e9 non sia a fianco delle undici valigie.&#8221;<br \/>\nLei ringrazi\u00f2 con un sorriso commerciale senza allontanare lo sguardo \u00a0dallo schermo fosforescente.<br \/>\n&#8220;Scelga un \u00a0numero&#8221; mi disse, &#8220;tre, quattro o sette.&#8221;<br \/>\n&#8220;Quattro.&#8221;<br \/>\nIl suo sorriso ebbe un lampo trionfale.<br \/>\n&#8220;In quindici anni che sono qui&#8221; disse &#8220;\u00e8 il primo che non sceglie il sette.&#8221;<br \/>\nSegn\u00f2 sulla carta d&#8217;imbarco il numero del posto e me la consegn\u00f2 insieme con il resto dei miei documenti guardandomi per la prima volta con occhi color dell&#8217;uva che mi sarebbero serviti da consolazione finch\u00e9 non avessi rivisto la bella. Solo allora mi avvert\u00ec che l&#8217;aeroporto era stato appena chiuso e che tutti i voli erano ritardati.<br \/>\n&#8220;Fino a quando?&#8221;<br \/>\n&#8220;Finch\u00e9 piaccia a Dio&#8221; disse col suo sorriso. &#8220;La radio ha annunciato questa mattina che sar\u00e0 la nevicata pi\u00f9 forte dell&#8217;anno.&#8221;<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Si sbagliava: fu la pi\u00f9 forte del secolo. Ma nella sala d&#8217; attesa di prima classe la primavera era cos\u00ec reale che c&#8217;erano rose fresche nei vasi e persino la musica in scatola pareva sublime e calmante come sostenevano i suoi creatori. Improvvisamente mi venne in mente che quello era un rifugio adatto alla bella, e la cercai nelle altre sale, intimorito dalla mia stessa audacia. Ma per la maggior parte erano uomini della vita reale che leggevano giornali in \u00a0inglese mentre le mogli pensavano ad altri, contemplando gli aerei morti nella neve attraverso le vetrate panoramiche, contemplando le fabbriche glaciali, i vasti vivai di Roissy devastati dai leoni. Dopo mezzogiorno non c&#8217;era pi\u00f9 uno spazio disponibile, e il calore era diventato cos\u00ec insopportabile che scappai via per respirare.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Fuori trovai uno spettacolo impressionante. Gente di ogni tipo era debordata dalle sale d&#8217;attesa, e stava accampata nei corridoi soffocanti, e pure sulle scale, stesa a terra con i propri animali e i propri bambini, e i propri bagagli. Anche le comunicazioni con la citt\u00e0 erano interrotte, e il palazzo di plastica trasparente sembrava un&#8217;immensa capsula spaziale arenata nella tempesta. Non riuscii ad evitare l&#8217;idea che anche la bella dovesse essere in qualche luogo in mezzo a quelle orde mansuete, e questa fantasia mi infuse nuovo coraggio per sperare.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">All&#8217;ora di pranzo avevamo assunto la nostra consapevolezza di naufraghi. Le code si fecero interminabili di fronte ai sette ristoranti, alle tavole calde, ai bar \u00a0stracolmi, e in meno di tre ore dovettero chiuderli perch\u00e9 non c&#8217;era pi\u00f9 nulla da mangiare n\u00e9 da bere. I bambini, che per un momento sembravano essere tutti quelli del mondo, si misero a piangere contemporaneamente, e dalla folla cominci\u00f2 ad alzarsi un odore di gregge. Era il tempo degli istinti. L&#8217;unica cosa che riuscii a mangiare in \u00a0mezzo al ruffa raffa furono gli ultimi due vasetti di gelato alla crema in \u00a0un negozio per bambini. Li mangiai lentamente al banco, mentre i camerieri mettevano le sedie sui tavoli man a mano che \u00a0si liberavano, \u00a0guardandomi nello specchio in fondo, con l&#8217;ultimo vasetto di cartone e l&#8217;ultimo cucchiaino di cartone, e pensando alla bella.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Il volo per New York, previsto per le undici di mattina, part\u00ec alle otto di sera. Quando finalmente riuscii ad imbarcarmi, i passeggeri di prima classe erano gi\u00e0 al loro posto, e una hostess mi condusse al mio. Rimasi senza fiato. Nel sedile accanto, vicino al finestrino, la bella stava prendendo possesso del suo spazio con l&#8217;autorit\u00e0 dei viaggiatori esperti. &#8220;Se un giorno scrivessi tutto questo, nessuno mi crederebbe&#8221;, pensai. E tentai a mala pena con la lingua legata un saluto indeciso che lei non colse.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Si install\u00f2 come per vivere molti anni, mettendo ogni cosa al suo posto e nel suo ordine, finch\u00e9 lo spazio rimase ben disposto come la casa ideale dove tutto \u00a0\u00e9 a portata di mano. \u00a0Mentre lo faceva, \u00a0lo steward\u00a0ci port\u00f2 lo champagne di benvenuto. Presi una coppa per offrirgliela, ma me ne pentii in tempo. \u00a0Volle solo \u00a0un bicchiere d&#8217;acqua, e chiese allo steward, dapprima in un francese inaccessibile e poi in un inglese appena pi\u00f9 facile, che non la svegliassero per nessun motivo durante il volo. La sua voce grave e tiepida si \u00a0portava dietro una tristezza orientale.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Quando le ebbero portato l&#8217;acqua, \u00a0apr\u00ec sulle ginocchia un cofanetto da toilette con gli angoli di rame, come i bauli delle nonne, \u00a0e tir\u00f2 fuori due pastiglie dorate da un astuccio dove ne teneva altre di colori diversi. Faceva tutto in modo metodico e parsimonioso, come se non ci fosse nulla che non fosse previsto per lei fin dalla sua nascita. Per ultimo abbass\u00f2 la tendina del finestrino, allung\u00f2 il sedile al massimo, si copr\u00ec \u00a0con la coperta fino alla cintura senza togliersi le scarpe, si mise la mascherina per dormire, si sistem\u00f2 su un fianco, girandomi la schiena, e dorm\u00ec senza una sola pausa, senza un sospiro, senza un minimo cambiamento di posizione, durante le otto ore eterne e i dodici minuti in pi\u00f9 che dur\u00f2 il volo per New York.<br \/>\nFu un viaggio intenso. Ho sempre creduto che non ci sia nulla di pi\u00f9 bello in natura di una donna bella, cos\u00ec che mi fu impossibile sottrarmi neppure per un istante all&#8217;incantesimo di quella creatura da favola che dormiva al mio fianco. Lo steward era scomparso non appena avevamo decollato, e fu sostituito da una hostess cartesiana che cerc\u00f2 di svegliare la bella per darle l&#8217;astuccio della toilette e gli auricolari per la musica. Le ripetei l&#8217;avvertenza che lei aveva fatto allo steward, ma la hostess insistette per sentirsi dire \u00a0da lei stessa che non voleva neanche cenare. Dovette confermarglielo lo steward, e anche cos\u00ec mi sgrid\u00f2 perch\u00e9 la bella non si era appesa al collo il cartellino con l&#8217;ordine di non svegliarla.<br \/>\nFeci una cena solitaria, dicendomi in silenzio tutto quello che avrei detto a lei se fosse stata sveglia. Il suo sonno era tanto stabile che a un certo punto ebbi l&#8217;inquietudine che le pastiglie che aveva preso non fossero per dormire ma per morire. Prima di ogni sorso, alzavo il bicchiere e brindavo.<br \/>\n&#8220;Alla tua salute, bella.&#8221;<br \/>\nTerminata la cena spensero le luci, proiettarono il film per nessuno, e noi due rimanemmo soli nella penombra del mondo. La tempesta pi\u00f9 forte del secolo era passata, la notte dell&#8217;Atlantico era \u00a0immensa e limpida, e l&#8217;aereo sembrava immobile fra le stelle. Allora la contemplai palmo a palmo per diverse ore, e l&#8217;unico segnale di vita che potei percepire furono le ombre dei sogni che le passavano sulla fronte come le nuvole sull&#8217;acqua. Aveva al collo una catenella tanto sottile da essere quasi invisibile sulla sua pelle d&#8217;oro, le orecchie perfette senza fori per gli orecchini, le unghie rosate della buona salute, e un anello liscio alla mano sinistra. Siccome non sembrava avere pi\u00f9 di venti anni, mi consolai con l&#8217;idea che non fosse un anello di nozze ma di un fidanzamento effimero. &#8220;Sapere che dormi tu, certa, sicura, alveo fedele di abbandono, linea pura, tanto vicina alla mie braccia legate&#8221;, pensai, ripetendo sulla cresta di spuma di champagne il magistrale sonetto di Gerardo Diego. Poi allungai il sedile all&#8217;altezza del suo, e rimanemmo distesi pi\u00f9 vicini che in un letto matrimoniale. Il ritmo del suo respiro era come quello della sua voce, e la sua pelle esalava un alito tenue che solo poteva essere l&#8217;odore della sua bellezza. Mi pareva incredibile: la primavera precedente avevo letto un bel romanzo di Yasunari Kawabata sugli anziani borghesi di Kyoto che pagavano somme enormi per passare la notte contemplando le ragazze pi\u00f9 belle della citt\u00e0, nude e narcotizzate, mentre loro agonizzavano d&#8217;amore nello stesso letto. Non potevano svegliarle, n\u00e9 toccarle, e neppure ci provavano, perch\u00e9 l&#8217;essenza del piacere stava nel vederle dormire. Quella notte, vegliando il sonno della bella, non solo compresi quella raffinatezza senile, ma la vissi appieno.<br \/>\n&#8220;Chi l&#8217;avrebbe creduto&#8221; mi dissi, con l&#8217;amor proprio esacerbato dallo champagne: &#8220;Io, anziano giapponese a queste altezze.&#8221;<br \/>\n<\/span>Credo di aver dormito varie ore, vinto dallo champagne e dalle vampate mute del film, e mi svegliai con la testa frastornata. Andai alla toilette. Due posti dietro il mio giaceva l&#8217;anziana delle undici valigie stravaccata sul sedile. Sembrava un morto dimenticato sul campo di battaglia. A terra, nel mezzo del corridoio, c&#8217;erano i suoi occhiali di lettura con la catenina di perle colorate, e per un \u00a0istante godetti della gioia meschina di non raccoglierli.<br \/>\nDopo essermi liberato degli eccessi di champagne mi sorpresi nello specchio, indecente e brutto, e mi stupii che fossero tanto terribili gli strazi dell&#8217;amore. Improvvisamente l&#8217;aereo scese a picco, si raddrizz\u00f2 alla meglio, e continu\u00f2 a volare al galoppo. L&#8217;ordine di tornare al proprio posto si accese. Uscii di fretta, con l&#8217;illusione che solo le turbolenze di Dio avrebbero svegliato la bella, e che si sarebbe rifugiata tra le mie braccia per sfuggire al terrore. Nella fretta fui sul punto di \u00a0calpestare gli occhiali dell&#8217;olandese, e me ne sarei rallegrato. Ma tornai sui miei passi, li raccolsi, glieli posi in grembo, improvvisamente riconoscente che non avesse scelto prima di me il posto numero quattro.<br \/>\nIl sonno della bella era invincibile. Quando l&#8217;aereo si stabilizz\u00f2, dovetti resistere alla tentazione di scuoterla con un qualche pretesto, perch\u00e9 l&#8217;unica cosa che desideravo in quell&#8217;ultima ora di volo era vederla sveglia, sia pure infuriata, per poter ricuperare la mia libert\u00e0, e forse la mia giovent\u00f9. Ma non ne fui capace. &#8220;Cazzo&#8221;, mi dissi con grande disprezzo, &#8220;perch\u00e9 non sono nato Toro!&#8221;<br \/>\nSi svegli\u00f2 senza aiuto nell&#8217;istante in cui si accesero i segnali di atterraggio, ed era tanto bella e fresca come se avesse dormito in un rosaio. Solo allora mi resi conto che i vicini di posto \u00a0sugli aerei, come succede ai vecchi coniugi, non si danno il buongiorno al risveglio. Lei neppure. Si tolse la mascherina, apr\u00ec gli occhi \u00a0radiosi, raddrizz\u00f2 il sedile, scost\u00f2 la coperta, scosse i capelli che si pettinavano da soli con il loro peso, rimise il cofanetto sulle ginocchia, e si fece un maquillage rapido e superfluo, che le fu sufficiente per non guardarmi finch\u00e9 la porta si apr\u00ec. Allora si mise la giacca di lince, mi pass\u00f2 quasi sopra chiedendomi convenzionalmente scusa in uno spagnolo puro delle Americhe, e se and\u00f2 senza neppure salutare, senza ringraziarmi per tutto quello che avevo fatto per la nostra notte felice, e scomparve fino al sole di oggi nell&#8217;Amazzonia di New York.<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[5],"tags":[25,24],"class_list":["post-132","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-gabriel-garcia-marquez","tag-gabriel-garcia-marquez","tag-marquez"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/132","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=132"}],"version-history":[{"count":47,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/132\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":873,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/132\/revisions\/873"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=132"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=132"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=132"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}