{"id":711,"date":"2016-02-20T16:05:22","date_gmt":"2016-02-20T16:05:22","guid":{"rendered":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=711"},"modified":"2016-08-10T16:00:12","modified_gmt":"2016-08-10T16:00:12","slug":"en-memoria-de-paulina-in-memoria-di-paulina","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=711","title":{"rendered":"En memoria de Paulina \/ In memoria di Paulina"},"content":{"rendered":"<p><div class=\"column-half first\">Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jard\u00edn con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprend\u00ed que mi felicidad hab\u00eda empezado, porque en esas preferencias pod\u00eda identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reuni\u00f3n de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribi\u00f3 en el margen: Las nuestras ya se reunieron. &#8220;Nuestras&#8221; en aquel tiempo, significaba la de ella y la m\u00eda.<br \/>\nPara explicarme ese parecido argument\u00e9 que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anot\u00e9 en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poes\u00eda y en cada cosa hay una prefiguraci\u00f3n de Dios. Pens\u00e9 tambi\u00e9n: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Ve\u00eda (y a\u00fan hoy veo) la identificaci\u00f3n con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me librar\u00eda de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.<br \/>\nLa vida fue una dulce costumbre que nos llev\u00f3 a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por m\u00ed, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imagin\u00e1bamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imagin\u00e1bamos con tanta vividez que nos persuad\u00edamos de que ya viv\u00edamos juntos.<br \/>\nHablar de nuestro casamiento no nos induc\u00eda a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y segu\u00eda habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de ni\u00f1os. No me atrev\u00eda a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, c\u00f3mo la quer\u00eda, con qu\u00e9 amor at\u00f3nito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfecci\u00f3n.<br \/>\nA Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atend\u00eda a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser due\u00f1a de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepci\u00f3n.<br \/>\nLa v\u00edspera, Montero me hab\u00eda visitado por primera vez. Esgrim\u00eda, en la ocasi\u00f3n, un copioso manuscrito y el desp\u00f3tico derecho que la obra in\u00e9dita confiere sobre el tiempo del pr\u00f3jimo. Un rato despu\u00e9s de la visita yo hab\u00eda olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me ley\u00f3 -Montero me hab\u00eda encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago prop\u00f3sito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central proced\u00eca del probable sofisma: si una determinada melod\u00eda surge de una relaci\u00f3n entre el viol\u00edn y los movimientos del violinista, de una determinada relaci\u00f3n entre movimiento y materia surg\u00eda el alma de cada persona. El h\u00e9roe del cuento fabricaba una m\u00e1quina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Despu\u00e9s el h\u00e9roe mor\u00eda. Velaban y enterraban el cad\u00e1ver; pero \u00e9l estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el \u00faltimo p\u00e1rrafo, el bastidor aparec\u00eda, junto a un estereoscopio y un tr\u00edpode con una piedra de galena, en el cuarto donde hab\u00eda muerto una se\u00f1orita.<br \/>\nCuando logr\u00e9 apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifest\u00f3 una extra\u00f1a ambici\u00f3n por conocer a escritores.<br \/>\n-Vuelva ma\u00f1ana por la tarde -le dije-. Le presentar\u00e9 a algunos.<br \/>\nSe describi\u00f3 a s\u00ed mismo como un salvaje y acept\u00f3 la invitaci\u00f3n. Quiz\u00e1 movido por el agrado de verlo partir, baj\u00e9 con \u00e9l hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubri\u00f3 el jard\u00edn que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, vi\u00e9ndolo a trav\u00e9s del port\u00f3n de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jard\u00edn sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible para\u00edso de caramelo. Montero lo vio de noche.<br \/>\n-Le ser\u00e9 franco-me dijo, resign\u00e1ndose a quitar los ojos del jard\u00edn-. De cuanto he visto en la casa esto es lo m\u00e1s interesante.<br \/>\nAl otro d\u00eda Paulina lleg\u00f3 temprano; a las cinco de la tarde ya ten\u00eda todo listo para el recibo. Le mostr\u00e9 una estatuita china, de piedra verde, que yo hab\u00eda comprado esa ma\u00f1ana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me asegur\u00f3 que simbolizaba la pasi\u00f3n.<br \/>\nPaulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclam\u00f3: Es hermoso como la primera pasi\u00f3n de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me ech\u00f3 los brazos al cuello y me bes\u00f3.<br \/>\nTomamos el t\u00e9 en el antecomedor. Le cont\u00e9 que me hab\u00edan ofrecido una beca para estudiar dos a\u00f1os en Londres. De pronto cre\u00edmos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parec\u00eda tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de econom\u00eda dom\u00e9stica; las privaciones, casi dulces, a que nos someter\u00edamos; la distribuci\u00f3n de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que har\u00eda Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevar\u00edamos. Despu\u00e9s de un rato de proyectos, admitimos que yo tendr\u00eda que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis ex\u00e1menes, pero ya era evidente que los padres de Paulina quer\u00edan postergar nuestro casamiento.<br \/>\nEmpezaron a llegar los invitados. Yo no me sent\u00eda feliz. Cuando conversaba con una persona, s\u00f3lo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parec\u00eda imposible. Si quer\u00eda recordar algo, no ten\u00eda memoria o la ten\u00eda demasiado lejos. Ansioso, f\u00fatil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos qued\u00e1ramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompa\u00f1ar a Paulina hasta su casa.<br \/>\nCerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la mir\u00e9, levant\u00f3 los ojos e inclin\u00f3 hacia m\u00ed su cara perfecta. Sent\u00ed que en la ternura de Paulina hab\u00eda un refugio inviolable, en donde est\u00e1bamos solos. \u00a1C\u00f3mo anhel\u00e9 decirle que la quer\u00eda! Tom\u00e9 la firme resoluci\u00f3n de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda verg\u00fcenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspir\u00e9) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpit\u00f3 una generosa, alegre y sorprendida gratitud.<br \/>\nPaulina me pregunt\u00f3 en qu\u00e9 poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sab\u00eda que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pas\u00e9 el resto de la tarde busc\u00e1ndolos en la edici\u00f3n de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunt\u00e9 si la imposibilidad de encontrar el poema no entra\u00f1aba un presagio. Mir\u00e9 hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debi\u00f3 de notar mi ansiedad, porque me dijo:<br \/>\n-Paulina est\u00e1 mostrando la casa a Montero.<br \/>\nMe encog\u00ed de hombros, ocult\u00e9 apenas el fastidio y simul\u00e9 interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pens\u00e9: Va a llamarla. En seguida reapareci\u00f3 con Paulina y con Montero.<br \/>\nPor fin alguien se fue; despu\u00e9s, con despreocupaci\u00f3n y lentitud partieron otros. Lleg\u00f3 un momento en que s\u00f3lo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo tem\u00ed, exclam\u00f3 Paulina:<br \/>\n-Es muy tarde. Me voy.<br \/>\nMontero intervino r\u00e1pidamente:<br \/>\n-Si me permite, la acompa\u00f1ar\u00e9 hasta su casa.<br \/>\n-Yo tambi\u00e9n te acompa\u00f1ar\u00e9 -respond\u00ed.<br \/>\nLe habl\u00e9 a Paulina, pero mir\u00e9 a Montero. Pretend\u00ed que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.<br \/>\nAl llegar abajo, advert\u00ed que Paulina no ten\u00eda el caballito chino. Le dije:<br \/>\n-Has olvidado mi regalo.<br \/>\nSub\u00ed al departamento y volv\u00ed con la estatuita . Los encontr\u00e9 apoyados en el port\u00f3n de vidrio, mirando el jard\u00edn. Tom\u00e9 del brazo a Paulina y no permit\u00ed que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversaci\u00f3n prescind\u00ed ostensiblemente de Montero.<br \/>\nNo se ofendi\u00f3. Cuando nos despedimos de Paulina, insisti\u00f3 en acompa\u00f1arme hasta casa. En el trayecto habl\u00f3 de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: \u00c9l es el literato; yo soy un hombre cansado, fr\u00edvolamente preocupado con una mujer. Consider\u00e9 la incongruencia que hab\u00eda entre su vigor f\u00edsico y su debilidad literaria. Pens\u00e9: una caparaz\u00f3n lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Mir\u00e9 con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.<br \/>\nAquella semana casi no vi a Paulina. Estudi\u00e9 mucho. Despu\u00e9s del \u00faltimo examen, la llam\u00e9 por tel\u00e9fono. Me felicit\u00f3 con una insistencia que no parec\u00eda natural y dijo que al fin de la tarde ir\u00eda a casa.<br \/>\nDorm\u00ed la siesta, me ba\u00f1\u00e9 lentamente y esper\u00e9 a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de M\u00fcller y de Lessing.<br \/>\nAl verla, exclam\u00e9:<br \/>\n-Est\u00e1s cambiada.<br \/>\n-Si -respondi\u00f3-. \u00a1C\u00f3mo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.<br \/>\nNos miramos en los ojos, en un \u00e9xtasis de beatitud.<br \/>\n-Gracias -contest\u00e9.<br \/>\nNada me conmov\u00eda tanto como la admisi\u00f3n, por parte de Paulina, de la entra\u00f1able conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandon\u00e9 a ese halago. No s\u00e9 cu\u00e1ndo me pregunt\u00e9 (incr\u00e9dulamente) si las palabras de Paulina ocultar\u00edan otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendi\u00f3 una confusa explicaci\u00f3n. O\u00ed de pronto:<br \/>\n-Esa primera tarde ya est\u00e1bamos perdidamente enamorados.<br \/>\nMe pregunt\u00e9 qui\u00e9nes estaban enamorados. Paulina continu\u00f3.<br \/>\n-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le jur\u00e9 que, por un tiempo, no te ver\u00eda.<br \/>\nYo esperaba, a\u00fan, la imposible aclaraci\u00f3n que me tranquilizara. No sab\u00eda si Paulina hablaba en broma o en serio. No sab\u00eda qu\u00e9 expresi\u00f3n hab\u00eda en mi rostro. No sab\u00eda lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agreg\u00f3:<br \/>\n-Me voy. Julio est\u00e1 esper\u00e1ndome. No subi\u00f3 para no molestarnos.<br \/>\n-\u00bfQui\u00e9n? -pregunt\u00e9.<br \/>\nEn seguida tem\u00ed -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.<br \/>\nPaulina contest\u00f3 con naturalidad:<br \/>\n-Julio Montero.<br \/>\nLa respuesta no pod\u00eda sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovi\u00f3 tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sent\u00ed lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunt\u00e9:<br \/>\n-\u00bfVan a casarse?<br \/>\nNo recuerdo qu\u00e9 me contest\u00f3. Creo que me invit\u00f3 a su casamiento.<br \/>\nDespu\u00e9s me encontr\u00e9 solo. Todo era absurdo. No hab\u00eda una persona m\u00e1s incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. \u00bfO me equivocaba? Si Paulina quer\u00eda a ese hombre, tal vez nunca se hab\u00eda parecido a m\u00ed. Una abjuraci\u00f3n no me bast\u00f3; descubr\u00ed que muchas veces yo hab\u00eda entrevisto la espantosa verdad.<br \/>\nEstaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acost\u00e9 en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontr\u00e9 el libro que hab\u00eda le\u00eddo un rato antes. Lo arroj\u00e9 lejos de m\u00ed, con asco .<br \/>\nSal\u00ed a caminar. En una esquina mir\u00e9 una calesita. Me parec\u00eda imposible seguir viviendo esa tarde.<br \/>\nDurante a\u00f1os la record\u00e9 y como prefer\u00eda los dolorosos momentos de la ruptura (porque los hab\u00eda pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorr\u00eda y los examinaba minuciosamente y volv\u00eda a vivirlos. En esta angustiada cavilaci\u00f3n cre\u00eda descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. As\u00ed, por ejemplo, en la voz de Paulina declar\u00e1ndome el nombre de su amado, sorprend\u00ed una ternura que, al principio, me emocion\u00f3. Pens\u00e9 que la muchacha me ten\u00eda l\u00e1stima y me conmovi\u00f3 su bondad como antes me conmov\u00eda su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para m\u00ed sino para el nombre pronunciado.<br \/>\nAcept\u00e9 la beca, y, silenciosamente, me ocup\u00e9 en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendi\u00f3. En la \u00faltima tarde me visit\u00f3 Paulina.<br \/>\nMe sent\u00eda alejado de ella, pero cuando la vi me enamor\u00e9 de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprend\u00ed que su aparici\u00f3n era furtiva. La tom\u00e9 de las manos, tr\u00e9mulo de agradecimiento. Paulina exclam\u00f3:<br \/>\n-Siempre te querr\u00e9. De alg\u00fan modo, siempre te querr\u00e9 m\u00e1s que a nadie.<br \/>\nTal vez crey\u00f3 que hab\u00eda cometido una traici\u00f3n. Sab\u00eda que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entra\u00f1aran -si no para m\u00ed, para un testigo imaginario- una intenci\u00f3n desleal, agreg\u00f3 r\u00e1pidamente:<br \/>\n-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.<br \/>\nTodo lo dem\u00e1s, dijo, no ten\u00eda importancia. El pasado era una regi\u00f3n desierta en que ella hab\u00eda esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acord\u00f3.<br \/>\nDespu\u00e9s hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fing\u00ed tener prisa. La acompa\u00f1\u00e9 en el ascensor. Al abrir la puerta retumb\u00f3, inmediata, la lluvia.<br \/>\n-Buscar\u00e9 un tax\u00edmetro -dije.<br \/>\nCon una s\u00fabita emoci\u00f3n en la voz, Paulina me grit\u00f3:<br \/>\n-Adi\u00f3s, querido.<br \/>\nCruz\u00f3, corriendo, la calle y desapareci\u00f3 a lo lejos. Me volv\u00ed, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jard\u00edn. El hombre se incorpor\u00f3 y apoy\u00f3 las manos y la cara contra el port\u00f3n de vidrio. Era Montero.<br \/>\nRayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parec\u00eda blanquecina y deforme.<br \/>\nPens\u00e9 en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con fr\u00edvola amargura, me dije que la cara de Montero suger\u00eda otros monstruos: los peces deformados por la presi\u00f3n del agua, que habitan el fondo del mar.<br \/>\nAl otro d\u00eda, a la ma\u00f1ana, me embarqu\u00e9. Durante el viaje, casi no sal\u00ed del camarote. Escrib\u00ed y estudi\u00e9 mucho.<br \/>\nQuer\u00eda olvidar a Paulina. En mis dos a\u00f1os de Inglaterra evit\u00e9 cuanto pudiera record\u00e1rmela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparec\u00eda en el sue\u00f1o, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunt\u00e9 si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le impon\u00eda en la vigilia. Elud\u00ed obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer a\u00f1o, logr\u00e9 excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.<br \/>\nLa tarde que llegu\u00e9 de Europa volv\u00ed a pensar en Paulina. Con aprehensi\u00f3n me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entr\u00e9 en mi cuarto sent\u00ed alguna emoci\u00f3n y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegr\u00eda y de congoja que yo hab\u00eda conocido. Entonces tuve una revelaci\u00f3n vergonzosa. No me conmov\u00edan secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo m\u00e1s \u00edntimo de la memoria; me conmov\u00eda la enf\u00e1tica luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.<br \/>\nA eso de las cuatro fui hasta la esquina y compr\u00e9 un kilo de caf\u00e9. En la panader\u00eda, el patr\u00f3n me reconoci\u00f3, me salud\u00f3 con estruendosa cordialidad y me inform\u00f3 que desde hacia mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Despu\u00e9s de estas amabilidades le ped\u00ed, t\u00edmido y resignado, medio kilo de pan. Me pregunt\u00f3, como siempre:<br \/>\n-\u00bfTostado o blanco?<br \/>\nLe contest\u00e9, como siempre:<br \/>\n-Blanco.<br \/>\nVolv\u00ed a casa. Era un d\u00eda claro como un cristal y muy fr\u00edo.<br \/>\nMientras preparaba el caf\u00e9 pens\u00e9 en Paulina. Hacia el fin de la tarde sol\u00edamos tomar una taza de caf\u00e9 negro.<br \/>\nComo en un sue\u00f1o pas\u00e9 de una afable y ecu\u00e1nime indiferencia a la emoci\u00f3n, a la locura, que me produjo la aparici\u00f3n de Paulina. Al verla ca\u00ed de rodillas, hund\u00ed la cara entre sus manos y llor\u00e9 por primera vez todo el dolor de haberla perdido.<br \/>\nSu llegada ocurri\u00f3 as\u00ed: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunt\u00e9 qui\u00e9n ser\u00eda el intruso; pens\u00e9 que por su culpa se enfriar\u00eda el caf\u00e9; abr\u00ed, distra\u00eddamente.<br \/>\nLuego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me orden\u00f3 que la siguiera. Comprend\u00ed que ella estaba corrigiendo, con la persuasi\u00f3n de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero adem\u00e1s de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigi\u00f3 con excesiva determinaci\u00f3n . Cuando me pidi\u00f3 que la tomara de la mano (&#8220;\u00a1La mano!&#8221;, me dijo. &#8220;\u00a1Ahora!&#8221;) me abandon\u00e9 a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos r\u00edos confluentes, nuestras almas tambi\u00e9n se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llov\u00eda. Interpret\u00e9 esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una p\u00e1nica expansi\u00f3n de nuestro amor.<br \/>\nLa emoci\u00f3n no me impidi\u00f3, sin embargo, descubrir que Montero hab\u00eda contaminado la conversaci\u00f3n de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo ten\u00eda la ingrata impresi\u00f3n de o\u00edr a mi rival. Reconoc\u00ed la caracter\u00edstica pesadez de las frases; reconoc\u00ed las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el t\u00e9rmino exacto; reconoc\u00ed la inconfundible vulgaridad.<br \/>\nCon un esfuerzo pude sobreponerme. Mir\u00e9 el rostro, la sonrisa, los ojos. Ah\u00ed estaba Paulina, intr\u00ednseca y perfecta. Ah\u00ed no me la hab\u00edan cambiado.<br \/>\nEntonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de \u00e1ngeles negros, me pareci\u00f3 distinta. Fue como si descubriera otra versi\u00f3n de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separaci\u00f3n, que me hab\u00eda interrumpido el h\u00e1bito de verla, pero que me la devolv\u00eda m\u00e1s hermosa.<br \/>\nPaulina dijo:<br \/>\n-Me voy. Julio me espera.<br \/>\nAdvert\u00ed en su voz una extra\u00f1a mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcert\u00f3. Pens\u00e9 melanc\u00f3licamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levant\u00e9 la mirada, se hab\u00eda ido.<br \/>\nTras un momento de vacilaci\u00f3n la llam\u00e9. Volv\u00ed a llamarla, baj\u00e9 a la entrada, corr\u00ed por la calle. No la encontr\u00e9. De vuelta, sent\u00ed fr\u00edo. Me dije: &#8220;Ha refrescado. Fue un simple chaparr\u00f3n&#8221;. La calle estaba seca.<br \/>\nCuando llegu\u00e9 a casa vi que eran las nueve. No ten\u00eda ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con alg\u00fan conocido, me acobardaba. Prepar\u00e9 un poco de caf\u00e9. Tom\u00e9 dos o tres tazas y mord\u00ed la punta de un pan.<br \/>\nNo sab\u00eda siquiera cu\u00e1ndo volver\u00edamos a vernos. Quer\u00eda hablar con Paulina. Quer\u00eda pedirle que me aclarara&#8230; De pronto, mi ingratitud me asust\u00f3. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminaci\u00f3n de nuestras vidas. Paulina lo hab\u00eda comprendido as\u00ed. Yo mismo lo hab\u00eda comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)<br \/>\nMe parec\u00eda imposible tener que esperar hasta el d\u00eda siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determin\u00e9 que ir\u00eda esa misma noche a casa de Montero. Desist\u00ed muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no pod\u00eda visitarlos. Resolv\u00ed buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareci\u00f3 el m\u00e1s indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.<br \/>\nLuego pens\u00e9 que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, ver\u00eda todo con m\u00e1s comprensi\u00f3n. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran fr\u00edvolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresi\u00f3n de entrar en un cepo (record\u00e9, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que est\u00e1 desvelado). Apagu\u00e9 la luz.<br \/>\nNo cavilar\u00eda m\u00e1s sobre la conducta de Paulina. Sab\u00eda demasiado poco para comprender la situaci\u00f3n. Ya que no pod\u00eda hacer un vac\u00edo en la mente y dejar de pensar, me refugiar\u00eda en el recuerdo de esa tarde.<br \/>\nSeguir\u00eda queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extra\u00f1o y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me hab\u00eda querido antes de la abominable aparici\u00f3n de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quiz\u00e1 no comparten.<br \/>\n\u00bfO todo era un enga\u00f1o? \u00bfYo estaba enamorado de una ciega proyecci\u00f3n de mis preferencias y repulsiones? \u00bfNunca hab\u00eda conocido a Paulina?<br \/>\nEleg\u00ed una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procur\u00e9 evocarla. Cuando la entrev\u00ed, tuve una revelaci\u00f3n instant\u00e1nea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplaci\u00f3n de su imagen. La fantas\u00eda y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanec\u00eda.<br \/>\nMuchas im\u00e1genes, animadas de inevitable energ\u00eda, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un \u00e1ngulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareci\u00f3 el caballito de piedra verde.<br \/>\nLa visi\u00f3n, cuando se produjo, no me extra\u00f1\u00f3; s\u00f3lo despu\u00e9s de unos minutos record\u00e9 que la estatuita no estaba en casa. Yo se la hab\u00eda regalado a Paulina hac\u00eda dos a\u00f1os.<br \/>\nMe dije que se trataba de una superposici\u00f3n de recuerdos anacr\u00f3nicos (el m\u00e1s antiguo, del caballito; el m\u00e1s reciente, de Paulina). La cuesti\u00f3n quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y deb\u00eda dormirme. Formul\u00e9 entonces una reflexi\u00f3n vergonzosa y, a la luz de lo que averiguar\u00eda despu\u00e9s, pat\u00e9tica. &#8220;Si no me duermo pronto&#8221;, pens\u00e9, &#8220;ma\u00f1ana estar\u00e9 demacrado y no le gustar\u00e9 a Paulina&#8221;.<br \/>\nAl rato advert\u00ed que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi \u00fanicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las m\u00edas).<br \/>\nAterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareci\u00f3, rodeado de \u00e1ngeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitaci\u00f3n. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba n\u00edtidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconoc\u00ed en el primer momento. Luego, con escaso inter\u00e9s, not\u00e9 que ese personaje era yo.<br \/>\nVi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta m\u00ed por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Despert\u00e9 llorando.<br \/>\nNo s\u00e9 desde cu\u00e1ndo dorm\u00eda. S\u00e9 que el sue\u00f1o no fue inventivo. Continu\u00f3, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.<br \/>\nMir\u00e9 el reloj. Eran las cinco. Me levantar\u00eda temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, ir\u00eda a su casa. Esta resoluci\u00f3n no mitig\u00f3 mi angustia.<br \/>\nMe levant\u00e9 a las siete y media, tom\u00e9 un largo ba\u00f1o y me vest\u00ed despacio.<br \/>\nIgnoraba d\u00f3nde viv\u00eda Paulina. El portero me prest\u00f3 la gu\u00eda de tel\u00e9fonos y la Gu\u00eda Verde. Ninguna registraba la direcci\u00f3n de Montero. Busqu\u00e9 el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprob\u00e9, asimismo, que en la antigua casa de Montero viv\u00eda otra persona. Pens\u00e9 preguntar la direcci\u00f3n a los padres de Paulina.<br \/>\nNo los ve\u00eda desde hac\u00eda mucho tiempo (cuando me enter\u00e9 del amor de Paulina por Montero, interrump\u00ed el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendr\u00eda que historiar mis penas. Me falt\u00f3 el \u00e1nimo.<br \/>\nDecid\u00ed hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no pod\u00eda presentarme en su casa. Vagu\u00e9 por las calles, sin ver nada, o atendiendo con moment\u00e1nea aplicaci\u00f3n a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra o\u00edda al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto h\u00famedo.<br \/>\nMorgan me recibi\u00f3 en la cama, abocado a un enorme taz\u00f3n, que sosten\u00eda con ambas manos. Entrev\u00ed un l\u00edquido blancuzco y, flotando, alg\u00fan pedazo de pan.<br \/>\n-\u00bfD\u00f3nde vive Montero? -le pregunt\u00e9.<br \/>\nYa hab\u00eda tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.<br \/>\n-Montero est\u00e1 preso -contest\u00f3.<br \/>\nNo pude ocultar mi asombro. Morgan continu\u00f3:<br \/>\n-\u00bfC\u00f3mo? \u00bfLo ignoras?<br \/>\nImagin\u00f3, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refiri\u00f3 todo lo ocurrido. Cre\u00ed perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ah\u00ed tambi\u00e9n llegaba la voz ceremoniosa, implacable y n\u00edtida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicci\u00f3n de que eran familiares.<br \/>\nMorgan me comunic\u00f3 lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitar\u00eda, Montero se ocult\u00f3 en el jard\u00edn de casa. La vio salir, la sigui\u00f3; la interpel\u00f3 en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subi\u00f3 a un autom\u00f3vil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mat\u00f3 de un balazo. Esto no hab\u00eda ocurrido la noche anterior a esa ma\u00f1ana; hab\u00eda ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; hab\u00eda ocurrido hac\u00eda dos a\u00f1os.<br \/>\nEn los momentos m\u00e1s terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atenci\u00f3n a trivialidades. En ese momento yo le pregunt\u00e9 a Morgan:<br \/>\n-\u00bfTe acuerdas de la \u00faltima reuni\u00f3n, en casa, antes de mi viaje?<br \/>\nMorgan se acordaba. Continu\u00e9:<br \/>\n-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, \u00bfqu\u00e9 hac\u00eda Montero?<br \/>\n-Nada -contest\u00f3 Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.<br \/>\nVolv\u00ed a casa. Me cruc\u00e9, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunt\u00e9:<br \/>\n-\u00bfSabe que muri\u00f3 la se\u00f1orita Paulina?<br \/>\n-\u00bfC\u00f3mo no voy a saberlo? -respondi\u00f3-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acab\u00e9 declarando en la polic\u00eda.<br \/>\nEl hombre me mir\u00f3 inquisitivamente.<br \/>\n-\u00bfLe ocurre algo? -dijo, acerc\u00e1ndose mucho-. \u00bfQuiere que lo acompa\u00f1e?<br \/>\nLe di las gracias y me escap\u00e9 hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.<br \/>\nDespu\u00e9s me encontr\u00e9 frente al espejo, pensando: &#8220;Lo cierto es que Paulina me visit\u00f3 anoche. Muri\u00f3 sabiendo que el matrimonio con Montero hab\u00eda sido un equivocaci\u00f3n -una equivocaci\u00f3n atroz- y que nosotros \u00e9ramos la verdad. Volvi\u00f3 desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino&#8221;. Record\u00e9 una frase que Paulina escribi\u00f3, hace a\u00f1os, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Segu\u00ed pensando: &#8220;Anoche, por fin. En el momento en que la tom\u00e9 de la mano&#8221;. Luego me dije: &#8220;Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte&#8221;.<br \/>\nPaulina me hab\u00eda perdonado. Nunca nos hab\u00edamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.<br \/>\nYo me debat\u00eda en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunt\u00e9 -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple h\u00e1bito de proponer alternativas, se pregunt\u00f3- si no habr\u00eda otra explicaci\u00f3n para la visita de anoche. Entonces, como una fulminaci\u00f3n, me alcanz\u00f3 la verdad.<br \/>\nQuisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicaci\u00f3n aclara los hechos que parec\u00edan misteriosos. \u00c9stos, por su parte, la confirman.<br \/>\nNuestro pobre amor no arranc\u00f3 de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abrac\u00e9 un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.<br \/>\nLa clave de lo ocurrido est\u00e1 oculta en la visita que me hizo Paulina en la v\u00edspera de mi viaje. Montero la sigui\u00f3 y la esper\u00f3 en el jard\u00edn. La ri\u00f1\u00f3 toda la noche y, porque no crey\u00f3 en sus explicaciones -\u00bfc\u00f3mo ese hombre entender\u00eda la pureza de Paulina?- la mat\u00f3 a la madrugada.<br \/>\nLo imagin\u00e9 en su c\u00e1rcel, cavilando sobre esa visita, represent\u00e1ndosela con la cruel obstinaci\u00f3n de los celos.<br \/>\nLa imagen que entr\u00f3 en casa, lo que despu\u00e9s ocurri\u00f3 all\u00ed, fue una proyecci\u00f3n de la horrenda fantas\u00eda de Montero. No lo descubr\u00ed entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que s\u00f3lo ten\u00eda voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia.<br \/>\nDurante la visita de la verdadera Paulina -en la v\u00edspera de mi viaje- no o\u00ed la lluvia. Montero, que estaba en el jard\u00edn, la sinti\u00f3 directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, crey\u00f3 que la hab\u00edamos o\u00eddo. Por eso anoche o\u00ed llover. Despu\u00e9s me encontr\u00e9 con que la calle estaba seca.<br \/>\nOtro indicio es la estatuita. Un solo d\u00eda la tuve en casa: el d\u00eda del recibo. Para Montero qued\u00f3 como un s\u00edmbolo del lugar. Por eso apareci\u00f3 anoche.<br \/>\nNo me reconoc\u00ed en el espejo, porque Montero no me imagin\u00f3 claramente. Tampoco imagin\u00f3 con precisi\u00f3n el dormitorio. Ni siquiera conoci\u00f3 a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Adem\u00e1s, hablaba como \u00e9l.<br \/>\nUrdir esta fantas\u00eda es el tormento de Montero. El m\u00edo es m\u00e1s real. Es la convicci\u00f3n de que Paulina no volvi\u00f3 porque estuviera desenga\u00f1ada de su amor. Es la convicci\u00f3n de que nunca fui su amor. Es la convicci\u00f3n de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que s\u00f3lo he conocido indirectamente. Es la convicci\u00f3n de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reuni\u00f3n de nuestras almas- obedec\u00ed a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigi\u00f3 y que mi rival oy\u00f3 muchas veces.<\/div>\n<div class=\"column-half second\">Sempre ho amato Paulina. In uno dei miei primi ricordi, io e Paulina eravamo nascosti in un oscuro pergolato di alloro in un giardino con due leoni di pietra. Paulina mi disse: Mi piace l&#8217;azzurro, mi piace l&#8217;uva, mi piace il ghiaccio, mi piacciono le rose, mi piacciono i cavalli bianchi. Io compresi che la mia felicit\u00e0 aveva avuto inizio, perch\u00e9 in queste preferenze potevo identificarmi con Paulina. Ci somigliavamo cos\u00ec miracolosamente che in un libro sulla riunione finale delle anime nell&#8217;anima del mondo, la mia amica scrisse a margine: Le nostre si sono gi\u00e0 riunite. &#8220;Le nostre&#8221;, a quel tempo, significava la sua e la mia.<br \/>\nPer spiegarmi questa somiglianza, sostenni di essere una brutta copia affrettata e remota di Paulina. Ricordo di aver annotato nel mio quaderno: Ogni poesia \u00e8 una bozza della Poesia e in ogni cosa c&#8217;\u00e8 una prefigurazione di Dio. Pensai anche: Fin tanto che assomiglio a Paulina, sono salvo. Vedevo (e tuttora vedo) la identificazione con Paulina come la migliore possibilit\u00e0 del mio essere, come il rifugio in cui liberarmi dei miei difetti naturali, della goffaggine, della negligenza, della vanit\u00e0.<br \/>\nLa vita fu una dolce abitudine che ci port\u00f2 ad attendere il nostro futuro matrimonio come qualcosa di naturale e certo. I genitori di Paulina, insensibili al prestigio letterario da me prematuramente ottenuto, e perso, promisero di dare il consenso quando fossi diventato dottore. Molte volte immaginammo un futuro ordinato, con tempo sufficiente per lavorare, per viaggiare e per amarci. Lo immaginavamo con tanta vivezza che ci persuademmo di vivere gi\u00e0 insieme.<br \/>\nParlare del nostro matrimonio non ci induceva a trattarci come sposi. Tutta l&#8217;infanzia l&#8217;avevamo passata insieme e continuava ad esserci tra noi una pudica amicizia di bambini. Non osavo\u00a0 assumere il ruolo di innamorato e dirle in tono solenne: Ti amo. Tuttavia, poich\u00e9 l&#8217;amavo, guardavo la sua risplendente perfezione con un amore attonito e scrupoloso.<br \/>\nA Paulina piaceva che ricevessi degli amici. Preparava ogni cosa, si occupava degli invitati, e, segretamente, giocava a fare la padrona di casa. Confesso che questi incontri non mi rallegravano. Quello che organizzammo perch\u00e9 Julio Montero conoscesse degli scrittori non fu un&#8217;eccezione.<br \/>\nIl giorno prima Montero mi aveva fatto visita per la prima volta. Brandiva, per l&#8217;occasione, un abbondante manoscritto e il dispotico diritto che l&#8217;opera inedita conferisce nei confronti del tempo del prossimo. Poco tempo dopo la visita io avevo dimenticato quella faccia irsuta e quasi nera. Per quanto riguarda il racconto che mi aveva letto &#8211; Montero mi aveva raccomandato di dirgli in tutta sincerit\u00e0 se l&#8217;impatto della sua amarezza risultasse troppo forte &#8211; forse era notevole perch\u00e9 rivelava una vaga intenzione di imitare scrittori effettivamente diversi. L&#8217;idea centrale scaturiva da un probabile sofisma: se una determinata melodia sorge dalla relazione tra il violino e i movimenti del violinista, da una determinata relazione tra movimento e materia sarebbe sorta l&#8217;anima di ciascuna persona. L&#8217;eroe del racconto fabbricava una macchina per produrre anime (una sorta di telaio, con legno e spaghi) . Poi l&#8217;eroe moriva. Vegliavano e seppellivano il cadavere, ma lui era segretamente vivo nel telaio. Fino all&#8217;ultimo paragrafo, il telaio appariva accanto a uno stetoscopio e a un tripode con una pietra di galena, nella stanza dove era morta una signorina.<br \/>\nQuando riuscii a distoglierlo dai problemi del suo tema, Montero manifest\u00f2 uno strano desiderio di conoscere scrittori.<br \/>\n-Ritorni domani sera -gli dissi. Glie ne presenter\u00f2 alcuni.<br \/>\nSi descrisse come un selvaggio e accett\u00f2 l&#8217;invito. Forse spinto dal piacere di vederlo partire, scesi con lui fino alla porta sulla strada. Quando uscimmo dall&#8217;ascensore Montero scopr\u00ec il giardino che c&#8217;\u00e8 nel patio. Talvolta, nella luce tenue della sera, vedendolo attraverso il portone di vetro che lo separa dall&#8217;atrio, questo minuscolo giardino suggerisce l&#8217;immagine misteriosa di un bosco nel fondo di un lago. Di notte, proiettori di luce lilla e di luce arancione lo trasformano in un\u00a0 orribile paradiso di caramello. Montero lo vide di notte.<br \/>\n-Sar\u00f2 franco -mi disse, rassegnato a distogliere gli occhi dal giardino. -Di quanto ho visto nella casa, questo \u00e8 il pi\u00f9 interessante.<br \/>\nIl giorno dopo Paulina arriv\u00f2 presto; alle cinque della sera aveva gi\u00e0 tutto pronto per il ricevimento. Le mostrai una statuetta cinese di pietra verde che avevo comprato quella mattina da un antiquario. Era un cavallo selvaggio, con le zampe in aria e la criniera al vento. Il venditore mi aveva assicurato che simbolizzava la passione.<br \/>\nPaulina mise il cavallino su un ripiano della biblioteca ed esclam\u00f2: E&#8217; bello come la prima passione di una vita. Quando le dissi che glielo regalavo, impulsivamente mi gett\u00f2 le braccia al collo e mi baci\u00f2.<br \/>\nPrendemmo il t\u00e8 nell&#8217; anticucina. Le raccontai che mi avevano offerto una borsa di studio per studiare due anni a Londra. Di colpo credemmo in un matrimonio immediato, nel viaggio, nella nostra vita in Inghilterra (ci sembrava tanto immediata quanto il matrimonio). Prendemmo in considerazione dettagli di economia domestica; le privazioni, quasi piacevoli, a cui ci saremmo sottoposti; la distribuzione delle ore di studio, di passeggiata, di riposo e, forse, di lavoro; ci\u00f2 che avrebbe fatto Paulina mentre io assistevo ai corsi; i vestiti e i libri che avremmo portati. Dopo un po&#8217; di tempo dedicato ai progetti, ammettemmo che dovevo rinunciare alla borsa di studio. Mancava una settimana ai miei esami, ma era gi\u00e0 evidente che i genitori di Paulina volevano posticipare il nostro matrimonio.<br \/>\nCominciarono ad arrivare gli invitati. Io non mi sentivo felice. Quando conversavo con una persona, pensavo solamente a dei pretesti per lasciarla. Proporre un argomento che interessasse l&#8217;interlocutore mi pareva impossibile. Se volevo ricordare qualcosa, non avevo memoria o l&#8217;avevo troppo lontana. Ansioso, futile, scoraggiato, passavo da un gruppo all&#8217;altro, desiderando che la gente se ne andasse, che noi rimanessimo soli, che arrivasse il momento, ahim\u00e8 cos\u00ec breve, di accompagnare Paulina a casa sua.<br \/>\nVicino alla finestra, la mia fidanzata parlava con Montero. Quando la guardai, alz\u00f2 gli occhi e inclin\u00f2 vers\u00f2 di me il suo volto perfetto. Sentii che nella tenerezza di Paulina c&#8217;era un rifugio inviolabile, in cui eravamo soli. Quanto desiderai dirle che l&#8217;amavo! Presi la ferma decisione di abbandonare quella stessa notte il mio puerile e assurdo senso di vergogna nel parlarle di amore. Se ora potessi (sospirai) comunicarle ci\u00f2 che penso. Nel suo sguardo palpit\u00f2 una generosa, allegra e sorpresa gratitudine.<br \/>\nPaulina mi chiese in quale poesia un uomo si allontana tanto da una donna da non salutarla quando la incontra in cielo. Sapevo che la poesia era di Browning e ricordavo i versi vagamente. Passai il resto della serata cercandoli nell&#8217;edizione di Oxford. Se non mi permettevano di stare \u00a0con Paulina, cercare qualcosa per lei era preferibile al conversare con altre persone, ma ero particolarmente annebbiato e mi domandai se la impossibilit\u00e0 di trovare la poesia non contenesse un presagio. Guardai verso la finestra. Luis Alberto Morgan, il pianista, dovette notare la mia ansia perch\u00e9 mi disse:<br \/>\n-Paulina sta mostrando la casa a Montero.<br \/>\nScrollai le spalle, nascosi appena il fastidio, e finsi di interessarmi di nuovo al libro di Browning. Di scancio, vidi Morgan entrare nella mia stanza. Pensai: Va a chiamarla. Subito dopo riapparve con Paulina e con Montero.<br \/>\nFinalmente qualcuno se ne and\u00f2; poi, con spensieratezza e lentezza, se ne andarono gli altri. Arriv\u00f2 un\u00a0 momento in cui rimanevamo solo Paulina, io e Montero. Allora, come temevo, Paulina esclam\u00f2:<br \/>\n&#8211; E&#8217; molto tardi. Me ne vado.<br \/>\nMontero velocemente intervenne:<br \/>\n&#8211; Se mi permette, la accompagno a casa.<br \/>\n&#8211; Anch&#8217;io ti accompagno -risposi.<br \/>\nParlavo a Paulina, ma guardavo Montero. Volli che gli occhi gli comunicassero il mio disprezzo e il mio odio.<br \/>\nArrivati di sotto, notai che Paulina non aveva il cavallino cinese. Le dissi:<br \/>\n-Hai dimenticato il mio regalo.<br \/>\nSalii nell&#8217;appartamento e tornai con la statuina. Li trovai appoggiati al portone di vetro a guardare il giardino. Presi per il braccio Paulina e non permisi che Montero le si avvicinasse all&#8217;altro lato. Esclusi ostensibilmente Montero dalla conversazione.<br \/>\nNon si offese. Quando ci congedammo da Paulina, insistette ad accompagnarmi a casa. Durante il tragitto parl\u00f2 di letteratura probabilmente con sincerit\u00e0 e fervore. Mi dissi: Lui \u00e8 il letterato; io sono un uomo stanco, frivolamente inquieto a causa di una donna. Considerai l\u2019incongruenza che c\u2019era . fra il suo vigore fisico e la sua debolezza letteraria. Pensai: un guscio lo protegge; non gli arriva ci\u00f2 che sente l\u2019interlocutore. Guardai con odio i suoi occhi svegli, i suoi baffi irsuti, il suo collo robusto.<br \/>\nQuella settimana quasi non vidi Paulina. Studiai molto. Dopo l\u2019ultimo esame la chiamai al telefono.\u00a0 Mi fece le congratulazioni con un\u2019insistenza che non sembrava naturale e disse che nel tardo pomeriggio sarebbe venuta a casa mia.<br \/>\nFeci un pisolino, feci lentamente il bagno e attesi Paulina sfogliando un libro sui Faust di Muller e di Lessing.<br \/>\nQuando la vidi esclamai:<br \/>\n-Sei cambiata.<br \/>\n-S\u00ec \u2013rispose. \u2013Come ci conosciamo! Non ho bisogno di parlare perch\u00e9 tu sappia ci\u00f2 che sento.<br \/>\nCi guardammo negli occhi in un\u2019estasi di beatitudine.<br \/>\n-Grazie- risposi.<br \/>\nNiente mi commuoveva tanto quanto l\u2019ammissione, da parte di Paulina, della profonda corrispondenza delle nostre anime. Mi abbondai fiducioso a questa lusinga. Non so quando mi domandai (con incredulit\u00e0) se le parole di Paulina nascondessero un altro significato. Prima che prendessi in considerazione questa possibilit\u00e0, Paulina inizi\u00f2 una confusa spiegazione. Udii improvvisamente:<br \/>\n-Quella prima sera eravamo gi\u00e0 perdutamente innamorati.<br \/>\nMi chiesi chi era innamorato. Paulina continu\u00f2:<br \/>\n-E\u2019 molto geloso. Non si oppone alla nostra amicicizia, ma gli ho giurato che per un po\u2019 di tempo non ti avrei visto.<br \/>\nIo attendevo ancora un\u2019impossibile spiegazione che mi tranquillizzasse. Non sapevo se Paulina scherzasse o parlasse sul serio. Non sapevo che espressione ci fosse sul mio volto. Non sapevo quanto straziante fosse la mia angoscia. Paulina aggiunse:<br \/>\n&#8211; Me ne vado. Julio mi sta aspettando. Non \u00e8 salito per non disturbarci.<br \/>\n&#8211; Chi? \u2013domandai.<br \/>\nSubito ebbi il timore \u2013come se nulla fosse successo- che Paulina scoprisse che io ero un impostore e che le nostre anime non erano poi tanto unite.<br \/>\nPaulina rispose con naturalezza:<br \/>\n&#8211; Julio Montero.<br \/>\nLa risposta non poteva sorprendermi; tuttavia, in quella orribile sera, nulla mi commosse tanto quanto quelle due parole. Per la prima volte mi sentii lontano da Paulina. Quasi con disprezzo le chiesi:<br \/>\n-Vi sposerete?<br \/>\nNon ricordo cosa mi rispose. Credo che mi invit\u00f2 al suo matrimonio.<br \/>\nDopo mi ritrovai solo. Tutto era assurdo. Non c\u2019era persona pi\u00f9 incompatibile con Paulina (e con me) di Montero. Oppure mi sbagliavo? Se Paulina amava questo uomo, forse non aveva mai assomigliato a me. Un\u2019abiura non mi bast\u00f2; scoprii che molte volte io avevo intravisto la spaventosa verit\u00e0.<br \/>\nEro molto triste, ma non credo provassi gelosia. Mi gettai sul letto, bocconi. Allungai una mano e incontrai il libro che avevo letto poco prima. Lo lanciai lontano da me, con schifo.<br \/>\nUscii a camminare. A un angolo di strada vidi un calessino. Mi sembrava impossibile continuare a vivere quella sera.<br \/>\nPer anni la ricordai quella sera e siccome preferivo i momenti dolorosi della rottura (perch\u00e9 li avevo passati con Paulina) alla ulteriore solitudine, li ripercorrevo e li esaminavo minuziosamente e li rivivevo. In quella angosciata fantasticheria credevo di scoprire nuove interpretazioni dei fatti. Cos\u00ec, per esempio, nella voce di Paulina che mi dichiarava il nome del suo amato, scoprii una tenerezza che inizialmente mi emozion\u00f2, Pensai che la ragazza provava pena per me e la sua bont\u00e0 mi commosse, cos\u00ec come prima mi commuoveva il suo amore. Poi, riflettendo, compresi che quella tenerezza non era per me ma per il nome che aveva pronunciato.<br \/>\nAccettai la borsa di studio, e silenziosamente mi occupai dei preparativi del viaggio. Tuttavia la notizia trapel\u00f2. L\u2019ultima sera Paulina venne a farmi visita.<br \/>\nMi sentivo lontano da lei, ma quando la vidi mi innamorai di nuovo. Senza che Paulina lo dicesse, capii che la sua comparsa era furtiva. Le presi le mani, tremante di gratitudine. Paulina esclam\u00f2:<br \/>\n-Ti amer\u00f2 sempre. In un qualche modo, ti amer\u00f2 sempre pi\u00f9 che chiunque altro.<br \/>\nForse credette di aver commesso un tradimento Sapeva che io non dubitavo della sua lealt\u00e0 verso Montero, ma come disgustata per aver pronunciato parole che contenevano \u2013se non per me, per un testimone immaginario- un\u2019intenzione di slealt\u00e0, aggiunse rapidamente:<br \/>\n-E\u2019 chiaro, quello che sento per te non conta. Sono innamorata di Julio.<br \/>\nTutto il resto, disse, non aveva importanza. Il passato era una regione deserta in cui lei aveva atteso Montero. Del nostro amore, o amicizia, non si ricord\u00f2.<br \/>\nDopo parlammo poco. Io ero molto risentito e feci finta di avere premura. La accompagnai all\u2019ascensore. Quando aprii la porta, rimbomb\u00f2 la pioggia.<br \/>\n-Cercher\u00f2 un tass\u00ec \u2013disse.<br \/>\nCon un\u2019improvvisa emozione nella voce, Paulina mi grid\u00f2:<br \/>\n-Addio, caro.<br \/>\nAttravers\u00f2 correndo la strada e spar\u00ec nella distanza. Mi girai, tristemente. Alzando gli occhi vidi un uomo acquattato nel giardino. L\u2019uomo si rialz\u00f2 e appoggi\u00f2 le mani e la faccia contro il portone di vetro. Era Montero.<br \/>\nRaggi di luce lilla e di luce arancione s\u2019incrociavano su uno sfondo verde, con boschetti scuri. La faccia di Montero, schiacciata contro il vetro bagnato, appariva bianchiccia e deforme.<br \/>\nPensai ad acquari, a pesci in acquari. Poi, con frivola amarezza, mi dissi che la faccia di Montero suggeriva altri mostri: i pesci deformati dalla pressione dell\u2019acqua che abitano sul fondo del mare.<br \/>\nIl giorno dopo, la mattina, mi imbarcai. Durante il viaggio quasi non uscii dalla cabina. Scrissi e studiai molto.<br \/>\nVolevo dimenticare Paulina. Nei miei due anni di Inghilterra evitai ci\u00f2 che me la poteva ricordare: dagli incontri con argentini fino ai pochi telegrammi da Buenos Aires che pubblicavano i giornali. E\u2019 vero che mi appariva nel sonno, con una vividezza cos\u00ec persuasiva e cos\u00ec reale che mi chiesi se la mia anima non compensava di notte le privazioni che io le imponeva di giorno. Evitai ostinatamente il suo ricordo. Verso la fine del primo anno riuscii ad escluderla dalle mie notti e, quasi, a dimenticarla.<br \/>\nLa notte che arrivai dall\u2019Europa tornai a pensare a Paulina. Con apprensione mi dissi che forse in casa i ricordi erano troppo vivi. Quando entrai nella mia stanza sentii una certa emozione e mi fermai rispettosamente, commemorando il passato e gli estremi di allegria e di dolore che avevo conosciuto. Allora ebbi una rivelazione vergognosa. Non mi commuovevano i segreti monumenti del nostro amore, improvvisamente manifestatisi nella parte pi\u00f9 intima della memoria; mi commuoveva l\u2019enfatica luce che entrava dalla finestra, la luce di Buenos Aires.<br \/>\nVerso le quattro andai fino all\u2019angolo e comprai un chilo di caff\u00e8. Nel panificio il padrone mi riconobbe, mi salut\u00f2 con fragorosa cordialit\u00e0 e mi inform\u00f2 che da molto tempo \u2013sei mesi per lo meno\u2013 non lo onoravo con i miei acquisti. Dopo queste gentilezze gli chiesi, timido e rassegnato, mezzo chilo di pane. Mi domand\u00f2, come sempre:<br \/>\n-Nero o bianco?<br \/>\nGli risposi come sempre:<br \/>\n-Bianco.<br \/>\nTornai a casa. Era una giornata chiara come un cristallo e molto fredda.<br \/>\nMentre preparavo il caff\u00e8 pensai a Paulina. Verso la fine della serata eravamo soliti prendere una tazza di caff\u00e8 nero.<br \/>\nCome in un sogno passai da un\u2019affabile ed equanime indifferenza all\u2019emozione, alla pazzia che mi produsse l\u2019apparizione di Paulina. Quando la vidi caddi in ginocchio, affondai la faccia tra le sue mani e piansi per la prima volta tutto il dolore di averla persa.<br \/>\nLa sua venuta avvenne cos\u00ec: tre colpi risuonarono alla porta; mi chiesi chi fosse l\u2019intruso; pensai che per colpa sua si sarebbe raffreddato il caff\u00e8; aprii distrattamente.<br \/>\nPoi \u2013ignoro se il tempo trascorso fosse molto lungo o molto breve- Paulina mi ordin\u00f2 di seguirla. Compresi che stava correggendo, con la persuasione dei fatti, gli antichi errori del nostro comportamento. Mi pare (ma oltre a ricadere negli stessi errori, non sono fedele a quella sera) che li correggesse con eccessiva determinazione. Quando mi chiese che le prendessi la mano (\u201cLa mano\u201d, mi disse, \u201cOra!\u201d) mi abbandonai alla felicit\u00e0. Ci guardammo negli occhi\u00a0 e come due fiumi che confluiscono, anche le nostre anime si unirono. Fuori, sopra il soffitto, contro le pareti, pioveva. Interpretai quella pioggia \u2013che era il mondo intero che risorgeva, di nuovo- come una panica espansione del nostro amore.<br \/>\nL\u2019emozione non mi imped\u00ec, tuttavia, di scoprire che Montero aveva contaminato la conversazione di Paulina. Talvolta, quando lei parlava, avevo la spiacevole impressione di udire il mio rivale. Riconobbi la caratteristica pesantezza delle frasi; riconobbi gli ingenui e faticosi tentativi di trovare il termine esatto; riconobbi l\u2019inconfondibile volgarit\u00e0.<br \/>\nCon uno sforzo riuscii a dominarmi. Guardai il viso, il sorriso, gli occhi. Paulina, l\u2019intrinseca, la perfetta, era l\u00ec. Non me l\u2019avevano cambiata.<br \/>\nPoi, mentre la contemplavo nella mercuriale penombra dello specchio, circondata dalla cornice di ghirlande, di corone e di angeli neri, mi sembr\u00f2 diversa. Fu come se scoprissi un\u2019altra versione di Paulina; come se la vedessi in modo nuovo. Ringraziai per la separazione che aveva interrotto l\u2019abitudine di vederla ma che me la restituiva pi\u00f9 bella.<br \/>\nPaulina disse:<br \/>\n-Vado. Julio mi aspetta.<br \/>\nAvvertii nella sua voce una strana mescolanza di disprezzo e di angoscia che mi sconcert\u00f2. Pensai malinconicamente: Paulina, in altri momenti, non avrebbe tradito nessuno. Quando alzai lo sguardo, se ne era andata.<br \/>\nDopo un momento di perplessit\u00e0 la chiamai. La chiamai di nuovo, scesi nell\u2019atrio, corsi per la via. Non la trovai. Al ritorno sentii freddo. Mi dissi: \u201cE&#8217; rinfrescato. E\u2019 stato un semplice acquazzone\u201d. La strada era asciutta.<br \/>\nQuando arrivai a casa vidi che erano le nove. Non avevo voglia di uscire a mangiare; la possibilit\u00e0 di incontrare qualcuno che conoscevo m\u2019intimoriva. Preparai un po\u2019 di caff\u00e8. Ne presi due o tre tazze e assaggiai un poco di pane.<br \/>\nNon sapevo neppure quando ci saremmo rivisti. Volevo parlare con Paulina. Volevo chiederle che mi spiegasse\u2026 Improvvisamente la mia ingratitudine mi spavent\u00f2. Il destino mi concedeva tutta la felicit\u00e0 e io non ero contento. Quella sera era il culmine delle nostre vite. Paulina la aveva compreso cos\u00ec. Io stesso lo avevo compreso. Per questo non avevamo quasi parlato. (Parlare, fare domande sarebbe stato in un certo modo differenziarci.)<br \/>\nMi pareva impossibile dover aspettare fino al giorno seguente per vedere Paulina. Con sollievo ed affanno decisi che sarei andato quella notte stessa a casa di Montero. Ben presto abbandonai l\u2019idea; non potevo andare a far loro visita senza prima parlare con Paulina. Decisi di cercare un amico \u2013Luis Alberto Morgan mi parve il pi\u00f9 indicato- e chiedergli di raccontarmi quanto sapeva della vita di Paulina durante la mia assenza.<br \/>\nPoi pensai che\u00a0 la cosa migliore era andare a letto e dormire. Riposato, avrei visto tutto con maggiore chiarezza. D\u2019altra parte non ero disposto a sentir parlare di Paulina in modo frivolo. Quando entrai nella camera ebbi l\u2019impressione di entrare in una trappola (ricordai, forse, notti di insonnia in cui uno rimane a letto per non riconoscere che \u00e8 sveglio). Spensi la luce.<br \/>\nNon avrei pi\u00f9 arzigogolato sulla condotta di Paulina. Sapevo troppo poco per comprendere la situazione. Poich\u00e9 non potevo fare un vuoto nella mente e smettere di pensare, mi sarei rifugiato nel ricordo di quella sera.<br \/>\nAvrei continuato ad amare il volto di Paulina anche se trovavo nelle sue azioni qualcosa di strano e di ostile che mi allontanava da lei. Il volto era quello di sempre, il volto puro e meraviglioso che mi aveva amato prima dell\u2019abominevole apparizione di Montero. Mi dissi: C\u2019\u00e8 una fedelt\u00e0 nei volti che forse le anime nono condividono.<br \/>\nOppure era tutto un inganno? Ero innamorato di una cieca proiezione delle mie preferenze e delle mie repulsioni? Non avevo mai conosciuto Paulina?<br \/>\nScelsi un\u2019immagine di quella sera \u2013 Paulina di fronte all\u2019oscura e tersa \u00a0profondit\u00e0 dello specchio- e feci in modo di evocarla. Quando la intravvidi, ebbi un\u2019improvvisa rivelazione: dubitavo perch\u00e9 mi dimenticavo di Paulina. Volli consacrarmi alla contemplazione della sua immagine. La fantasia e la memoria sono facolt\u00e0 capricciose: evocavo i capelli spettinati, una piega del vestito, la vaga penombra circostante, ma la mia amata svaniva.<br \/>\nMolte immagini, animate da inevitabile energia, passavano davanti ai miei occhi chiusi. Improvvisamente feci una scoperta. Come sul bordo oscuro di un abisso, in un angolo dello specchio, alla destra di Paulina, apparve il cavallino di pietra verde.<br \/>\nLa visione, quando si produsse, non mi sorprese; solamente dopo alcuni minuti ricordai che la statuetta non si trovava in casa. Gliela avevo regalata a Paulina due anni prima.<br \/>\nMi dissi che si trattava di una sovrapposizione di ricordi anacronici (il pi\u00f9 antico, quello del cavallino; il pi\u00f9 recente, quello di Paulina). La questione era chiarita, io ero tranquillo e dovevo addormentarmi. Formulai allora una riflessione vergognosa e, alla luce di quanto avrei verificato pi\u00f9 tardi, patetica. \u201cSe non mi addormento subito\u201d, pensai, \u201cdomani sar\u00f2 sciupato e non piacer\u00f2 a Paulina\u201d.<br \/>\nDopo un po\u2019 mi resi conto che il mio ricordo della statuetta nello specchio della camera da letto non era giustificabile. Non l\u2019avevo mai messa nella camera da letto. In casa, l\u2019avevo vista unicamente nell\u2019altra camera (sul ripiano o nelle mani di Paulina o nelle mie).<br \/>\nAtterrito, volli guardare di nuovo quei ricordi. Lo specchio riapparve, circondato da angeli e da ghirlande di legno, con Paulina al centro e il cavallino a destra. Io non ero sicuro che riflettesse la stanza. Forse la rifletteva, ma in modo vago e sommario. In cambio il cavallino s\u2019impennava nitidamente sul ripiano della biblioteca. La biblioteca abbracciava tutto il fondo e nell\u2019oscurit\u00e0 laterale si aggirava un nuovo personaggio che dapprima non riconobbi. Poi, con scarso interesse, notai che quel personaggio ero io.<br \/>\nVidi il volto di Paulina, lo vidi intero ( non delle parti), come proiettato verso di me dall\u2019estrema intensit\u00e0 della sua bellezza e della sua tristezza.\u00a0Mi svegliai piangendo.<br \/>\nNon so da quando stavo dormendo. So che il sogno non era stato inventivo. Aveva continuato, insensibilmente, le mie fantasie e riprodotto con fedelt\u00e0 le scene della sera.<br \/>\nGuardai l\u2019orologio. Erano le cinque. Mi sarei alzato presto e anche a rischio di far arrabbiare Paulina sarei andato a casa sua. Questa decisione non mitig\u00f2 la mia angoscia.<br \/>\nMi alzai alle sette e mezza, feci un lungo bagno e mi vestii lentamente.<br \/>\nIgnoravo dove vivesse Paulina. Il portinaio mi prest\u00f2 la guida telefonica e la Guida Verde. Nessuna registrava l\u2019indirizzo di Montero. Cercai il nome di Paulina; neanche quello vi figurava. Verificai anche che nell\u2019antica casa di Montero viveva un\u2019altra persona. Pensai di chiedere l\u2019indirizzo ai genitori di Paulina.<br \/>\nNon li vedevo da molto tempo (quando venni a sapere dell\u2019amore di Paulina per Montero, interruppi il rapporto con loro). Ora, per scusarmi, avrei dovuto raccontare le mie pene. Mi manc\u00f2 il coraggio. Decisi di parlare con Luis Alberto Morgan. Non potevo presentarmi a casa sua prima delle undici. Vagai per le strade senza vedere nulla, o facendo attenzione con applicazione momentanea alla forma di una modanatura in una parete o al significato di una parola udita casualmente. Ricordo che in piazza Independencia una donna, con le scarpe in una mano e un libro nell\u2019altra, passeggiava scalza sull\u2019erba umida.<br \/>\nMorgan mi ricevette a letto, con un\u2019enorme scodella che sosteneva con entrambe le mani. Intravvidi un liquido bianchiccio e qualche pezzo di pane che vi galleggiava.<br \/>\n&#8211; Dove vive Montero? \u2013gli chiesi.<br \/>\nAveva gi\u00e0 bevuto tutto il latte. Ora tirava fuori i pezzi di pane dal fondo della tazza.<br \/>\n&#8211; Montero \u00e8 in prigione \u2013rispose.<br \/>\nNon potei nascondere la mia sorpresa. Morgan continu\u00f2:<br \/>\n&#8211; Come? Non lo sai?<br \/>\nImmagin\u00f2 sicuramente che io ignorassi solo questo dettaglio, ma, per il gusto di parlare, rifer\u00ec tutto ci\u00f2 che era successo. Credetti di perdere conoscenza: cadere in un improvviso precipizio; anche l\u00ec mi arrivava la voce cerimoniosa, implacabile e nitida, che riferiva fatti incomprensibili con la mostruosa e persuasiva convinzione che mi fossero familiari.<br \/>\nMorgan mi comunic\u00f2 quanto segue: Sospettando che Paulina venisse a farmi visita, Montero si era nascosto nel giardino di casa. La vide uscire, la segu\u00ec; per strada le chiese spiegazioni. Quando si raggrupparono dei curiosi, la fece salire su un\u2019auto a noleggio.Viaggiarono tutta la notte per la Costanera e per i laghi e, la mattina, in un hotel del Tigre le spar\u00f2 e la uccise. Questo non era avvenuto la notte prima di quella mattina; era avvenuto la notte prima del mio viaggio per l\u2019Europa; era avvenuto due anni fa.<br \/>\nNei momenti pi\u00f9 terribili della vita siamo soliti cadere in una sorta di irresponsabilit\u00e0 protettrice e invece di pensare a ci\u00f2 che ci accade volgiamo la nostra attenzione a banalit\u00e0. In quel momento io domandai a Morgan:<br \/>\n&#8211; Ti ricordi dell\u2019ultimo incontro a casa, prima del mio viaggio?<br \/>\nMorgan se ne ricordava. Continuai:<br \/>\n-Quando notasti che ero preoccupato e andasti nella mia camera a cercare Paulina, che stava facendo Montero?<br \/>\n&#8211; Nulla \u2013rispose Morgan con una certa vivacit\u00e0. \u2013 Nulla. Tuttavia, ora lo ricordo: si guardava nello specchio.<br \/>\nTornai a casa. Incrociai nell\u2019atrio il portiere. Fingendo indifferenza, gli chiesi:<br \/>\n&#8211; Lo sa che la signorina Paulina \u00e8 morta?<br \/>\n&#8211; Come potrei non saperlo? \u2013rispose. \u2013 Tutti i giornali parlarono dell\u2019assassinio e io feci una deposizione alla polizia.<br \/>\nL\u2019uomo mi guard\u00f2 con sguardo indagatore.<br \/>\n&#8211; Le occorre qualcosa? \u2013disse avvicinandosi. &#8211; Vuole che l\u2019accompagni?<br \/>\nLo ringraziai e fuggii verso l\u2019alto. Ho un vago ricordo di aver lottato con una chiave; di aver raccolto delle carte dall\u2019altro lato della porta; di essere stato ad occhi chiusi, steso a bocconi nel letto.<br \/>\nPoi mi ritrovai di fronte alla specchio a pensare: \u201cQuel che \u00e8 certo \u00e8 che Paulina mi fece visita la scorsa notte. Mor\u00ec sapendo che il matrimonio con Montero era stato un errore \u2013 un errore atroce \u2013 e che noi eravamo la verit\u00e0. Ritorn\u00f2 dalla morte per completare il suo destino, il nostro destino\u201d. Ricordai una frase che Paulina aveva scritto anni fa in un libro: Le nostre anime gi\u00e0 si sono riunite. Continuai a pensare: \u201cIeri notte, finalmente. Nel momento in cui la presi per mano\u201d. Poi mi dissi: \u201cSono indegno di lei: ho dubitato, sono stato geloso. Per amarmi \u00e8 venuta fin dalla morte\u201d.<br \/>\nPaulina mi aveva perdonato. Mai ci eravamo amati tanto. Mai eravamo stati tanto vicini.<br \/>\nIo mi dibattevo in questa ubriachezza d\u2019amore, vittoriosa e triste, quando mi chiesi \u2013 o meglio, quando il mio cervello, spinto dalla semplice abitudine di proporre alternative, si chiese &#8211; se non vi fosse altra spiegazione per la visita della notte precedente. Allora, come una fulminazione, mi giunse la verit\u00e0.<br \/>\nVorrei scoprire ora che mi sbaglio di nuovo. Disgraziatamente, come sempre capita quando arriva la verit\u00e0, la mia orribile spiegazione chiarisce i fatti che sembravano misteriosi. Questi, da parte loro, la confermano.<br \/>\nIl nostro povero amore non strapp\u00f2 dalla tomba Paulina. Non ci fu un fantasma di Paulina. Io abbracciai un mostruoso fantasma della gelosia del mio rivale.<br \/>\nLa chiave di quanto accaduto sta nascosta nella visita che mi fece Paulina alla vigilia del mio viaggio. Montero la segu\u00ec e l\u2019attese nel giardino. Litig\u00f2 con lei tutta la notte e, poich\u00e9 non credette alle sue spiegazioni\u00a0 &#8211; come poteva quest\u2019uomo comprendere la purezza di Paulina? \u2013 la uccise all\u2019alba.<br \/>\nLo immaginai nel suo carcere, a scervellarsi su quella visita, a raffigurarsela con la crudele ostinazione della gelosia.<br \/>\nL\u2019immagine che entr\u00f2 in casa, quello che poi successe l\u00ec, fu una proiezione dell\u2019orrenda fantasia di Montero. Non lo scoprii allora, perch\u00e9 era tanto commosso e tanto felice che voleva solo ubbidire a Paulina. Tuttavia gli indizi non mancarono. Per esempio, la pioggia.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Durante la visita della vera Paulina\u00a0 &#8211; la vigilia del mio viaggio \u2013 non sentii la pioggia. Montero, che era in giardino, la sent\u00ec direttamente sul suo corpo. Quando ci immagin\u00f2, credette che l\u2019avessimo sentita. Per questo la notte scorsa sentii piovere. Poi scoprii che la strada era asciutta.<br \/>\n<\/span>Un altro indizio \u00e8 la statuetta. Un giorno solo la tenni in casa: il giorno del ricevimento. Per Montero rimase come un simbolo del luogo. Per questo comparve la notte scorsa.<br \/>\nNon mi riconobbi nello specchio perch\u00e9 Montero non mi immagin\u00f2 chiaramente. E nemmeno immagin\u00f2 con precisione la camera da letto. E neppure conobbe Paulina. L\u2019immagine proiettata da Montero si comport\u00f2 in un modo che non era caratteristico di Paulina. Inoltre parlava come lui.<br \/>\nOrdire questa fantasia \u00e8 il tormento di Montero. Il mio \u00e8 pi\u00f9 reale. E\u2019 la convinzione che Paulina non torn\u00f2 perch\u00e9 era delusa dal suo amore. E\u2019 la convinzione che mai sono stato il suo amore. E\u2019 la convinzione che Montero non ignorava aspetti della sua vita che io ho conosciuto solo indirettamente. E\u2019 la convinzione che quando la presi per mano \u2013 nel supposto momento della riunione delle nostre anime \u2013 io obbedii a una preghiera di Paulina che lei mai mi rivolse e che il mio rivale ud\u00ec molte volte.<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div><\/p>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[15],"tags":[],"class_list":["post-711","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-bioy-casares"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/711","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=711"}],"version-history":[{"count":47,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/711\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":856,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/711\/revisions\/856"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=711"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=711"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=711"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}