{"id":36,"date":"2015-08-21T14:56:47","date_gmt":"2015-08-21T14:56:47","guid":{"rendered":"http:\/\/bd-afl.net\/cuentoseracconti.com\/?p=36"},"modified":"2016-08-10T16:10:34","modified_gmt":"2016-08-10T16:10:34","slug":"la-noche-boca-arriba-la-notte-supino","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=36","title":{"rendered":"La noche boca arriba \/ La notte, supino"},"content":{"rendered":"<div class=\"column-half first\"><em>Y \u00a0sal\u00ecan en ciertas epocas a cazar enemigos, le llamaban la guerra florida.<\/em><\/p>\n<p>A mitad del largo zagu\u00e1n del hotel pens\u00f3 que deb\u00eda ser tarde, y se apur\u00f3 a salir a la calle y sacar la motocicleta del rinc\u00f3n donde el portero de al lado le permit\u00eda guardarla. En la joyer\u00eda de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegar\u00eda con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y \u00e9l \u2014 porque para s\u00ed mismo, para ir pensando, no ten\u00eda nombre\u2014 mont\u00f3 en la m\u00e1quina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.<br \/>\nDej\u00f3 pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte m\u00e1s agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de \u00e1rboles, con poco tr\u00e1fico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quiz\u00e1 algo distra\u00eddo, pero corriendo por la derecha como correspond\u00eda, se dej\u00f3 llevar por la tersura, por la leve crispaci\u00f3n de ese d\u00eda apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidi\u00f3 prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones f\u00e1ciles. Fren\u00f3 con el pi\u00e9 y con la mano, desvi\u00e1ndose a la izquierda; oy\u00f3 el grito de la mujer, y junto con el choque perdi\u00f3 la visi\u00f3n. Fue como dormirse de golpe.<br \/>\nVolvi\u00f3 bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres j\u00f3venes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sent\u00eda gusto a sal y sangre, le dol\u00eda una rodilla, y cuando lo alzaron grit\u00f3, porque no pod\u00eda soportar la presi\u00f3n en el brazo derecho. Voces que no parec\u00edan pertenecer a las caras suspendidas sobre \u00e9l, lo alentaban con bromas y seguridades. Su \u00fanico alivio fue o\u00edr la confirmaci\u00f3n de que hab\u00eda estado en su derecho al cruzar la esquina. Pregunt\u00f3 por la mujer, tratando de dominar la n\u00e1usea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia pr\u00f3xima, supo que la causante del accidente no ten\u00eda m\u00e1s que rasgu\u00f1os en la piernas. \u00abUst\u00e9 la agarr\u00f3 apenas, pero el golpe le hizo saltar la m\u00e1quina de costado.\u00bb Opiniones, recuerdos, despacio, \u00e9ntrenlo de espaldas, as\u00ed va bien, y alguien con guardapolvo d\u00e1ndole de beber un trago que lo alivi\u00f3 en la penumbra de una peque\u00f1a farmacia de barrio.<br \/>\nLa ambulancia policial lleg\u00f3 a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus se\u00f1as al polic\u00eda que lo acompa\u00f1aba. El brazo casi no le dol\u00eda; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lami\u00f3 los labios para beberla. Se sent\u00eda bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada m\u00e1s. El vigilante le dijo que la motocicleta no parec\u00eda muy estropeada. \u00abNatural\u00bb, dijo \u00e9l. \u00abComo que me la ligu\u00e9 encima.\u00bb Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le dese\u00f3 buena suerte. Ya la n\u00e1usea volv\u00eda poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabell\u00f3n del fondo, pasando bajo \u00e1rboles llenos de p\u00e1jaros, cerr\u00f3 los ojos y dese\u00f3 estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quit\u00e1ndole la ropa y visti\u00e9ndolo con una camisa gris\u00e1cea y dura. Le mov\u00edan cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del est\u00f3mago se habr\u00eda sentido muy bien, casi contento.<br \/>\nLo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos despu\u00e9s, con la placa todav\u00eda h\u00fameda puesta sobre el pecho como una l\u00e1pida negra, pas\u00f3 a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acerc\u00f3 y se puso a mirar la radiograf\u00eda. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sinti\u00f3 que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acerc\u00f3 otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palme\u00f3 la mejilla e hizo una se\u00f1a a alguien parado atr\u00e1s.<br \/>\nComo sue\u00f1o era curioso porque estaba lleno de olores y \u00e9l nunca so\u00f1aba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volv\u00eda nadie. Pero el olor ces\u00f3, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se mov\u00eda huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, ten\u00eda que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su \u00fanica probabilidad era la de esconderse en lo m\u00e1s denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que s\u00f3lo ellos, los motecas, conoc\u00edan.<br \/>\nLo que m\u00e1s lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptaci\u00f3n del sue\u00f1o algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no hab\u00eda participado del juego. \u00abHuele a guerra\u00bb, pens\u00f3, tocando instintivamente el pu\u00f1al de piedra atravesado en su ce\u00f1idor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inm\u00f3vil, temblando. Tener miedo no era extra\u00f1o, en sus sue\u00f1os abundaba el miedo. Esper\u00f3, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, deb\u00edan estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo te\u00f1\u00eda esa parte del cielo. El sonido no se repiti\u00f3. Hab\u00eda sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como \u00e9l del olor de la guerra. Se enderez\u00f3 despacio, venteando. No se o\u00eda nada, pero el miedo segu\u00eda all\u00ed como el olor, ese incienso dulz\u00f3n de la guerra florida. Hab\u00eda que seguir, llegar al coraz\u00f3n de la selva evitando las ci\u00e9nagas. A tientas, agach\u00e1ndose a cada instante para tocar el suelo m\u00e1s duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, busc\u00f3 el rumbo. Entonces sinti\u00f3 una bocanada horrible del olor que m\u00e1s tem\u00eda, y salt\u00f3 desesperado hacia adelante.<br \/>\n\u2014Se va a caer de la cama \u2014dijo el enfermo de al lado\u2014. No brinque tanto, amigazo.<br \/>\nAbri\u00f3 los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonre\u00edr a su vecino, se despeg\u00f3 casi f\u00edsicamente de la \u00faltima visi\u00f3n de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sinti\u00f3 sed, como si hubiera estado corriendo kil\u00f3metros, pero no quer\u00edan darle mucha agua, apenas para mojarse los labios. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el di\u00e1logo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta.\u00a0Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frot\u00f3 con alcohol la cara anterior del muslo y le clav\u00f3 una gruesa aguja conectada con un tubo que sub\u00eda hasta un frasco lleno de l\u00edquido opalino. Un m\u00e9dico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajust\u00f3 al brazo sano para verificar alguna cosa. Ca\u00eda la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas ten\u00edan un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una pel\u00edcula aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.<br \/>\nVino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, m\u00e1s precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dol\u00eda nada y solamente en la ceja, donde lo hab\u00edan suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y r\u00e1pida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pens\u00f3 que no le iba a ser dif\u00edcil dormirse. Un poco inc\u00f3modo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sinti\u00f3 el sabor del caldo, y suspir\u00f3 de felicidad, abandon\u00e1ndose.<br \/>\nPrimero fue una confusi\u00f3n, un atraer hacia s\u00ed todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprend\u00eda que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de \u00e1rboles era menos negro que el resto. \u00abLa calzada\u00bb, pens\u00f3. \u00abMe sal\u00ed de la calzada.\u00bb Sus pies se hund\u00edan en un colch\u00f3n de hojas y barro, y ya no pod\u00eda dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabi\u00e9ndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agach\u00f3 para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del d\u00eda iba a verla otra vez. Nada pod\u00eda ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo \u00e9l aferraba el mango del pu\u00f1al, subi\u00f3 como el escorpi\u00f3n de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musit\u00f3 la plegaria del ma\u00edz que trae las lunas felices, y la s\u00faplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sent\u00eda al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hac\u00eda insoportable. La guerra florida hab\u00eda empezado con la luna y llevaba ya tres d\u00edas y tres noches. Si consegu\u00eda refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas all\u00e1 de la regi\u00f3n de las ci\u00e9nagas, quiz\u00e1 los guerreros no le siguieran el rastro. Pens\u00f3 en los muchos prisioneros que ya habr\u00edan hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuar\u00eda hasta que los sacerdotes dieran la se\u00f1al del regreso. Todo ten\u00eda su n\u00famero y su fin, y \u00e9l estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.<br \/>\nOy\u00f3 los gritos y se enderez\u00f3 de un salto, pu\u00f1al en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas movi\u00e9ndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le salt\u00f3 al cuello casi sinti\u00f3 placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanz\u00f3 a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrap\u00f3 desde atr\u00e1s.<br \/>\n\u2014Es la fiebre \u2014dijo el de la cama de al lado\u2014. A m\u00ed me pasaba igual cuando me oper\u00e9 del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.<br \/>\nAl lado de la noche de donde volv\u00eda, la penumbra tibia de la sala le pareci\u00f3 deliciosa. Una l\u00e1mpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se o\u00eda toser, respirar fuerte, a veces un di\u00e1logo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin\u2026 Pero no quer\u00eda seguir pensando en la pesadilla. Hab\u00eda tantas cosas en qu\u00e9 entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan c\u00f3modamente se lo sosten\u00edan en el aire. Le hab\u00edan puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebi\u00f3 del gollete, golosamente. Distingu\u00eda ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no deb\u00eda tener tanta fiebre, sent\u00eda fresca la cara. La ceja le dol\u00eda apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. \u00bfQui\u00e9n hubiera pensado que la cosa iba a acabar as\u00ed? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que hab\u00eda ah\u00ed como un hueco, un vac\u00edo que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo hab\u00edan levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que ese hueco, esa nada, hab\u00eda durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, m\u00e1s bien como si en ese hueco \u00e9l hubiera pasado a trav\u00e9s de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro hab\u00eda sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusi\u00f3n en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al d\u00eda y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntar\u00eda alguna vez al m\u00e9dico de la oficina. Ahora volv\u00eda a ganarlo el sue\u00f1o, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quiz\u00e1 pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la l\u00e1mpara en lo alto se iba apagando poco a poco.<br \/>\nComo dorm\u00eda de espaldas, no lo sorprendi\u00f3 la posici\u00f3n en que volv\u00eda a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerr\u00f3 la garganta y lo oblig\u00f3 a comprender. In\u00fatil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolv\u00eda una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sinti\u00f3 las sogas en las mu\u00f1ecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y h\u00famedo. El fr\u00edo le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el ment\u00f3n busc\u00f3 torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo hab\u00edan arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria pod\u00eda salvarlo del final. Lejanamente, como filtr\u00e1ndose entre las piedras del calabozo, oy\u00f3 los atabales de la fiesta. Lo hab\u00edan tra\u00eddo al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.<br \/>\nOy\u00f3 gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era \u00e9l que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defend\u00eda con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pens\u00f3 en sus compa\u00f1eros que llenar\u00edan otras mazmorras, y en los que ascend\u00edan ya los pelda\u00f1os del sacrificio. Grit\u00f3 de nuevo sofocadamente, casi no pod\u00eda abrir la boca, ten\u00eda las mand\u00edbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudi\u00f3 como un l\u00e1tigo. Convulso, retorci\u00e9ndose, luch\u00f3 por zafarse de las cuerdas que se le hund\u00edan en la carne. Su brazo derecho, el m\u00e1s fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le lleg\u00f3 antes que la luz. Apenas ce\u00f1idos con el taparrabos de la ceremonia, los ac\u00f3litos de los sacerdotes se le acercaron mir\u00e1ndolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sinti\u00f3 alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro ac\u00f3litos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los ac\u00f3litos deb\u00edan agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente \u00e9l la escalinata incendiada de gritos y danzas, ser\u00eda el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente oler\u00eda el aire libre lleno de estrellas, pero todav\u00eda no, andaban llev\u00e1ndolo sin fin en la penumbra roja, tirone\u00e1ndolo brutalmente, y \u00e9l no quer\u00eda, pero c\u00f3mo impedirlo si le hab\u00edan arrancado el amuleto que era su verdadero coraz\u00f3n, el centro de la vida.<br \/>\nSali\u00f3 de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pens\u00f3 que deb\u00eda haber gritado, pero sus vecinos dorm\u00edan callados. En la mesa de noche, la botella de agua ten\u00eda algo de burbuja, de imagen trasl\u00facida contra la sombra azulada de los ventanales. Jade\u00f3 buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas im\u00e1genes que segu\u00edan pegadas a sus p\u00e1rpados. Cada vez que cerraba los ojos las ve\u00eda formarse instant\u00e1neamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo proteg\u00eda, que pronto iba a amanecer, con el buen sue\u00f1o profundo que se tiene a esa hora, sin im\u00e1genes, sin nada. Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era m\u00e1s fuerte que \u00e9l. Hizo un \u00faltimo esfuerzo, con la mano sana esboz\u00f3 un gesto hacia la botella de agua; no lleg\u00f3 a tomarla, sus dedos se cerraron en un vac\u00edo otra vez negro, y el pasadizo segu\u00eda interminable, roca tras roca, con s\u00fabitas fulguraciones rojizas, y \u00e9l boca arriba gimi\u00f3 apagadamente porque el techo iba a acabarse, sub\u00eda, abri\u00e9ndose como una boca de sombra, y los ac\u00f3litos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cay\u00f3 en la cara donde los ojos no quer\u00edan verla, desesperadamente se cerraban y abr\u00edan buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abr\u00edan era la noche y la luna mientras lo sub\u00edan por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaiv\u00e9n de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una \u00faltima esperanza apret\u00f3 los p\u00e1rpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo crey\u00f3 que lo lograr\u00eda, porque otra vez estaba inm\u00f3vil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero ol\u00eda la muerte, y cuando abri\u00f3 los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que ven\u00eda hacia \u00e9l con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanz\u00f3 a cerrar otra vez los p\u00e1rpados, aunque ahora sab\u00eda que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sue\u00f1o maravilloso hab\u00eda sido el otro, absurdo como todos los sue\u00f1os; un sue\u00f1o en el que hab\u00eda andado por extra\u00f1as avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ard\u00edan sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sue\u00f1o tambi\u00e9n lo hab\u00edan alzado del suelo, tambi\u00e9n alguien se le hab\u00eda acercado con un cuchillo en la mano, a \u00e9l tendido boca arriba, a \u00e9l boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.<\/div>\n<div class=\"column-half second\"><em>E in certe epoche andavano a cacciare nemici, la chiamavano la guerra dei fiori.<\/em><\/p>\n<p>A met\u00e0 del lungo atrio dell&#8217;hotel pens\u00f2 che doveva essere tardi e si affrett\u00f2 ad uscire in strada per tirar fuori la motocicletta dal posto dove il portiere della porta accanto gli permetteva di lasciarla. Vide nella gioielleria all&#8217;angolo che erano le nove meno dieci; sarebbe arrivato in anticipo l\u00e0 dove doveva andare. Il sole filtrava tra gli alti edifici del centro, e lui &#8211; perch\u00e9 per s\u00e9 stesso, per andar pensando, non aveva nome &#8211; sal\u00ec sulla macchina assaporando la corsa. La moto ruggiva\u00a0tra le sue gambe, e un vento fresco gli frustava i pantaloni.<br \/>\nLasci\u00f2 alle sue spalle i ministeri (quello rosa, quello bianco) e la serie di negozi della calle Central con le loro luminose vetrine. Ora entrava nella parte pi\u00f9 piacevole del tragitto, il vero corso: una strada lunga, bordata di alberi, con poco traffico e grandi ville che lasciavano arrivare i propri giardini fino ai marciapiedi, appena demarcati da basse siepi. Forse un po&#8217; distratto, per\u00f2 correndo sulla destra come si conviene, si lasci\u00f2 andare alla giornata tersa, alla lieve tensione di quel giorno appena iniziato. Forse il suo involontario rilassamento gli imped\u00ec di evitare l&#8217;incidente. Quando vide che la donna ferma all&#8217;angolo si lanciava nel mezzo della strada nonostante i semafori verdi, era ormai troppo tardi. Fren\u00f2 con il piede e con la mano, sbandando sulla sinistra; ud\u00ec il grido della donna, e insieme con il colpo perse la conoscenza. Fu come addormentarsi di colpo.<br \/>\nRitorn\u00f2 in s\u00e9 bruscamente. Quattro o cinque giovani lo stavano estraendo da sotto la moto. Aveva in bocca un gusto di sale e di sangue, gli doleva un ginocchio, e quando lo sollevarono grid\u00f2, perch\u00e9 non poteva sopportare la pressione nel braccio destro. Voci che non sembravano appartenere alle facce sospese su di lui lo incoraggiavano con battute e rassicurazioni. Suo unico sollievo, la conferma che era stato suo diritto traversare l&#8217;incrocio. Chiese della donna, cercando di dominare la nausea che gli prendeva la gola. Mentre lo trasportavano supino a una farmacia vicina, seppe che la colpevole dell&#8217;incidente non aveva che qualche graffio alle gambe. &#8220;Lei l&#8217;ha presa appena, ma il colpo ha fatto saltare la moto di lato.&#8221; Opinioni, ricordi, piano, fatelo entrare di spalle, cos\u00ec va bene, e qualcuno con lo spolverino gli fece bere un sorso che gli diede un po&#8217; di sollievo nella penombra di una piccola farmacia di quartiere.<br \/>\nL&#8217;ambulanza della polizia arriv\u00f2 cinque minuti dopo, e lo fecero salire su una morbida barella dove pot\u00e9 stendersi come voleva. In piena lucidit\u00e0, ma sapendo di essere sotto l&#8217;effetto di uno shock terribile, diede il suo indirizzo al poliziotto che l&#8217;accompagnava. Il braccio non gli faceva quasi male; da un taglio nel sopracciglio usciva del sangue che gli macchiava il volto. Una o due volte se lo lecc\u00f2 dalle labbra per berlo. Si sentiva bene, era un incidente, sfortuna; qualche settimana di riposo e nulla pi\u00f9. Il poliziotto gli disse che \u00a0la motocicletta non sembrava molto danneggiata. &#8220;Naturale&#8221;, disse lui, &#8220;E&#8217; stato come se me la fossi legata addosso.&#8221; I due risero, e quando arrivarono all&#8217;ospedale il poliziotto gli strinse la mano e gli augur\u00f2 buona fortuna. La nausea gli stava poco a poco tornando; mentre lo trasportavano su una barella a ruote fino a un padiglione in fondo, passando sotto alberi pieni di uccelli, chiuse gli occhi e desider\u00f2 dormire, naturalmente o cloroformizzato. Invece lo tennero per parecchio tempo in una stanza che odorava di ospedale, riempiendo una cartella, togliendogli i vestiti e facendogli indossare una camicia grigiastra e dura. Gli muovevano il braccio con attenzione, senza farglielo dolere. Le infermiere scherzavano tutto il tempo, e se non fosse stato per le contrazioni del suo stomaco si sarebbe sentito molto bene, quasi contento.<br \/>\nLo portarono alla sala di radiologia, e venti minuti dopo, con la lastra ancora umida appoggiata sul petto come una lapide nera, pass\u00f2 in sala operatoria. Qualcuno vestito di bianco, alto e magro, gli si avvicin\u00f2 e si mise a \u00a0guardare la radiografia. Mani di donna gli accomodavano la testa, sent\u00ec che lo passavano da una barella all&#8217;altra. L&#8217;uomo in bianco gli si avvicin\u00f2 di nuovo, sorridendo, con qualcosa che gli brillava nella mano destra. Gli sfior\u00f2 la guancia e fece un \u00a0segno a qualcuno fermo dietro di lui.<br \/>\nCome sogno, era curioso perch\u00e9 era pieno di odori e lui non sognava mai odori. Dapprima un odore di pantano, giacch\u00e9 \u00a0sulla sinistra del sentiero cominciavano le paludi, le sabbie mobili da cui nessuno tornava. Ma l&#8217;odore cess\u00f2, e al suo posto venne una fragranza composta e scura come la notte in cui si muoveva fuggendo dagli aztechi. E tutto era tanto naturale, doveva fuggire dagli aztechi che andavano a caccia di uomini, e la sua unica possibilit\u00e0 era nascondersi nel pi\u00f9 folto della selva, facendo attenzione a non allontanarsi dallo stretto sentiero che solo loro, i motechi,\u00a0conoscevano.<br \/>\nCi\u00f2 che pi\u00f9 lo torturava era l&#8217;odore, come se persino nell&#8217;assoluta accettazione del sogno qualcosa si ribellasse contro ci\u00f2 che non era abituale, che fino ad allora non aveva partecipato al gioco. &#8220;Odore di guerra&#8221;, pens\u00f2 toccando istintivamente il pugnale di pietra nel suo contenitore di lana tessuta. Un suono inatteso lo fece accucciare e restare immobile, tremando. Avere paura non era strano, \u00a0nei suoi sogni la paura abbondava. Attese, coperto dai rami di un arbusto e dalla notte senza stelle. Molto lontano, probabilmente dall&#8217;altro lato del grande lago, dovevano ardere fuochi di bivacchi; uno splendore rossiccio riempiva quella parte del cielo. Il suono non si ripet\u00e9. Era stato come un ramo spezzato. Forse un animale che fuggiva come lui dall&#8217;odore della guerra. Si raddrizz\u00f2 lentamente, annusando. Non si udiva nulla, ma la paura continuava, come l&#8217;odore, questo incenso dolciastro della guerra dei fiori. Doveva continuare, arrivare fino al cuore della selva evitando le paludi. A tentoni, acquattandosi a ogni istante per toccare il suolo pi\u00f9 duro del sentiero, fece alcuni passi. Avrebbe voluto mettersi a correre, ma le sabbie mobili palpitavano al lato. Nel sentiero avvolto dalle tenebre cerc\u00f2 la direzione, Fu allora che sent\u00ec una boccata orribile dell&#8217;odore che pi\u00f9 temeva, e salt\u00f2 disperato in avanti.<br \/>\n&#8211; Finir\u00e0 per cadere dal letto &#8211; disse il malato del letto accanto. &#8211; Non si agiti tanto, amico,<br \/>\nApr\u00ec gli occhi ed era sera, con il sole gi\u00e0 basso sui finestroni del lungo salone. Mentre tentava di sorridere al suo vicino di letto, si strapp\u00f2 quasi fisicamente dall&#8217;ultima visione dell&#8217;incubo. Il braccio, ingessato, pendeva da un apparecchio di pesi e pulegge. Sent\u00ec sete, come se avesse corso per chilometri, ma non volevano dargli molta acqua, appena per bagnarsi le labbra.\u00a0La febbre si stava lentamente impossessando di lui e avrebbe potuto addormentarsi di nuovo, ma stava assaporando il piacere di rimanere sveglio, con gli occhi semichiusi, ascoltando il dialogo degli altri malati, rispondendo di quando in quando a qualche domanda. Vide arrivare un carrello bianco che misero a lato del suo letto, una infermiera bionda gli strofin\u00f2 con alcool la parte anteriore della coscia, e gli infil\u00f2 un grosso ago collegato a un tubo che saliva fino a un flacone pieno di liquido opalescente. Venne un giovane medico che gli \u00a0applic\u00f2 un apparecchio di metallo e \u00a0cuoio al braccio sano per verificare \u00a0qualcosa. Cadeva la notte, e la febbre lo stava trascinando dolcemente in uno stato dove le cose avevano i contorni di un binocolo teatrale, erano reali e dolci e al tempo stesso leggermente ripugnanti, \u00a0come se stesse vedendo un film noioso e pensasse che tuttavia gi\u00f9 nella strada era peggio, e vi rimanesse.<br \/>\nArriv\u00f2 una tazza di meraviglioso brodo dorato che profumava di porro, sedano e prezzemolo. Un pezzetto di pane, pi\u00f9 prezioso di un intero banchetto, vi si and\u00f2 sbriciolando a poco a poco. Il braccio non gli faceva male e solamente il sopracciglio, suturato, si faceva a volte sentire con una puntura calda e rapida. Quando i finestroni di fronte virarono verso un azzurro scuro, pens\u00f2 che non gli sarebbe stato difficile addormentarsi. Un poco scomodo, di spalle, ma passandosi la lingua sulle labbra secche e calde sent\u00ec il sapore del brodo, e sospir\u00f2 di felicit\u00e0, abbandonandosi.<br \/>\nDapprima ci fu confusione, un attrarre su di s\u00e9 tutte le sensazioni per un istante intorpidite o confuse. Comprese che stava correndo in piena oscurit\u00e0, anche se in alto il cielo attraversato dai rami degli alberi era meno scuro del resto. &#8220;Il sentiero&#8221;, pens\u00f2. &#8220;Sono uscito dal sentiero.&#8221; I suoi piedi sprofondavano in un materasso di foglie e argilla, e non poteva pi\u00f9 fare un passo senza che i rami degli arbusti gli graffiassero il torso e le gambe. Ansimante, sapendosi braccato nonostante l&#8217;oscurit\u00e0 e il silenzio, si acquatt\u00f2 per ascoltare. Forse il sentiero era vicino, con la prima luce del giorno l&#8217;avrebbe di nuovo visto. Ora nulla \u00a0poteva aiutarlo a ritrovarlo. La mano, che a sua insaputa afferrava il manico del pugnale, sal\u00ec come uno scorpione dalle paludi su fino al suo collo, da cui pendeva l&#8217;amuleto protettore. Muovendo appena le labbra sussurr\u00f2 la preghiera del mais che porta i giorni felici, e la supplica all&#8217;Altissima, alla dispensatrice dei beni motechi, Per\u00f2 allo stesso tempo sentiva che le caviglie stavano affondando lentamente nel fango e che l&#8217;attesa nell&#8217;oscurit\u00e0 della selva sconosciuta diventiva insopportabile. La guerra dei fiori era iniziata con la luna e durava gi\u00e0 da tre giorni e tre notti. Se fosse riuscito a rifugiarsi nel folto della selva, abbandonando il sentiero pi\u00f9 in l\u00e0 della regione delle paludi, forse i guerrieri non avrebbero seguito la sua pista. Pens\u00f2 ai molti prigionieri che avevano gi\u00e0 fatto. Ma la quantit\u00e0 non contava, contava il tempo sacro. La caccia sarebbe continuata fino a che i sacerdoti non avessero dato il segnale del ritorno. \u00a0Tutto aveva il suo numero e il suo fine, e lui era dentro il tempo sacro, dall&#8217;altro lato dei cacciatori.<br \/>\nUd\u00ec le grida e si raddrizz\u00f2 con un salto, pugnale in mano. Come se il cielo si incendiasse all&#8217;orizzonte, vide torce che si muovevano tra i rami, molto vicino. L&#8217;odore di guerra era insopportabile, e quando il primo nemico gli salt\u00f2 al collo, quasi prov\u00f2 piacere ad affondargli la lama di pietra in pieno petto. Gi\u00e0 lo accerchiavano le luci, le grida allegre. Riusc\u00ec a tagliare l&#8217;aria una o due volte e poi una corda lo prese da dietro.<br \/>\n&#8211; E&#8217; la febbre &#8211; disse quello del letto accanto. &#8211; A me succedeva la stessa cosa quando mi sono operato al duodeno. Beva acqua e vedr\u00e0 che dorme bene. &#8211; A confronto con la notte da cui veniva, la penombra tiepida della sala gli parve deliziosa. Una lampada violetta vegliava dall&#8217;alto della parete di fondo come un occhio protettore. Si udiva tossire, respirare forte, talvolta un dialogo a bassa voce. Tutto era gradevole e sicuro, senza quel tormento, senza &#8230; . Per\u00f2 non voleva continuare a pensare all&#8217;incubo. C&#8217;erano tante \u00a0cose su cui intrattenersi. Si mise a guardare il gesso del braccio, le pulegge che cos\u00ec comodamente lo sostenevano in aria. Gli avevano messo una bottiglia di \u00a0acqua minerale sul comodino. Bevve a garganella, con golosit\u00e0. Ora distingueva le forme della sala, la trentina di \u00a0letti, gli armadi con vetrine. \u00a0Non doveva pi\u00f9 avere tanta febbre, sentiva la faccia fresca. Il sopracciglio gli doleva appena, come un ricordo. Si vide di nuovo uscire dall&#8217;albergo, portando fuori la moto. Chi avrebbe pensato che le cose sarebbero finite cos\u00ec? Cercava di fissare il momento dell&#8217;incidente, e lo fece arrabbiare il rendersi conto che c&#8217;era come un buco, un vuoto che non riusciva a riempire. \u00a0Tra lo scontro e il momento in cui \u00a0lo avevano sollevato dal suolo, uno svenimento, o quello che era, non gli permetteva di vedere nulla. E al tempo stesso aveva la sensazione che questo vuoto, questo nulla, fosse durato un&#8217;eternit\u00e0. No, nemmeno tempo, piuttosto come se in questo buco lui fosse passato attraverso qualcosa o avesse percorso distanze immense. Lo scontro, il colpo brutale contro il pavimento. Ad ogni modo, uscendo dal pozzo nero, aveva sentito come un sollievo mentre gli uomini lo sollevavano dal suolo. Con il dolore del braccio rotto, il sangue del sopracciglio tagliato, la contusione al ginocchio; con tutto questo, un sollievo tornare alla luce e sentirsi sostenuto e aiutato. Ed era strano. L&#8217;avrebbe chiesto al medico dell&#8217;ufficio. Ora di nuovo si impadroniva di lui il sonno, tirandolo lentamente verso il basso. Il cuscino era cos\u00ec morbido, e nella \u00a0gola accaldata la freschezza dell&#8217;acqua minerale. Forse avrebbe potuto davvero riposare, senza i maledetti incubi. La luce violetta della lampada in alto si stava spegnendo poco a poco.<br \/>\nSiccome dormiva di spalle, non lo sorprese la posizione in cui si ritrov\u00f2, ma invece l&#8217;odore di umidit\u00e0, di pietra trasudante infiltrazioni, gli serr\u00f2 la gola e lo obblig\u00f2 a capire. Inutile aprire gli occhi e guardare in tutte le direzioni; lo avvolgeva un&#8217;oscurit\u00e0 assoluta. Volle rimettersi in piedi e sent\u00ec le corde ai polsi e alle caviglie. Era legato al suolo, su un pavimento lastricato, gelato e umido. Il freddo gli invadeva la schiena nuda, le gambe. Con il mento cerc\u00f2 goffamente il contatto con il suo amuleto, e si accorse che glielo avevano strappato. Ora era perduto, nessuna preghiera poteva salvarlo dal finale. In lontananza, come filtrando tra le pietre della cella, ud\u00ec i tamburi della festa. Lo avevano portato al teocalli, era nelle prigioni del tempio in attesa del suo turno.<br \/>\nUd\u00ec gridare, un grido rauco che rimbalzava tra le pareti. Un altro grido, che finiva in un gemito. Era lui che gridava nelle tenebre, che gridava perch\u00e9 era vivo, tutto il suo corpo si difendeva con il grido da ci\u00f2 che stava per venire, dal finale inevitabile. Pens\u00f2 ai suoi compagni che avrebbero riempito altre prigioni, a quelli che gi\u00e0 salivano i gradini del sacrificio. Grid\u00f2 di nuovo, soffocato, quasi non poteva aprire la bocca, aveva \u00a0le mandibole bloccate e al tempo stesso come se fossero di gomma e si aprissero lentamente, con uno sforzo interminabile. Il cigolio dei catenacci lo scosse come una frustrata. Convulso, contorcendosi, lott\u00f2 per liberarsi dalle corde che gli incidevano la carne. Il braccio destro, il pi\u00f9 forte, tirava, fino a che il dolore si fece intollerabile e dovette cedere. Vide aprirsi la doppia porta, e l&#8217;odore delle torce gli arriv\u00f2 prima della luce. Coperti appena dai perizomi della cerimonia, gli aiutanti dei sacerdoti gli si avvicinarono guardandolo con disprezzo. Le luci si riflettevano sui torsi sudati, sui capelli neri pieni di piume. Le corde cedettero, e al loro posto lo afferrarono mani calde, dure come bronzo; si sent\u00ec sollevare, sempre supino, e portare dai quattro aiutanti per lo stretto passaggio. I portatori di torce camminavano davanti, illuminando vagamente il corridoio dalle pareti umide e dal soffitto cos\u00ec basso che gli aiutanti dovevano abbassare la testa. Ora lo stavano trasportando, lo stavano trasportando, era la fine. Supino, a un metro dal soffitto di roccia viva che a momenti si illuminava con il riflesso delle torce. Quando al posto del soffitto, fossero comparse le stelle e si fosse innalzata davanti a lui la scalinata piena di grida e di danze, sarebbe stata la fine. Il corridoio non finiva mai, per\u00f2 doveva finire, d&#8217;improvviso avrebbe sentito l&#8217;aria libera piena di stelle, ma ancora no, stavano portandolo senza fine nella penombra rossa, strattonandolo brutalmente, e lui non voleva, ma come impedirlo se gli avevano strappato l&#8217;amuleto che era il suo vero cuore, il centro della vita.<br \/>\nUsc\u00ec d&#8217;un balzo alla notte dell&#8217;ospedale, all&#8217;alto soffitto dolce, all&#8217;ombra morbida che lo circondava. Pens\u00f2 che doveva aver gridato, ma i suoi vicini dormivano silenziosi. Sul comodino da notte, la bottiglia d&#8217;acqua sembrava una bolla, un&#8217;immagine traslucida contro l&#8217;ombra azzurrognola dei finestroni. Ansim\u00f2, cercando di dar sollievo ai polmoni, di dimenticare quelle immagini che rimanevano incollate alle sue palpebre. Ogni volta che chiudeva gli occhi, le vedeva formarsi immediatamente, e si drizzava atterrito per\u00f2 godendo al tempo stesso di sapere che ora era sveglio, che la veglia lo proteggeva, che presto si sarebbe fatto giorno, con il buon sonno profondo che si ha a questa ora, senza immagini, senza nulla. Gli costava tenere gli occhi aperti, il torpore era pi\u00f9 forte di lui. Fece un ultimo sforzo, con la mano sana abbozz\u00f2 un gesto verso la bottiglia d&#8217;acqua, non arriv\u00f2 a prenderla, le sue dita gli si serrarono in un vuoto di nuovo nero, e il corridoio continuava interminabile, roccia dopo roccia, con improvvisi bagliori rossicci e lui, supino, gemette debolmente perch\u00e9 il soffitto stava per finire, saliva, aprendosi come una bocca d&#8217;ombra, e gli aiutanti si radrizzavano, e dall&#8217;alto una luna calante gli cadde sul volto dove gli occhi non volevano vederla, disperatamente \u00a0si chiudevano e si aprivano cercando di passare dall&#8217;altro lato, di scoprire ancora \u00a0il soffitto protettore della sala. E ogni volta che si aprivano, era la notte e la luna, mentre lo portavano su per la scalinata, ora con \u00a0la testa penzolante verso il basso, e in alto c&#8217;erano i fuochi, le rosse colonne di fumo profumato, e di colpo vide la pietra rossa, brillante di sangue che scorreva, e il ciondolio dei piedi del sacrificato che trascinavano facendolo rotolare gi\u00f9 per la scalinata nord. Con un&#8217;ultima speranza serr\u00f2 le palpebre, gemendo per svegliarsi. Per un secondo credette di farcela, perch\u00e9 era di nuovo immobile nel letto, al sicuro da quel dondolio a testa in gi\u00f9. Per\u00f2 odorava di morte, e quando apr\u00ec gli occhi vide la figura insanguinata del sacrificatore che veniva verso di lui con il coltello di pietra in mano. Riusc\u00ec a serrare di nuovo le palpebre, anche se ora sapeva che non si sarebbe svegliato, che era sveglio, che il sogno meraviglioso era stato l&#8217;altro, assurdo come tutti i sogni; un sogno nel quale era andato per strani viali di una stupenda citt\u00e0, con luci verdi e rosse che ardevano senza fiamma n\u00e9 fumo, con un enorme insetto di metallo che ronzava sotto le sue gambe. Anche nella menzogna infinita di quel sogno lo avevano sollevato dal suolo, anche l\u00e0 qualcuno gli si era avvicinato con un coltello in mano, \u00a0a lui supino, a lui sempre supino con gli occhi chiusi tra i fuochi.<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[8],"class_list":["post-36","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-julio-cortazar","tag-cortazar"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=36"}],"version-history":[{"count":27,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":874,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/36\/revisions\/874"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=36"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=36"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=36"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}