{"id":17,"date":"2015-08-21T09:14:07","date_gmt":"2015-08-21T09:14:07","guid":{"rendered":"http:\/\/bd-afl.net\/cuentoseracconti.com\/?p=17"},"modified":"2016-08-10T16:11:38","modified_gmt":"2016-08-10T16:11:38","slug":"emma-zunz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=17","title":{"rendered":"Emma Zunz"},"content":{"rendered":"<p><div class=\"column-half first\">El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la f\u00e1brica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, hall\u00f3 en el fondo del zagu\u00e1n una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre hab\u00eda muerto. La enga\u00f1aron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquiet\u00f3 la letra desconocida. Nueve diez l\u00edneas borroneadas quer\u00edan colmar la hoja; Emma ley\u00f3 que el se\u00f1or Maier hab\u00eda ingerido por error una fuerte dosis de veronal y hab\u00eda fallecido el tres del corriente en el hospital de Bag\u00e9. Un compa\u00f1ero de pensi\u00f3n de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de R\u00edo Grande, que no pod\u00eda saber que se dirig\u00eda a la hija del muerto.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Emma dej\u00f3 caer el papel. Su primera impresi\u00f3n fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de fr\u00edo, de temor; luego, quiso ya estar en el d\u00eda siguiente. Acto cont\u00ednuo comprendi\u00f3 que esa voluntad era in\u00fatil porque la muerte de su padre era lo \u00fanico que hab\u00eda sucedido en el mundo, y seguir\u00eda sucediendo sin fin. Recogi\u00f3 el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guard\u00f3 en un caj\u00f3n, como si de alg\u00fan modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya hab\u00eda empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que ser\u00eda.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">En la creciente oscuridad, Emma llor\u00f3 hasta el fin de aquel d\u00eda del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos d\u00edas felices fue Emanuel Zunz. Record\u00f3 veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, record\u00f3 (trat\u00f3 de recordar) a su madre, record\u00f3 la casita de Lan\u00fas que les remataron, record\u00f3 los amarillos losanges de una ventana, record\u00f3 el auto de prisi\u00f3n, el oprobio, record\u00f3 los an\u00f3nimos con el suelto sobre \u00abel desfalco del cajero\u00bb, record\u00f3 (pero eso jam\u00e1s lo olvidaba) que su padre, la \u00faltima noche, le hab\u00eda jurado que el ladr\u00f3n era Loewenthal. Loewenthal, Aar\u00f3n Loewenthal, antes gerente de la f\u00e1brica y ahora uno de los due\u00f1os. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo hab\u00eda revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quiz\u00e1 rehu\u00eda la profana incredulidad; quiz\u00e1 cre\u00eda que el secreto era un v\u00ednculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sab\u00eda que ella sab\u00eda; Emma Zunz derivaba de ese hecho \u00ednfimo un sentimiento de poder.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">No durmi\u00f3 aquella noche, y cuando la primera luz defini\u00f3 el rect\u00e1ngulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procur\u00f3 que ese d\u00eda, que le pareci\u00f3 interminable, fuera como los otros. Hab\u00eda en la f\u00e1brica rumores de huelga; Emma se declar\u00f3, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisaci\u00f3n. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discuti\u00f3 a qu\u00e9 cinemat\u00f3grafo ir\u00edan el domingo a la tarde. Luego, se habl\u00f3 de novios y nadie esper\u00f3 que Emma hablara. En abril cumplir\u00eda diecinueve a\u00f1os, pero los hombres le inspiraban, a\u00fan, un temor casi patol\u00f3gico&#8230; De vuelta, prepar\u00f3 una sopa de tapioca y unas legumbres, comi\u00f3 temprano, se acost\u00f3 y se oblig\u00f3 a dormir. As\u00ed, laborioso y trivial, pas\u00f3 el viernes quince, la v\u00edspera.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">El s\u00e1bado, la impaciencia la despert\u00f3. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel d\u00eda, por fin. Ya no ten\u00eda que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzar\u00eda la simplicidad de los hechos. Ley\u00f3 en La Prensa que el Nordstj\u00e4rnan, de Malm\u00f6, zarpar\u00eda esa noche del dique 3; llam\u00f3 por tel\u00e9fono a Loewenthal, insinu\u00f3 que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometi\u00f3 pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor conven\u00eda a una delatora. Ning\u00fan otro hecho memorable ocurri\u00f3 esa ma\u00f1ana. Emma trabaj\u00f3 hasta las doce y fij\u00f3 con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acost\u00f3 despu\u00e9s de almorzar y recapitul\u00f3, cerrados los ojos, el plan que hab\u00eda tramado. Pens\u00f3 que la etapa final ser\u00eda menos horrible que la primera y que le deparar\u00eda, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levant\u00f3 y corri\u00f3 al caj\u00f3n de la c\u00f3moda. Lo abri\u00f3; debajo del retrato de Milton Sills, donde la hab\u00eda dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie pod\u00eda haberla visto; la empez\u00f3 a leer y la rompi\u00f3.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde ser\u00eda dif\u00edcil y quiz\u00e1 improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. \u00bfC\u00f3mo hacer veros\u00edmil una acci\u00f3n en la que casi no crey\u00f3 quien la ejecutaba, c\u00f3mo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma viv\u00eda por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero m\u00e1s razonable es conjeturar que al principio err\u00f3, inadvertida, por la indiferente recova&#8230; Entr\u00f3 en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstj\u00e4rnan. De uno, muy joven, temi\u00f3 que le inspirara alguna ternura y opt\u00f3 por otro, quiz\u00e1 m\u00e1s bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y despu\u00e9s a un turbio zagu\u00e1n y despu\u00e9s a una escalera tortuosa y despu\u00e9s a un vest\u00edbulo (en el que hab\u00eda una vidriera con losanges id\u00e9nticos a los de la casa en Lan\u00fas) y despu\u00e9s a un pasillo y despu\u00e9s a una puerta que se cerr\u00f3. Los hechos graves est\u00e1n fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. \u00bfEn aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pens\u00f3 Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para m\u00ed que pens\u00f3 una vez y que en ese momento peligr\u00f3 su desesperado prop\u00f3sito. Pens\u00f3 (no pudo no pensar) que su padre le hab\u00eda hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hac\u00edan. Lo pens\u00f3 con d\u00e9bil asombro y se refugi\u00f3, en seguida, en el v\u00e9rtigo. El hombre, sueco o finland\u00e9s, no hablaba espa\u00f1ol; fue una herramienta para Emma como \u00e9sta lo fue para \u00e9l, pero ella sirvi\u00f3 para el goce y \u00e9l para la justicia.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Cuando se qued\u00f3 sola, Emma no abri\u00f3 en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que hab\u00eda dejado el hombre: Emma se incorpor\u00f3 y lo rompi\u00f3 como antes hab\u00eda roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepinti\u00f3, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel d\u00eda&#8230; El temor se perdi\u00f3 en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levant\u00f3 y procedi\u00f3 a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el \u00faltimo crep\u00fasculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subi\u00f3 a un Lacroze, que iba al oeste. Eligi\u00f3, conforme a su plan, el asiento m\u00e1s delantero, para que no le vieran la cara. Quiz\u00e1 le confort\u00f3 verificar, en el ins\u00edpido traj\u00edn de las calles, que lo acaecido no hab\u00eda contaminado las cosas. Viaj\u00f3 por barrios decrecientes y opacos, vi\u00e9ndolos y olvid\u00e1ndolos en el acto, y se ape\u00f3 en una de las bocacalles de Warnes. Pard\u00f3jicamente su fatiga ven\u00eda a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Aar\u00f3n Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos \u00edntimos, un avaro. Viv\u00eda en los altos de la f\u00e1brica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, tem\u00eda a los ladrones; en el patio de la f\u00e1brica hab\u00eda un gran perro y en el caj\u00f3n de su escritorio, nadie lo ignoraba, un rev\u00f3lver. Hab\u00eda llorado con decoro, el a\u00f1o anterior, la inesperada muerte de su mujer &#8211; \u00a1una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasi\u00f3n. Con \u00edntimo bochorno se sab\u00eda menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; cre\u00eda tener con el Se\u00f1or un pacto secreto, que lo exim\u00eda de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">La vio empujar la verja (que \u00e9l hab\u00eda entornado a prop\u00f3sito) y cruzar el patio sombr\u00edo. La vio hacer un peque\u00f1o rodeo cuando el perro atado ladr\u00f3. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repet\u00edan la sentencia que el se\u00f1or Loewenthal oir\u00eda antes de morir.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\"> Las cosas no ocurrieron como hab\u00eda previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se hab\u00eda so\u00f1ado muchas veces, dirigiendo el firme rev\u00f3lver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intr\u00e9pida estratagema que permitir\u00eda a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quer\u00eda ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricar\u00eda la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron as\u00ed.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Ante Aar\u00f3n Loeiventhal, m\u00e1s que la urgencia de vengar a su padre, Emma sinti\u00f3 la de castigar el ultraje padecido por ello. No pod\u00eda no matarlo, despu\u00e9s de esa minuciosa deshonra. Tampoco ten\u00eda tiempo que perder en teatraler\u00edas. Sentada, t\u00edmida, pidi\u00f3 excusas a Loewenthal, invoc\u00f3 (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunci\u00f3 algunos nombres, dio a entender otros y se cort\u00f3 como si la venciera el temor. Logr\u00f3 que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando \u00e9ste, incr\u00e9dulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvi\u00f3 del comedor, Emma ya hab\u00eda sacado del caj\u00f3n el pesado rev\u00f3lver. Apret\u00f3 el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplom\u00f3 como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompi\u00f3, la cara la mir\u00f3 con asombro y c\u00f3lera, la boca de la cara la injuri\u00f3 en espa\u00f1ol y en \u00eddisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompi\u00f3 a ladrar, y una efusi\u00f3n de brusca sangre man\u00f3 de los labios obscenos y manch\u00f3 la barba y la ropa. Emma inici\u00f3 la acusaci\u00f3n que hab\u00eda preparado (\u00abHe vengado a mi padre y no me podr\u00e1n castigar&#8230;\u00bb), pero no la acab\u00f3, porque el se\u00f1or Loewenthal ya hab\u00eda muerto. No supo nunca si alcanz\u00f3 a comprender. Los ladridos tirantes le recordaron que no pod\u00eda, a\u00fan, descansar. Desorden\u00f3 el div\u00e1n, desabroch\u00f3 el saco del cad\u00e1ver, le quit\u00f3 los quevedos salpicados y los dej\u00f3 sobre el fichero. Luego tom\u00f3 el tel\u00e9fono y repiti\u00f3 lo que tantas veces repetir\u00eda, con esas y con otras palabras:<em> Ha ocurrido una cosa que es incre\u00edble&#8230; El se\u00f1or Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga&#8230; Abus\u00f3 de m\u00ed, lo mat\u00e9&#8230;<\/em><br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">La historia era incre\u00edble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero tambi\u00e9n era el ultraje que hab\u00eda\u00a0<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">padecido; <\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">s\u00f3lo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.<\/div>\n<\/span><div class=\"column-half second\">Il quattordici di gennaio del 1922, Emma Zunz, al ritorno dalla fabbrica di tessuti Tarbuch e Loewenthal, trov\u00f2 in fondo all&#8217;atrio una lettera, datata in Brasile, dalla quale seppe che suo padre era morto. La ingannarono, a prima vista, il francobollo e la busta; poi la inquiet\u00f2 la calligrafia sconosciuta. Nove o dieci righe scarabocchiate riempivano il foglio; Emma lesse che il signor Maier aveva ingerito per errore una forte dose di veronal ed era morto il tre di quel mese all&#8217;ospedale di Bag\u00e9. Firmava la lettere un compagno di pensione di suo padre, un\u00a0 tal Feino Fain, di Rio Grande, il quale non poteva sapere che si rivolgeva alla figlia del morto.<br \/>\nEmma lasci\u00f2 cadere il foglio. La sua prima impressione fu di malessere al ventre e alle ginocchia; poi di cieca colpa, di irrealt\u00e0, di freddo, di timore; poi, desider\u00f2 essere gi\u00e0 al giorno seguente. Immediatamente comprese che quel desiderio era inutile perch\u00e9 la morte di suo padre era l&#8217;unica cosa che era successa al mondo, e sarebbe continuata a succedere senza fine. Raccolse il foglio e and\u00f2 nella sua stanza. Lo ripose furtivamente in un cassetto, come se in qualche modo gi\u00e0 conoscesse i fatti successivi. Aveva gi\u00e0 cominciato a intravederli, forse; gi\u00e0 era quella che sarebbe stata.<br \/>\nNell&#8217;oscurit\u00e0 crescente, Emma pianse fino alla fine di quel giorno il suicidio di Manuel Maier, che negli antichi giorni felici era stato Emanuel Zunz. Ricord\u00f2 estati in una fattoria, vicino a Gualeguay, ricord\u00f2 (cerc\u00f2 di ricordare) sua madre, ricord\u00f2 il casolare di Lan\u00f9s che le avevano svenduto, ricord\u00f2 le losanghe gialle di una finestra, ricord\u00f2 l&#8217;automobile della prigione, la vergogna, ricord\u00f2 le lettere anonime con il ritaglio sull'&#8221;appropriazione indebita del cassiere&#8221;, ricord\u00f2 ( ma questo non lo dimenticava mai) che suo padre, l&#8217;ultima notte, le aveva giurato che il ladro era Loewenthal. Loewenthal, Aar\u00f2n Loewenthal, prima gerente della fabbrica e ora uno dei padroni. Emma, dal 1916, manteneva il segreto. Non lo aveva rivelato a nessuno,\u00a0 neppure alla sua migliore amica, Elsa Urstein. Forse rifuggiva la profana incredulit\u00e0, forse pensava che il segreto era un vincolo\u00a0 tra lei e l&#8217;assente. Loewenthal non sapeva che lei sapeva; Emma Zunz traeva da quel fatto di scarsa importanza un\u00a0 sentimento di potere.<br \/>\nQuella notte non dorm\u00ec, e quando la prima luce inquadr\u00f2 il rettangolo della finestra, il suo piano era gi\u00e0 perfetto. Fece in modo che quel giorno, che le parve interminabile, fosse come gli altri. Nella\u00a0 fabbrica c&#8217;erano voci di sciopero; Emma si dichiar\u00f2, come sempre, contraria a ogni violenza. Alle sei, finito il lavoro, and\u00f2 con Elsa a un circolo di donne che aveva palestra e piscina. Si iscrissero; dovette ripetere e fare lo spelling\u00a0 del suo nome e cognome, dovette ridere agli scherzi volgari che commentano l&#8217;esame di controllo. Con Elsa e con la minore delle Kronfuss discusse a quale cinema sarebbero andate domenica pomeriggio. Poi,\u00a0 si parl\u00f2 di fidanzati e nessuna si aspett\u00f2 che Emma parlasse. In aprile avrebbe compiuto diciannove anni, ma gli uomini le ispiravano, ancora, un timore quasi patologico&#8230; . Di ritorno a casa, si prepar\u00f2 una zuppa di tapioca e delle verdure, mangi\u00f2 presto, and\u00f2 a letto e si obblig\u00f2 a dormire. Cos\u00ec, laborioso e\u00a0 banale, pass\u00f2 il venerd\u00ec quindici, la vigilia.<br \/>\nIl sabato, l&#8217;impazienza la svegli\u00f2.\u00a0 L&#8217;impazienza, non l&#8217;inquietudine, e il singolare sollievo di stare in quel giorno, finalmente. Non doveva pi\u00f9 tramare e immaginare; entro qualche ora avrebbe raggiunto la semplicit\u00e0 dei fatti. Lesse su La Prensa che il Nordsti\u00e4rnan, di Malm\u00f6, sarebbe salpato quella notte dal molo 3; chiam\u00f2 per telefono Loewenthal, insinu\u00f2 che desiderava comunicare qualcosa, senza che lo sapessero le altre, a proposito dello sciopero e promise di passare dallo studio all&#8217;imbrunire. Le tremava la voce; il tremore conveniva a una delatrice. Nessun\u00a0 altro fatto memorabile successe quella mattina. Emma lavor\u00f2 fino alle dodici e fiss\u00f2 con Elsa e con Perla Kronfuss i particolari della passeggiata di domenica. Si coric\u00f2 dopo pranzo e, chiusi gli occhi, ricapitol\u00f2 il piano che aveva steso. Pens\u00f2 che la tappa finale sarebbe stata meno orribile della prima e che le avrebbe dato, sicuramente, il sapore della vittoria e della giustizia. Improvvisamente, allarmata, si alz\u00f2 e corse al cassettone. Apr\u00f2 il cassetto; sotto il ritratto di Milton Sills, l\u00e0 dove l&#8217;aveva lasciata due notti prima, c&#8217;era la lettera di Fain. nessuno poteva averla vista; la cominci\u00f2 a leggere e poi la strapp\u00f2.<br \/>\nRiferire con qualche realt\u00e0 i fatti di quella sera sarebbe difficile e forse inopportuno. Un attributo dell&#8217;infernale \u00e8 l&#8217;irrealt\u00e0, un attributo che pare mitigare i suoi terrori e che forse li aggrava. Come rendere verosimile un&#8217;azione nella quale quasi non credette chi la eseguiva, come ricuperare\u00a0 quel breve caos che oggi la memoria di Emma Zunz ripudia e confonde? Emma viveva in Almagro, in calle Liniers;\u00a0 ci risulta che quella sera and\u00f2 al porto. Forse nell&#8217;infame Paseo de Julio si vide moltiplicata in specchi, rivelata da luci e denudata da occhi famelici, ma \u00e8 pi\u00f9 ragionevole supporre che dapprima err\u00f2, non notata, lungo i portici indifferenti&#8230; . Entr\u00f2 in due\u00a0 o tre bar, vide la routine o i modi di fare di altre donne.\u00a0 Infine trov\u00f2 uomini del Nordsti\u00e4rnan. Di uno, molto giovane, ebbe timore che le ispirasse qualche tenerezza e opt\u00f2 per un altro, forse pi\u00f9 basso di lei e rozzo, affinch\u00e8 la purezza dell&#8217;orrore non venisse mitigata. L&#8217;uomo la condusse a una porta e poi a un oscuro atrio e poi a una scala tortuosa e poi a un vestibolo (nel quale c&#8217;era una vetrata con losanghe identiche a quelle della casa di Lan\u00f9s) e poi a un corridoio e poi a una porta che si chiuse. I fatti gravi sono fuori del tempo, sia perch\u00e9 in essi il passato immediato rimane come spezzato dal futuro, sia perch\u00e9\u00a0 le parti che li formano non appaiono consecutive.<br \/>\nIn quel tempo fuori dal tempo, in quel disordine confuso di sensazioni sconnesse e atroci, Emma Zunz pens\u00f2 una volta sola al morto che era motivo del suo sacrificio? Io ritengo che una volta ci pens\u00f2 e che in quel momento il suo proposito disperato fu\u00a0 in pericolo. \u00a0Pens\u00f2 (non pot\u00e9 non pensarlo) che suo padre aveva fatto a sua madre quella cosa orribile che ora facevano a lei.\u00a0 Lo pens\u00f2 con debole stupore e subito si rifugi\u00f2 nella vertigine. L&#8217;uomo, svedese o finlandese, non parlava spagnolo;\u00a0 fu uno strumento per Emma come questa lo fu per lui; per\u00f2\u00a0 lei serv\u00ec per il piacere e lui per la giustizia.<br \/>\nQuando rimase sola, Emma non apr\u00ec subito gli occhi. Sul comodino c&#8217;era il denaro che l&#8217;uomo aveva lasciato: Emma si sollev\u00f2 e lo strapp\u00f2 come prima aveva strappato la lettera. Strappare il denaro \u00e8 un&#8217;empiet\u00e0, come gettare il pane; Emma si pent\u00ec,\u00a0 appena l&#8217;ebbe fatto. Un atto di superbia e in quel giorno &#8230;\u00a0 Il timore si perse nella tristezza del suo corpo, nel disgusto. Il disgusto e la tristezza l&#8217;incatenavano, ma Emma si alz\u00f2 e prese a vestirsi. Nella camera non rimanevano colori vivi; l&#8217;ultimo crepuscolo s&#8217; intensificava. Emma pot\u00e9 uscire senza che la notassero; all&#8217;angolo sal\u00ec su un tram che andava verso ovest. Scelse, secondo il suo piano, il sedile pi\u00f9 davanti perch\u00e9 non\u00a0 le vedessero la faccia. Forse la confort\u00f2 verificare, nell&#8217;insipido andirivieni delle strade, che l&#8217;accaduto non aveva contaminato le cose. Viaggi\u00f2 per quartieri degradanti e opachi, vedendoli e dimenticandoli subito dopo, e scese ad uno degli incroci di Warnes. Paradossalmente la sua fatica diventava una forza, poich\u00e9 la obbligava a concentrarsi sui dettagli dell&#8217;avventura e gliene nascondeva il fondo e il fine.<br \/>\nAaron Loewenthal era, per tutti, un uomo serio; per i suoi pochi intimi, un avaro. Abitava all&#8217;ultimo piano della fabbrica, solo. Vivendo in quel sobborgo in rovina, aveva paura dei ladri; nel cortile della fabbrica c&#8217;era un grande cane e nel cassetto della sua scrivania, nessuno lo ignorava, un revolver. Aveva pianto con decoro, l&#8217;anno prima, l&#8217;inattesa morte di sua moglie &#8211; una Gauss,\u00a0che gli aveva portato una buona dote! &#8211; per\u00f2 il denaro era la sua vera passione. Con intima vergogna si sapeva meno adatto a guadagnarlo che a conservarlo. Era molto religioso; credeva di avere col Signore un patto segreto, che lo esentava dall&#8217;agire bene, in cambio di preghiere e devozioni. Calvo, corpulento, vestito a lutto, con occhialini affumicati e barba bionda, aspettava in piedi, vicino alla finestra, il rapporto confidenziale dell&#8217;operaia Zunz.<br \/>\nLa vide spingere il cancello (che lui aveva lasciato apposta socchiuso) e attraversare lo scuro cortile. La vide fare un piccolo giro quando il cane legato abbai\u00f2. Le labbra di Emma si\u00a0muovevano come quelle di chi prega a voce bassa; stanche, ripetevano la frase che il signor Loewenthal avrebbe udito prima di morire.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Le cose non avvennero come aveva previsto Emma Zunz. Fin dal mattino del giorno prima, lei si era sognata molte volte mentre puntava con fermezza il revolver, obbligava il miserabile a confessare la miserabile colpa ed esponeva l&#8217;intrepido stratagemma che avrebbe permesso alla Giustizia di Dio di trionfare sulla giustizia umana. (Non per timore, ma per il fatto di essere uno strumento della Giustizia, ella non voleva essere castigata). Poi, un solo colpo nel mezzo del petto avrebbe avrebbe suggellato la sorte di Loewenthal. Ma le cose non andarono cos\u00ec.<br \/>\n<\/span><span style=\"line-height: 1.6471;\">Davanti a Aaron Loewnthal, pi\u00f9 che l&#8217;obbligo di vendicare suo padre, Emma sent\u00ec quello di punire l&#8217;oltraggio che suo padre aveva subito. Non poteva non ucciderlo, dopo quel disonore totale. E non aveva neanche tempo da perdere in sceneggiate. Seduta, timida, chiese scusa a Loewnthal, invoc\u00f2 (da buona delatrice) gli obblighi della lealt\u00e0, pronunci\u00f2\u00a0alcuni nomi, ne fece intendere altri e si interruppe come se il timore l&#8217;avesse vinta. Fece in modo che Loewenthal andasse a cercare un bicchiere d&#8217;acqua. Quando questi, incredulo di fronte a tante storie, \u00a0ma indulgente, fu di ritorno dalla cucina, Emma aveva gi\u00e0 preso dal cassetto il pesante revolver. Premette il grilletto due volte. Il grande corpo croll\u00f2 come se gli spari e il fumo l&#8217;avessero rotto, il bicchiere d&#8217;acqua and\u00f2 in pezzi, la faccia la guard\u00f2 con stupore e collera, la bocca della faccia la ingiuri\u00f2 in spagnolo e in yiddish. Le male parole non cessavano; Emma dovette far fuoco un&#8217;altra volta. Nel cortile il cane incatenato si mise ad abbaiare, e un fiotto improvviso di sangue sbocc\u00f2 dalle labbra oscene e macchi\u00f2 la barba e il vestito. Emma cominci\u00f2 l&#8217;accusa che aveva preparata &#8220;Ho vendicato mio padre e non potranno punirmi&#8230;&#8221;), per\u00f2 non la termin\u00f2, perch\u00e9 il signor Loewenthal era gi\u00e0 morto. Non seppe mai se avesse capito.<br \/>\nI latrati insistenti le ricordarono che non poteva, ancora, riposare. \u00a0Mise in disordine il divano, sbotton\u00f2 la giacca del cadavere, gli tolse gli occhialini affumicati e li pose sullo schedario. Poi prese il telefono e ripet\u00e9 ci\u00f2 che tante volte avrebbe ripetuto, con quelle e con altre parole:\u00a0<em>E&#8217; accaduta una cosa incredibile&#8230; Il signor Loewenthal mi ha fatta venire con il pretesto dello sciopero&#8230; Ha abusato di me, l&#8217;ho ammazzato<\/em>&#8230;<em><br \/>\n<\/em>La storia era incredibile, effettivamente, ma s&#8217;impose a tutti, perch\u00e9 sostanzialmente era vera. Vero era il tono di Emma Zunz, vero il pudore, vero l&#8217;odio. Vero anche l&#8217;oltraggio che aveva subito; solo erano false le circostanze, l&#8217;ora e uno o due nomi propri.<\/span><\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/p>\n<p><\/div><\/p>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[17],"class_list":["post-17","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-borges","tag-borges"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/17","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=17"}],"version-history":[{"count":43,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/17\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":876,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/17\/revisions\/876"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=17"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=17"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=17"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}