{"id":269,"date":"2015-09-30T15:08:38","date_gmt":"2015-09-30T15:08:38","guid":{"rendered":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=269"},"modified":"2016-08-10T16:07:33","modified_gmt":"2016-08-10T16:07:33","slug":"mister-taylor","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=269","title":{"rendered":"Mister Taylor"},"content":{"rendered":"<p><div class=\"column-half first\">Menos\u00a0rara, aunque sin duda m\u00e1s ejemplar, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amaz\u00f3nica.<br \/>\nSe sabe que en 1937 sali\u00f3 de Boston, Massachusetts, en donde hab\u00eda pulido su esp\u00edritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en Am\u00e9rica del Sur, en la regi\u00f3n del Amazonas, conviviendo con los ind\u00edgenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.<br \/>\nPor sus ojeras y su aspecto fam\u00e9lico pronto lleg\u00f3 a ser conocido all\u00ed como &#8220;el gringo pobre&#8221;, y los ni\u00f1os de la escuela hasta lo se\u00f1alaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no aflig\u00eda la humilde condici\u00f3n de Mr. Taylor porque hab\u00eda le\u00eddo en el primer tomo de las\u00a0<em>Obras Completas\u00a0<\/em>de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.<br \/>\nEn pocas semanas los naturales se acostumbraron a \u00e9l y a su ropa extravagante. Adem\u00e1s, como ten\u00eda los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.<br \/>\nTan pobre y m\u00edsero estaba, que cierto d\u00eda se intern\u00f3 en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Hab\u00eda caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a trav\u00e9s de la maleza dos ojos ind\u00edgenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorri\u00f3 la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intr\u00e9pido, arrostr\u00f3 el peligro y sigui\u00f3 su camino silbando como si nada hubiera pasado.<br \/>\nDe un salto (que no hay para qu\u00e9 llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclam\u00f3:<br \/>\n-Buy head? Money, money.<br \/>\nA pesar de que el ingl\u00e9s no pod\u00eda ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sac\u00f3 en claro que el ind\u00edgena le ofrec\u00eda en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que tra\u00eda en la mano.<br \/>\nEs innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparent\u00f3 no comprender, el indio se sinti\u00f3 terriblemente disminuido por no hablar bien el ingl\u00e9s, y se la regal\u00f3 pidi\u00e9ndole disculpas.<br \/>\nGrande fue el regocijo con que Mr. Taylor regres\u00f3 a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le serv\u00eda de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haci\u00e9ndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempl\u00f3 con deleite durante un buen rato su curiosa adquisici\u00f3n. El mayor goce est\u00e9tico lo extra\u00eda de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre ir\u00f3nicos que parec\u00edan sonre\u00edrle agradecidos por aquella deferencia.<br \/>\nHombre de vasta cultura, Mr. Taylor sol\u00eda entregarse a la contemplaci\u00f3n; pero esta vez en seguida se aburri\u00f3 de sus reflexiones filos\u00f3ficas y dispuso obsequiar la cabeza a un t\u00edo suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la m\u00e1s tierna infancia hab\u00eda revelado una fuerte inclinaci\u00f3n por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.<br \/>\nPocos d\u00edas despu\u00e9s el t\u00edo de Mr. Taylor le pidi\u00f3 &#8211; previa indagaci\u00f3n sobre el estado de su importante salud &#8211; que por favor lo complaciera con cinco m\u00e1s. Mr. Taylor accedi\u00f3 gustoso al capricho de Mr. Rolston y &#8211; no se sabe de qu\u00e9 modo &#8211; a vuelta de correo &#8220;ten\u00eda mucho agrado en satisfacer sus deseos&#8221;. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicit\u00f3 otras diez. Mr. Taylor se sinti\u00f3 &#8220;halagad\u00edsimo de poder servirlo&#8221;. Pero cuando pasado un mes aqu\u00e9l le rog\u00f3 el env\u00edo de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad art\u00edstica, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.<br \/>\nBueno, si lo quieren saber, as\u00ed era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos t\u00e9rminos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible esp\u00edritu de Mr. Taylor.<br \/>\nDe inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se compromet\u00eda a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vender\u00eda lo mejor que pudiera en su pa\u00eds.<br \/>\nLos primeros d\u00edas hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston hab\u00eda logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se revel\u00f3 como pol\u00edtico y obtuvo de las autoridades no s\u00f3lo el permiso necesario para exportar, sino, adem\u00e1s, una concesi\u00f3n exclusiva por noventa y nueve a\u00f1os. Escaso trabajo le cost\u00f3 convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patri\u00f3tico enriquecer\u00eda en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estar\u00edan todos los sedientos abor\u00edgenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolecci\u00f3n de cabezas) de beber un refresco bien fr\u00edo, cuya f\u00f3rmula m\u00e1gica \u00e9l mismo proporcionar\u00eda.<br \/>\nCuando los miembros de la C\u00e1mara, despu\u00e9s de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres d\u00edas promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producci\u00f3n de cabezas reducidas.<br \/>\nContados meses m\u00e1s tarde, en el pa\u00eds de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias m\u00e1s pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuesti\u00f3n de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.<br \/>\nUn hogar sin su correspondiente cabeza ten\u00edase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas lleg\u00f3 a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo inter\u00e9s y ya s\u00f3lo por excepci\u00f3n adquir\u00edan alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez don\u00f3, como de rayo, tres y medio millones de d\u00f3lares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestaci\u00f3n cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.<br \/>\nMientras tanto, la tribu hab\u00eda progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el D\u00eda de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, ri\u00e9ndose, en las bicicletas que les hab\u00eda obsequiado la Compa\u00f1\u00eda.<br \/>\nPero, \u00bfque quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se present\u00f3 la primera escasez de cabezas.<br \/>\nEntonces comenz\u00f3 lo m\u00e1s alegre de la fiesta.<br \/>\nLas meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud P\u00fablica se sinti\u00f3 sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, despu\u00e9s de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confes\u00f3 a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compa\u00f1\u00eda, a lo que ella le contest\u00f3 que no se preocupara, que ya ver\u00eda c\u00f3mo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.<br \/>\nPara compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableci\u00f3 la pena de muerte en forma rigurosa.<br \/>\nLos juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categor\u00eda de delito, penado con la horca o el fusilamiento, seg\u00fan su gravedad, hasta la falta m\u00e1s nimia.<br \/>\nIncluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversaci\u00f3n banal, alguien, por puro descuido, dec\u00eda &#8220;Hace mucho calor&#8221;, y posteriormente pod\u00eda comprob\u00e1rsele, term\u00f3metro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un peque\u00f1o impuesto y era pasado ah\u00ed mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compa\u00f1\u00eda y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.<br \/>\nLa legislaci\u00f3n sobre las enfermedades gan\u00f3 inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplom\u00e1tico y por las Canciller\u00edas de potencias amigas.<br \/>\nDe acuerdo con esa memorable legislaci\u00f3n, a los enfermos graves se les conced\u00edan veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo ten\u00edan suerte y lograban contagiar a la familia, obten\u00edan tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las v\u00edctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merec\u00edan el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera pod\u00eda escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los m\u00e9dicos (hubo varios candidatos al premio N\u00f3bel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirti\u00f3 en ejemplo del m\u00e1s exaltado patriotismo, no s\u00f3lo en el orden nacional, sino en el m\u00e1s glorioso, en el continental.<br \/>\nCon el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ata\u00fades, en primer t\u00e9rmino, que floreci\u00f3 con la asistencia t\u00e9cnica de la Compa\u00f1\u00eda) el pa\u00eds entr\u00f3, como se dice, en un periodo de gran auge econ\u00f3mico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancol\u00eda de las doradas tardes de oto\u00f1o, las se\u00f1oras de los diputados, cuyas lindas cabecitas dec\u00edan que s\u00ed, que s\u00ed, que todo estaba bien, cuando alg\u00fan periodista sol\u00edcito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sac\u00e1ndose el sombrero.<br \/>\nAl margen recordar\u00e9 que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasi\u00f3n emiti\u00f3 un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al pared\u00f3n de fusilamiento. S\u00f3lo despu\u00e9s de su abnegado fin los acad\u00e9micos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las m\u00e1s grandes cabezas del pa\u00eds; pero una vez reducida qued\u00f3 tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.<br \/>\n\u00bfY Mr. Taylor? Para ese tiempo ya hab\u00eda sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sue\u00f1o porque hab\u00eda le\u00eddo en el \u00faltimo tomo de las\u00a0<em>Obras completas\u00a0<\/em>de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.<br \/>\nCreo que con \u00e9sta ser\u00e1 la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio lleg\u00f3 un momento en que del vecindario s\u00f3lo iban quedando ya las autoridades y sus se\u00f1oras y los periodistas y sus se\u00f1oras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurri\u00f3 que el \u00fanico remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. \u00bfPor qu\u00e9 no? El progreso.<br \/>\nCon la ayuda de unos ca\u00f1oncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor sabore\u00f3 la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; despu\u00e9s la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendi\u00f3 con tanta rapidez que lleg\u00f3 la hora en que, por m\u00e1s esfuerzos que realizaron los t\u00e9cnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.<br \/>\nFue el principio del fin.<br \/>\nLas vereditas empezaron a languidecer. S\u00f3lo de vez en cuando se ve\u00eda transitar por ellas a alguna se\u00f1ora, a alg\u00fan poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoder\u00f3 de las dos, haciendo dif\u00edcil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.<br \/>\nEl fabricante de ata\u00fades estaba m\u00e1s triste y f\u00fanebre que nunca. Y todos sent\u00edan como si acabaran de recordar de un grato sue\u00f1o, de ese sue\u00f1o formidable en que t\u00fa te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al d\u00eda siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vac\u00edo.<br \/>\nSin embargo, penosamente, el negocio segu\u00eda sosteni\u00e9ndose. Pero ya se dorm\u00eda con dificultad, por el temor a amanecer exportado.<br \/>\nEn la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparec\u00edan nuevos inventos, pero en el fondo nadie cre\u00eda en ellos y todos exig\u00edan las cabecitas hispanoamericanas.<br \/>\nFue para la \u00faltima crisis. Mr. Rolston, desesperado, ped\u00eda y ped\u00eda m\u00e1s cabezas. A pesar de que las acciones de la Compa\u00f1\u00eda sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino har\u00eda algo que lo sacara de aquella situaci\u00f3n.<br \/>\nLos embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de ni\u00f1o, de se\u00f1oras, de diputados.<br \/>\nDe repente cesaron del todo.<br \/>\nUn viernes \u00e1spero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido a\u00fan por la griter\u00eda y por el lamentable espect\u00e1culo de p\u00e1nico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidi\u00f3 a saltar por la ventana (en vez de usar el rev\u00f3lver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontr\u00f3 con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonre\u00eda desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de ni\u00f1o que parec\u00eda decir: &#8220;Perd\u00f3n, perd\u00f3n, no lo vuelvo a hacer.&#8221;<\/div>\n<div class=\"column-half second\"> Meno strana, anche se indubbiamente pi\u00f9 esemplare, \u00e8 la storia di Mr. Percy Taylor, cacciatore di teste nella foresta amazzonica.<br \/>\nSi sa che nel 1937 se ne and\u00f2 via da Boston, Massachussets, dove aveva ripulito il suo spirito a tal punto da non avere pi\u00f9 un centesimo. Nel 1944 compare per la prima volta in America del Sud, nella regione amazzonica, a convivere con gli indigeni di una trib\u00f9 il cui nome non ha bisogno di essere ricordato.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Per via delle sue occhiaie e del suo aspetto famelico venne presto ad esser conosciuto come &#8220;il gringo povero&#8221;, e i bambini della scuola lo additavano e gli tiravano pietre quando passava con la sua barba brillante sotto il dorato sole tropicale. Per\u00f2 questo non affliggeva l&#8217;umile condizione di Mr. Taylor perch\u00e9 aveva letto nel primo volume delle <\/span><em style=\"line-height: 1.6471;\">Opere Complete\u00a0<\/em><span style=\"line-height: 1.6471;\">di William G. Knight che se non si sente invidia dei ricchi \u00a0la povert\u00e0 non disonora.<br \/>\n<\/span>In poche settimane i nativi si abituarono a lui e ai suoi vestiti stravaganti. Inoltre, siccome aveva gli occhi azzurri e un vago accento straniero, il Presidente e il Ministro delle Relazioni Estere lo trattavano con singolare rispetto, nel timore di provocare incidenti internazionali.<br \/>\nEra cos\u00ec povero e misero che un giorno si inoltr\u00f2 nella foresta alla ricerca di erbe da mangiare. \u00a0Aveva gi\u00e0 camminato per vari metri senza osare girar la faccia, quando per puro caso vide attraverso la boscaglia due occhi indigeni che lo osservavano con insistenza. Un lungo brivido percorse la sua sensibile schiena. Ma l&#8217;intrepido Mr. Taylor affront\u00f2 il pericolo e continu\u00f2 il suo cammino fischiettando come se nulla fosse successo.<br \/>\nCon un salto (da non considerare felino) il nativo gli si mise davanti ed esclam\u00f2:<br \/>\n&#8211; Buy head? Money, money.<br \/>\nNonostante il pessimo inglese, Mr. Taylor, un po&#8217; irritato, comprese che l&#8217;indigeno gli voleva vendere la testa di un uomo, curiosamente rimpicciolita, che portava nella mano.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Non \u00e8 necessario dire che Mr. Taylor non era in grado di comperarla; ma poich\u00e8 fece finta di non capire, l&#8217;indio si sent\u00ec in difetto per non parlare bene l&#8217;inglese e gliela regal\u00f2 chiedendogli scusa.<br \/>\n<\/span>Grande era la gioia con cui Mr Taylor torn\u00f2 alla sua capanna. Quella notte, steso supino sulla precaria stuoia di palma che gli serviva da letto, interrotto soltanto dal ronzio delle mosche accaldate che gli svolazzavano intorno facendo oscenamente l&#8217;amore, Mr. Taylor contempl\u00f2 a lungo e con piacere la sua strana acquisizione. Il maggior godimento estetico gli veniva dal contare, uno per uno, i peli della barba e dei baffi, e di vedere quel paio di occhietti quasi ironici che sembravano sorridergli grati di tanta deferenza.<br \/>\nUomo di vasta cultura, Mr Taylor aveva l&#8217;abitudine di dedicarsi alla contemplazione; ma questa volta si stanc\u00f2 subito delle sue riflessioni filosofiche e decise di regalare la testa a un suo zio, Mr. Rolston, residente a New York, il quale fin dalla pi\u00f9 tenera infanzia aveva mostrato una forte inclinazione verso le manifestazioni culturali dei popoli ispanoamericani.<br \/>\nPochi giorni dopo lo zio di Mr. Taylor &#8211; previa indagine sullo stato della sua importante salute &#8211; gli chiese che gentilmente gli facesse avere altre cinque teste. Mr Taylor accondiscese volentieri al capriccio di Mr. Rolston e &#8211; non si sa come &#8211; a giro di posta &#8220;mi ha fatto piacere soddisfare i suoi desideri&#8221;. Molto riconoscente, Mr. Rolston gliene richiese altre dieci. Mr. Taylor si sent\u00ec &#8220;lusingatissimo di poterlo servire&#8221;. Ma quando passato un mese gli chiese di inviarne altre venti, Mr. Taylor, uomo rude e barbuto, ma di raffinata sensibilit\u00e0 artistica, ebbe il presentimento che il fratello di sua madre stesse facendo affari con le teste.<br \/>\nEbbene, se lo volete sapere, era proprio cos\u00ec. Con tutta franchezza, Mr. Rolston glielo fece capire in una lettera appassionata i cui termini decisamente commerciali fecero vibrare come non mai le corde del sensibile spirito di Mr. Taylor.<br \/>\nSubito costituirono una societ\u00e0 nella quale Mr. Taylor si impegnava a procurare e spedire teste umane rimpicciolite su scala industriale, mentre Mr. Rolston le avrebbe vendute nel miglior modo possibile nel suo paese.<br \/>\nNei primi giorni ci furono alcune fastidiose difficolt\u00e0 con certi tipi del posto. Ma Mr. Taylor, che a Boston aveva ottenuto i migliori voti con un saggio su Joseph Henry Silliman, si rivel\u00f2 un buon politico ed ottenne dalle autorit\u00e0 non solo il permesso necessario per esportare ma addirittura una concessione esclusiva per novantanove anni. Non gli cost\u00f2 molto convincere l&#8217;Esecutivo guerriero e i Legislativi stregoni del fatto che quel passo patriottico avrebbe arricchito in breve tempo la comunit\u00e0, e che presto tutti gli indigeni assetati avrebbero avuto la possibilit\u00e0 di bere (ogni volta che facevano una pausa durante la raccolta delle teste) una bibita bella fredda, la cui formula magica lui stesso avrebbe fornito.<br \/>\nQuando i membri della Camera, dopo un breve ma luminoso sforzo intellettuale, si resero conto di questi vantaggi, sentirono ardere il proprio amor di patria e in tre giorni promulgarono un decreto richiedendo al popolo di accelerare la produzione di teste rimpicciolite.<br \/>\nAlcuni mesi pi\u00f9 tardi, nel paese di Mr. Taylor le teste raggiunsero quella popolarit\u00e0 che tutti ricordiamo. All&#8217;inizio erano un privilegio delle famiglie pi\u00f9 abbienti; ma la democrazia \u00e8 la democrazia e, nessuno pu\u00f2 negarlo, nel giro di qualche settimana furono in grado di acquistarle perfino i maestri di scuola.<br \/>\nUna casa senza la sua testa era considerata una casa fallita. Ben presto arrivarono i collezionisti e con loro arrivarono le contraddizioni: possedere diciassette teste venne ad essere ritenuto di cattivo gusto; ma era fine averne undici. Le teste diventarono cos\u00ec popolari che quelli veramente eleganti cominciarono a perdere interesse e ormai ne acquistavano qualcuna solo eccezionalmente, se presentava qualche particolarit\u00e0 che la salvasse dalla volgarit\u00e0. Una, molto strana, con baffi prussiani, che in vita era appartenuta a un generale pluridecorato, fu regalata all&#8217;Istituto Danfeller, che a sua volta don\u00f2 in tempi brevissimi tre milioni e mezzo di dollari per promuovere lo sviluppo di quella manifestazione culturale cos\u00ec eccitante dei popoli ispanoamericani.<br \/>\nNel frattempo la trib\u00f9 era progredita a tal punto da avere un marciapiede intorno al Palazzo del Parlamento. Su questo allegro marciapiede passeggiavano la domenica e il Giorno dell&#8217;Indipendenza i membri del Congresso, schiarendosi la gola e mostrando i loro piumaggi, molto seri, ridendo, sulle biciclette che aveva regalato loro la Compagnia.<br \/>\nMa, che volete? Non tutti i tempi sono buoni. Quando meno se lo aspettavano, si present\u00f2 la prima scarsit\u00e0 di teste.<br \/>\nCominci\u00f2 allora la parte pi\u00f9 allegra della festa.<br \/>\nI meri decessi erano ormai insufficienti. Il Ministro della Salute Pubblica ebbe un attacco di sincerit\u00e0 e una notte caliginosa, con la luce spenta, dopo averle accarezzato per un po&#8217; il seno come se niente fosse, confess\u00f2 a sua moglie che si considerava incapace di alzare la mortalit\u00e0 a un livello gradito agli interessi della Compagnia, al che lei gli rispose di non preoccuparsi, che tutto sarebbe finito bene e che era meglio dormire.<br \/>\nPer compensare questa mancanza amministrativa fu indispensabile prendere misure eroiche e si stabil\u00ec la pena di morte in forma rigorosa.<br \/>\nI giuristi si consultarono ed elevarono alla categoria di delitto, punibile con la forca o la fucilazione, a secondo della sua gravit\u00e0, l&#8217;infrazione pi\u00f9 insignificante.<br \/>\nAnche i semplici equivoci diventarono fatti delittuosi. Un esempio: se durante una banale conversazione, qualcuno, per pura distrazione, diceva &#8220;Fa molto caldo&#8221;, e successivamente si poteva provare con il termometro alla mano che il calore non era poi tanto, gli si faceva pagare una piccola imposta ed era passato per le armi sul posto stesso, la testa finiva alla Compagnia e, \u00e8 giusto dirlo, il tronco e le estremit\u00e0 ai parenti afflitti.<br \/>\nLa legislazione sulle malattie ebbe immediata risonanza e venne molto commentata dal Corpo Diplomatico e dalle Cancellerie delle potenze amiche.<br \/>\nIn base a questa memorabile legislazione, ai malati gravi venivano concesse ventiquattro ore per sistemare le proprie carte e morire; ma se nel frattempo erano fortunati e riuscivano a contagiare la famiglia, ottenevano tante proroghe di un mese quanti erano i parenti contaminati. Le vittime di malattie lievi e quelli semplicemente indisposti meritavano il disprezzo della patria e, in strada, chiunque poteva sputargli in faccia. Per la prima volta nella storia fu riconosciuta l&#8217;importanza dei medici (ci furono vari candidati al premio Nobel) che non curavano nessuno. Morire divent\u00f2 un esempio del pi\u00f9 esaltato patriottismo, non solo a livello nazionale ma anche al livello pi\u00f9 glorioso, quello continentale.<br \/>\nCon l&#8217;impulso che ebbero altre industrie sussidiarie (innanzi tutto quella delle bare, che fior\u00ec con l&#8217;assistenza tecnica della Compagnia) il paese entr\u00f2, come si suol dire, in un periodo di grande auge economico. Questo lo si poteva comprovare in particolare nel nuovo marciapiede fiorito dove passeggiavano, avvolte dalla melanconia dei dorati pomeriggi autunnali, le mogli dei deputati, le cui belle testoline dicevano di s\u00ec, s\u00ec s\u00ec, che tutto andava bene quando qualche giornalista sollecito, dal lato opposto, le salutava sorridente togliendosi il cappello.<br \/>\nPer inciso, ricorder\u00f2 che uno di questi giornalisti, che in una certa occasione emise un piovoso starnuto che non pot\u00e9 giustificare, fu accusato di estremismo, messo al muro e fucilato. Solo dopo la sua disinteressata fine gli accademici della lingua riconobbero che quel giornalista era una delle pi\u00f9 grandi teste del paese, ma una volta rimpicciolita risult\u00f2 cos\u00ec ben fatta che la differenza non si notava neanche.<br \/>\nE Mr. Taylor? A quest&#8217;epoca era ormai stato nominato consigliere personale del Presidente Costituzionale. Ora, come esempio di ci\u00f2 che pu\u00f2 fare lo sforzo individuale, contava e ricontava le migliaia di migliaia guadagnate, ma questo non gli toglieva il sonno perch\u00e9 aveva letto nell&#8217;ultimo volume delle\u00a0<em>Opere complete<\/em> di William G. Knight che essere milionario non disonora se non si disprezzano i poveri.<br \/>\nCredo che con questa sar\u00e0 la seconda volta che dico che non tutti i tempi sono buoni. \u00a0Vista la prosperit\u00e0 degli affari, arriv\u00f2 un momento in cui della popolazione solo rimanevano le autorit\u00e0 e le loro mogli e i giornalisti e le loro mogli. Senza grande sforzo, il cervello di Mr. Taylor ne concluse che l&#8217;unico rimedio possibile era fomentare la guerra con le trib\u00f9 vicine. Perch\u00e9 no? Il progresso.<br \/>\nCon l&#8217;aiuto di alcuni piccoli cannoni, la prima trib\u00f9 fu correttamente decapitata in meno di tre mesi. Mr. Taylor assapor\u00f2 la gloria di estendere i propri domini. Poi venne la seconda; poi la terza e la quarta e la quinta. Il progresso si estese con tanta rapidit\u00e0 che arriv\u00f2 il momento in cui, per quanti sforzi facessero i tecnici, non fu possibile trovare trib\u00f9 vicine a cui fare la guerra.<br \/>\nFu il principio della fine.<br \/>\nI marciapiedi cominciarono a languire. Solo di tanto in tanto vi si vedeva passeggiare qualche signora o qualche poeta laureato con il suo libro sotto il braccio. Le erbacce si impossessarono di nuovo dei marciapiedi, rendendo difficile e spinoso il delicato passaggio delle dame. Insieme con le teste, \u00a0scarseggiarono le biciclette e quasi scomparvero del tutto gli allegri saluti ottimisti.<br \/>\nIl fabbricante di bare era pi\u00f9 triste e lugubre che mai. E a tutti pareva di ricordare un piacevole sogno, quel sogno formidabile in cui ti ritrovi con una borsa piena di monete d&#8217;oro, la metti sotto il cuscino e continui a dormire, e il giorno dopo, di buon&#8217;ora, al risveglio, la cerchi e trovi solo il vuoto.<br \/>\nNonostante tutto, faticosamente, gli affari reggevano. Ma si dormiva con difficolt\u00e0, nel timore di svegliarsi esportato.<br \/>\nNella patria di Mr. Taylor, ovviamente, la domanda era sempre maggiore. Ogni giorno venivano fuori nuove invenzioni, ma in realt\u00e0 nessuno credeva in esse e tutti richiedevano le testoline ispanoamericane.<br \/>\nVenne l&#8217;ultima crisi. Mr. Rolston, disperato, chiedeva e chiedeva altre teste. Nonostante le azioni della Compagnia avessero sofferto un brusco crollo, Mr. Rolston era convinto che suo nipote avrebbe fatto qualcosa per tirarlo fuori da quella situazione.<br \/>\nGli imbarchi, un tempo giornalieri, diminuirono a\u00a0una volta al mese, con qualsiasi tipo di teste, di bambini, di signore, di deputati.<br \/>\nImprovvisamente cessarono del tutto.<br \/>\nUn venerd\u00ec aspro e grigio, di ritorno dalla Borsa, ancora stordito dalle grida e dal penoso spettacolo di panico che davano i suoi amici, Mr. Rolston decise di buttarsi dalla finestra (anzich\u00e9 usare il revolver il cui rumore lo avrebbe riempito di terrore) quando, aprendo il pacco postale, si ritrov\u00f2 la testolina di Mr. Taylor che gli sorrideva da lontano, dalla fiera Amazzonia, con un sorriso falso e infantile che pareva dire: &#8220;Scusa, scusa, non lo faccio pi\u00f9.&#8221;<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div><\/p>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[16],"tags":[30,18],"class_list":["post-269","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-augusto-monterroso","tag-augusto-monterroso","tag-monterroso"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/269","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=269"}],"version-history":[{"count":42,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/269\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":869,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/269\/revisions\/869"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=269"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=269"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=269"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}