{"id":8,"date":"2015-08-20T18:07:53","date_gmt":"2015-08-20T18:07:53","guid":{"rendered":"http:\/\/bd-afl.net\/cuentoseracconti.com\/?p=8"},"modified":"2016-08-10T16:12:26","modified_gmt":"2016-08-10T16:12:26","slug":"test-post","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=8","title":{"rendered":"El sur \/ Il sud"},"content":{"rendered":"<div class=\"column-half first\">El hombre que desembarc\u00f3 en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evang\u00e9lica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle C\u00f3rdoba y se sent\u00eda hondamente argentino. Su abuelo materno hab\u00eda sido aquel Francisco Flores, del 2 de infanter\u00eda de l\u00ednea, que muri\u00f3 en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germ\u00e1nica) eligi\u00f3 el de ese antepasado rom\u00e1ntico, o de muerte rom\u00e1ntica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas m\u00fasicas, el h\u00e1bito de estrofas del Mart\u00edn Fierro, los a\u00f1os, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann hab\u00eda logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos bals\u00e1micos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmes\u00ed. Las tareas y acaso la indolencia lo reten\u00edan en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesi\u00f3n y con la certidumbre de que su casa estaba esper\u00e1ndolo, en un sitio preciso de la llanura. En los \u00faltimos d\u00edas de febrero de 1939, algo le aconteci\u00f3.<br \/>\nCiego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las m\u00ednimas distracciones. Dahlmann hab\u00eda conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las 1001 Noches de Weil; \u00e1vido de examinar ese hallazgo, no esper\u00f3 que bajara el ascensor y subi\u00f3 con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le roz\u00f3 la frente, \u00bfun murci\u00e9lago, un p\u00e1jaro? En la cara de la mujer que le abri\u00f3 la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pas\u00f3 por la frente sali\u00f3 roja de sangre. La arista de un batiente reci\u00e9n pintado que alguien se olvid\u00f3 de cerrar le habr\u00eda hecho esa herida. Dahlmann logr\u00f3 dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gast\u00f3 y las ilustraciones de Las 1001 Noches sirvieron para decorar pesadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repet\u00edan que lo hallaban muy bien. Dahlmann los o\u00eda con una especie de d\u00e9bil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho d\u00edas pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el m\u00e9dico habitual se present\u00f3 con un m\u00e9dico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiograf\u00eda. Dahlmann, en el coche de plaza que los llev\u00f3, pens\u00f3 que en una habitaci\u00f3n que no fuera la suya podr\u00eda, al fin, dormir. Se sinti\u00f3 feliz y conversador; en cuanto lleg\u00f3, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el v\u00e9rtigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clav\u00f3 una aguja en el brazo. Se despert\u00f3 con n\u00e1useas, vendado, en una celda que ten\u00eda algo de pozo y, en los d\u00edas y noches que siguieron a la operaci\u00f3n pudo entender que apenas hab\u00eda estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos d\u00edas, Dahlmann minuciosamente se odi\u00f3; odi\u00f3 su identidad, sus necesidades corporales, su humillaci\u00f3n, la barba que le erizaba la cara. Sufri\u00f3 con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que hab\u00eda estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se ech\u00f3 a llorar, condolido de su destino. Las miserias f\u00edsicas y la incesante previsi\u00f3n de las malas noches no le hab\u00edan dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro d\u00eda, el cirujano le dijo que estaba reponi\u00e9ndose y que, muy pronto, podr\u00eda ir a convalecer a la estancia. Incre\u00edblemente, el d\u00eda prometido lleg\u00f3.<br \/>\nA la realidad le gustan las simetr\u00edas y los leves anacronismos; Dahlmann hab\u00eda llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constituci\u00f3n. La primera frescura del oto\u00f1o, despu\u00e9s de la opresi\u00f3n del verano, era como un s\u00edmbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la ma\u00f1ana, no hab\u00eda perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconoc\u00eda con felicidad y con un principio de v\u00e9rtigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo d\u00eda, todas las cosas regresaban a \u00e9l.<br \/>\nNadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann sol\u00eda repetir que ello no es una convenci\u00f3n y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo m\u00e1s antiguo y m\u00e1s firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificaci\u00f3n, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zagu\u00e1n, el \u00edntimo patio.<br \/>\nEn el hall de la estaci\u00f3n advirti\u00f3 que faltaban treinta minutos. Record\u00f3 bruscamente que en un caf\u00e9 de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) hab\u00eda un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desde\u00f1osa. Entr\u00f3. Ah\u00ed estaba el gato, dormido. Pidi\u00f3 una taza de caf\u00e9, la endulz\u00f3 lentamente, la prob\u00f3 (ese placer le hab\u00eda sido vedado en la cl\u00ednica) y pens\u00f3, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesi\u00f3n, y el m\u00e1gico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.<br \/>\nA lo largo del pen\u00faltimo and\u00e9n el tren esperaba. Dahlmann recorri\u00f3 los vagones y dio con uno casi vac\u00edo. Acomod\u00f3 en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abri\u00f3 y sac\u00f3, tras alguna vacilaci\u00f3n, el primer tomo de Las 1001 Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmaci\u00f3n de que esa desdicha hab\u00eda sido anulada y un desaf\u00edo alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.<br \/>\nA los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visi\u00f3n y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann ley\u00f3 poco; la monta\u00f1a de piedra im\u00e1n y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, qui\u00e9n lo niega, maravillosos, pero no mucho m\u00e1s que la ma\u00f1ana y que el hecho de ser. La felicidad lo distra\u00eda de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.<br \/>\nEl almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la ni\u00f1ez) fue otro goce tranquilo y agradecido.<br \/>\nMa\u00f1ana me despertar\u00e9 en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el d\u00eda oto\u00f1al y por la geograf\u00eda de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a met\u00f3dicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y haciendas; vio largas nubes luminosas que parec\u00edan de m\u00e1rmol, y todas estas cosas eran casuales, como sue\u00f1os de la llanura. Tambi\u00e9n crey\u00f3 reconocer \u00e1rboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campa\u00f1a era harto inferior a su conocimiento nost\u00e1lgico y literario.<br \/>\nAlguna vez durmi\u00f3 y en sus sue\u00f1os estaba el \u00edmpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del d\u00eda era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardar\u00eda en ser rojo. Tambi\u00e9n el coche era distinto; no era el que fue en Constituci\u00f3n, al dejar el and\u00e9n: la llanura y las horas lo hab\u00edan atravesado y transfigurado. Afuera la m\u00f3vil sombra del vag\u00f3n se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era \u00edntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no hab\u00eda otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no s\u00f3lo al Sur. De esa conjetura fant\u00e1stica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirti\u00f3 que el tren no lo dejar\u00eda en la estaci\u00f3n de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre a\u00f1adi\u00f3 una explicaci\u00f3n que Dahlmann no trat\u00f3 de entender ni siquiera de o\u00edr, porque el mecanismo de los hechos no le importaba.)<br \/>\nEl tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las v\u00edas quedaba la estaci\u00f3n, que era poco m\u00e1s que un and\u00e9n con un cobertizo. Ning\u00fan veh\u00edculo ten\u00edan, pero el jefe opin\u00f3 que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indic\u00f3 a unas diez, doce, cuadras.<br \/>\nDahlmann acept\u00f3 la caminata como una peque\u00f1a aventura. Ya se hab\u00eda hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del tr\u00e9bol.<br \/>\nEl almac\u00e9n, alguna vez, hab\u00eda sido punz\u00f3, pero los a\u00f1os hab\u00edan mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le record\u00f3 un grabado en acero, acaso de una vieja edici\u00f3n de Pablo y Virginia. Atados al palenque hab\u00eda unos caballos. Dahlmam, adentro, crey\u00f3 reconocer al patr\u00f3n; luego comprendi\u00f3 que lo hab\u00eda enga\u00f1ado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, o\u00eddo el caso, dijo que le har\u00eda atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel d\u00eda y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvi\u00f3 comer en el almac\u00e9n.<br \/>\nEn una mesa com\u00edan v beb\u00edan ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fij\u00f3. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inm\u00f3vil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos a\u00f1os lo hab\u00edan reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registr\u00f3 con satisfacci\u00f3n la vincha, el poncho de bayeta, el largo chirip\u00e1 y la bota de potro y se dijo, rememorando in\u00fatiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de \u00e9sos ya no quedan m\u00e1s que en el Sur.<br \/>\nDahlmann se acomod\u00f3 junto a la ventana. La oscuridad fue qued\u00e1ndose con el campo, pero su olor y sus rumores a\u00fan le llegaban entre los barrotes de hierro. El patr\u00f3n le trajo sardinas y despu\u00e9s carne asada; Dahlmann las empuj\u00f3 con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el \u00e1spero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco so\u00f1olienta. La l\u00e1mpara de keros\u00e9n pend\u00eda de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parec\u00edan peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, beb\u00eda con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sinti\u00f3 un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, hab\u00eda una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la hab\u00eda tirado.<br \/>\nLos de la otra mesa parec\u00edan ajenos a \u00e9l. Dalhmann, perplejo, decidi\u00f3 que nada hab\u00eda ocurrido y abri\u00f3 el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanz\u00f3 a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que ser\u00eda un disparate que \u00e9l, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvi\u00f3 salir; ya estaba de pie cuando el patr\u00f3n se le acerc\u00f3 y lo exhort\u00f3 con voz alarmada:<br \/>\n&#8211; Se\u00f1or Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que est\u00e1n medio alegres.<br \/>\nDahlmann no se extra\u00f1\u00f3 de que el otro, ahora, lo conociera, pero sinti\u00f3 que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situaci\u00f3n. Antes, la provocaci\u00f3n de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra \u00e9l y contra su nombre y lo sabr\u00edan los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patr\u00f3n, se enfrent\u00f3 con los peones y les pregunt\u00f3 qu\u00e9 andaban buscando.<br \/>\nEl compadrito de la cara achinada se par\u00f3, tambale\u00e1ndose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injuri\u00f3 a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageraci\u00f3n era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tir\u00f3 al aire un largo cuchillo, lo sigui\u00f3 con los ojos, lo baraj\u00f3 e invit\u00f3 a Dahlmann a pelear. El patr\u00f3n objet\u00f3 con tr\u00e9mula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurri\u00f3.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Desde un rinc\u00f3n, el viejo gaucho ext\u00e1tico, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tir\u00f3 una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclin\u00f3 a recoger la daga y sinti\u00f3 dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo compromet\u00eda a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no servir\u00eda para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez hab\u00eda jugado con un pu\u00f1al, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noci\u00f3n de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pens\u00f3.<br \/>\n<\/span>&#8211; Vamos saliendo \u2014dijo el otro.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Salieron, y si en Dahlmann no hab\u00eda esperanza, tampoco hab\u00eda temor. Sinti\u00f3, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberaci\u00f3n para \u00e9l, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sinti\u00f3 que si \u00e9l, entonces, hubiera podido elegir o so\u00f1ar su muerte, \u00e9sta es la muerte que hubiera elegido o so\u00f1ado.<\/span><br \/>\nDahlmann empu\u00f1a con firmeza el cuchillo, que acaso no sabr\u00e1 manejar, y sale a la llanura.<\/div>\n<div class=\"column-half second\">L&#8217;uomo che sbarc\u00f2 a Buenos Aires nel 1871 si chiamava Johannes Dahlmann ed era pastore della Chiesa evangelica; nel 1939, uno dei suoi nipoti, Juan Dahlmann, era segretario di una biblioteca municipale in calle C\u00f2rdoba e si sentiva profondamente argentino. Il suo nonno materno era stato quel Francisco Flores, del<span class=\"apple-converted-space\"> 2\u00b0 fanteria di linea<\/span>,<span class=\"apple-converted-space\">\u00a0<\/span>che era morto sulla frontiera di Buenos Aires ucciso dalle lance degli indios di Catriel: nel conflitto tra i suoi due lignaggi, Juan Dahlmann (forse sotto l&#8217;impulso del sangue germanico) scelse quello del suo antenato romantico, o dalla morte romantica. Un astuccio con il dagherrotipo di un uomo inespressivo e barbuto, una vecchia spada, la felicit\u00e0 e il coraggio di certe musiche, la consuetudine con le strofe del <i>Martin Fierro<\/i>, gli anni, la noia e la solitudine, fomentarono quel criollismo\u00a0 in parte volontario, per\u00f2 mai\u00a0 ostentato. A costo di alcune privazioni, Dahlmann era riuscito a salvare una\u00a0 tenuta agricola nel Sud, che era stata dei Flores: una delle abitudini della sua memoria era l&#8217;immagine degli eucalipti balsamici e della lunga casa rosata che era stata una volta color cremisi. Gli impegni e forse l&#8217;indolenza lo trattenevano in citt\u00e0. Estate dopo estate si accontentava dell&#8217;idea astratta del possesso e della certezza che la sua casa lo stava aspettando, in un luogo preciso della pianura. Negli ultimi giorni di febbraio del 1939 gli capit\u00f2 qualcosa.<br \/>\nCieco alle colpe, il destino pu\u00f2 essere spietato con le minime distrazioni. Quella sera Dahlmann era riuscito a trovare un esemplare scompagnato di <i>Le Mille e una Notte<\/i> di Weil; ansioso di esaminare quella scoperta, non aspett\u00f2 che l&#8217;ascensore\u00a0 scendesse e sal\u00ec in fretta le scale; qualcosa nell&#8217;oscurit\u00e0 gli sfior\u00f2 la fronte, un pipistrello, un uccello? Sul viso della donna che gli apr\u00ec la porta vide impresso l&#8217;orrore, e la mano che si pass\u00f2 sulla fronte si fece rossa di sangue. Lo spigolo di un battente dipinto di fresco che qualcuno aveva dimenticato di chiudere gli aveva probabilmente fatto quella ferita.\u00a0 Dahlmann riusc\u00ec a dormire, per\u00f2 all&#8217;alba era sveglio e da quel momento il sapore di tutte le cose gli fu atroce. La febbre lo consum\u00f2 e le illustrazioni di <i>Le Mille e una Notte<\/i> servirono a decorare gli incubi. Amici e parenti venivano a visitarlo e con sorrisi esagerati gli ripetevano che lo trovavano benissimo. Dahlmann li udiva con una sorta di debole stupore e lo meravigliava che non sapessero che stava all&#8217;inferno. Otto giorni passarono, come otto secoli. Una sera, il solito medico pass\u00f2 da lui con un medico\u00a0 nuovo e lo portarono a un ospedale di calle Ecuador, perch\u00e9 era indispensabile\u00a0 fargli una radiografia. Dahlmann, nella carrozza di piazza che li trasport\u00f2, pens\u00f2 che in una stanza che non fosse la sua avrebbe potuto finalmente dormire. Si sent\u00ec felice e desideroso di conversare; non appena arriv\u00f2, lo svestirono; gli rasarono la testa, lo legarono con ferri a una barella, lo illuminarono fino ad accecarlo e a procuragli le vertigini, lo auscultarono e un uomo mascherato gli infil\u00f2 un ago nel braccio. Si risvegli\u00f2 con la\u00a0 nausea, bendato, in una cella che assomigliava a un pozzo e, nei giorni e nelle notti che seguirono\u00a0 all&#8217;operazione riusc\u00ec a comprendere che era stato fino ad allora in un&#8217;anticamera dell&#8217;inferno. Il ghiaccio non lasciava nella sua bocca la minima traccia di frescura. In quei giorni\u00a0 Dahlmann si odi\u00f2 minuziosamente; odi\u00f2 la sua identit\u00e0, i suoi bisogni corporali, la sua umiliazione, la barba che gli irritava la faccia. Sopport\u00f2 con stoicismo le cure che erano molto dolorose, ma quando il chirurgo gli disse che era stato sul punto di morire di setticemia, Dahlmann si mise a piangere, impietosito dal proprio destino. Le miserie fisiche e la costante previsione di brutte nottate non gli avevano permesso di pensare a qualcosa di cos\u00ec astratto come la morte. Un giorno il chirurgo gli disse che stava rimettendosi e che, molto presto, avrebbe potuto andare a far la convalescenza nella sua tenuta. Incredibilmente, il giorno promesso arriv\u00f2.<br \/>\nAlla realt\u00e0 piacciono le simmetrie e i leggeri anacronismi; Dahlmann era arrivato all&#8217;ospedale in un carrozza di piazza e ora una carrozza di piazza lo portava alla stazione di Constituci\u00f2n. La prima frescura dell&#8217;autunno, dopo l&#8217;oppressione dell&#8217;estate, era come un simbolo naturale del suo destino riscattato dalla morte e dalla febbre. La citt\u00e0, alle sette del mattino, non aveva perduto quell&#8217;aria di vecchia casa che le infonde la notte; le strade erano come lunghi corridoi, le piazze come cortili. Dahlmann la riconosceva con felicit\u00e0 e con un principio di vertigine; qualche secondo prima che i suoi occhi li registrassero, ricordava gli angoli delle vie, i cartelloni, le modeste differenze di Buenos Aires. Nella luce gialla del nuovo giorno, tutte le cose ritornavano da lui.<br \/>\nNessuno ignora che il Sud comincia sull&#8217;altro lato di Rivadavia. Dahlmann soleva ripetere che non \u00e8 una convenzione, e che chi attraversa quella strada entra in un mondo pi\u00f9 antico e pi\u00f9 solido. Dalla carrozza cercava fra le nuove costruzioni la finestra con le inferriate, il battacchio, l&#8217;arco della porta, il corridoio, l&#8217;intimo cortile.<br \/>\nNell&#8217;atrio della stazione si rese conto che mancavano trenta minuti. Si ricord\u00f2 bruscamente che in un caff\u00e9 di calle Brasil (a pochi metri dalla casa di Yrigoyen) c&#8217;era un enorme gatto che si lasciava accarezzare dalla gente come una divinit\u00e0 sdegnosa. \u00a0Entr\u00f2. Il gatto era l\u00ec, addormentato. Chiese una tazza di caff\u00e8, la zuccher\u00f2 lentamente, la sorseggi\u00f2 (quel piacere gli era stato vietato in clinica) e pens\u00f2, mentre lisciava il nero pelo, che quel contatto era illusorio e che erano come separati da un cristallo, perch\u00e9 l&#8217;uomo vive nel tempo, nella successione, e il magico animale nell&#8217;attualit\u00e0, nell&#8217;eternit\u00e0 dell&#8217;istante.<br \/>\nLungo il penultimo binario il treno aspettava. Dahlmann percorse i vagoni e ne trov\u00f2 uno quasi vuoto. Sistem\u00f2 la valigia sulla rete; quando i vagoni si misero in moto, la apr\u00ec e ne tir\u00f2 fuori, dopo qualche esitazione, il primo tomo di <i>Le Mille e una Notte. <\/i>Viaggiare con questo libro, cos\u00ec legato alla storia della sua disgrazia, era affermare che quella disgrazia era stata annullata e sfidare in modo allegro e segreto le frustrate forze del male.<br \/>\nAi lati del treno la citt\u00e0 si sfilacciava in sobborghi; questa visione e poi quella dei giardini e delle ville di campagna ritardarono l&#8217;inizio della lettura. La verit\u00e0 \u00e8 che Dahlmann lesse\u00a0 poco; la montagna di magnetite e il genio che ha giurato di uccidere il suo benefattore erano, nessuno lo nega, meravigliosi, per\u00f2 non molto di pi\u00f9 della mattina e del fatto di esistere. La felicit\u00e0 lo distraeva da Sherazade e dai suoi superflui miracoli; Dahlmann chiudeva il\u00a0 libro e si lasciava semplicemente vivere.<br \/>\nIl pranzo (con il brodo servito in ciotole di metallo rilucente, come nelle remote vacanze estive dell&#8217;infanzia) fu un altro piacere tranquillo e gradito.<br \/>\n<span style=\"line-height: 1.6471;\">Domani mi sveglier\u00f2 nella tenuta, pensava, ed era come se fosse due uomini ad un tempo: quello che avanzava nella giornata autunnale e nella geografia della patria, e l&#8217;altro, incarcerato in un ospedale e soggetto a sistematiche servit\u00f9. Vide case di mattoni senza intonaco, lunghe e d&#8217;angolo, che guardavano senza fine passare i treni; vide uomini a cavallo su sentieri terrosi; vide fossi e lagune e tenute agricole; vide lunghe nuvole luminose che parevano di marmo, e tutte queste cose erano casuali, come sogni della pianura. \u00a0Credette anche di riconoscere alberi e seminati che non avrebbe potuto nominare, perch\u00e9 la sua conoscenza diretta della campagna era molto inferiore alle sue conoscenze nostalgiche e letterarie.<br \/>\n<\/span>Qualche volta si addorment\u00f2 e nei suoi sogni c&#8217;era l&#8217;impeto del treno. Ormai il sole bianco e intollerabile del mezzogiorno era il sole giallo che precede l&#8217;imbrunire e non avrebbe tardato a diventare rosso. Anche il vagone era diverso; non era quello che era stato a Constituci\u00f2n, al momento di lasciare il marciapiede: la\u00a0 pianura e le ore lo avevano attraversato e trasfigurato. Fuori la mobile ombra del vagone si allungava verso l&#8217;orizzonte. Non turbavano la terra elementare n\u00e9 centri abitati n\u00e9 altri segni umani. Tutto era vasto, per\u00f2 al tempo stesso intimo e, in qualche modo, segreto. Nella campagna senza fine, talvolta, non c&#8217;era altro che un toro.\u00a0 La solitudine era perfetta e forse ostile, e Dahlmann sospett\u00f2 di\u00a0 viaggiare verso il passato e non solo verso il Sud. Da quella congettura fantastica lo distrasse il controllore che, vedendo il suo\u00a0 biglietto, lo avvert\u00ec che il treno non l&#8217;avrebbe lasciato alla stazione di sempre ma in un&#8217;altra, poco prima e non bene conosciuta da Dahlmann. (L&#8217;uomo aggiunse una spiegazione che Dahlmann non tent\u00f2 di capire e neppure di sentire, perch\u00e9 il meccanismo dei fatti non gli interessava.)<br \/>\nIl treno si ferm\u00f2 laboriosamente, quasi in mezzo alla campagna. Sull&#8217;altro lato delle rotaie c&#8217;era la stazione, che era poco pi\u00f9 di un marciapiede con una tettoia. Non avevano nessun veicolo, ma il capostazione sugger\u00ec forse poteva trovarne uno in uno negozio che gli indic\u00f2 a dieci, dodici isolati di distanza.<br \/>\nDahlmann accett\u00f2 la camminata come una piccola avventura. Il sole era ormai tramontato , ma un uno splendore finale esaltava la viva e silenziosa pianura, prima che la cancellasse la notte. Non tanto per non stancarsi, quanto per far durare quelle cose pi\u00f9 a lungo, Dahlmann camminava lentamente, aspirando con grave felicit\u00e0 l&#8217;odore del trifoglio.<br \/>\nIl negozio, una volta, era stato rosso vivo, ma gli anni avevano mitigato per il suo bene quel colore violento. Qualcosa nella sua povera architettura gli ricord\u00f2 un&#8217;incisione su acciaio, forse di una vecchia edizione di <i>Paolo e Virginia. <\/i>Legati allo steccato c&#8217;erano alcuni cavalli. Dahlmann, una volta dentro, credette di riconoscere il padrone; poi cap\u00ec che lo aveva ingannato la sua somiglianza con uno degli impiegati dell&#8217;ospedale. L&#8217;uomo, udito il caso, disse che gli avrebbe fatto attaccare il calesse; per aggiungere un altro fatto a quella giornata e per riempire il tempo, Dahlmann decise di mangiare nel negozio.<br \/>\nA un tavolo mangiavano e bevevano rumorosamente alcuni ragazzoni, ai quali Dahlmann, all&#8217;inizio, non prest\u00f2 attenzione. Sul pavimento, appoggiato al bancone, stava rannicchiato, immobile come una cosa, un uomo molto vecchio. I molti anni l&#8217;avevano ridotto e lisciato come fanno le acque con una pietra o le generazioni degli uomini con una massima. Era scuro, piccolo e rinsecchito, ed era come fuori dal tempo, in una sorta di eternit\u00e0. Dahlmann not\u00f2 con soddisfazione la fascia sulla fronte, il poncho di panno grezzo, i lunghi calzoni da gaucho e gli stivali di pelle di puledro e si disse, ricordando le inutili discussioni con gente dei distretti del nord o di Entre R\u00ecos, che gauchos come quelli se ne trovano ormai solo al Sud.<br \/>\nDahlmann si accomod\u00f2 vicino alla finestra. L&#8217;oscurit\u00e0 stava occupando la campagna, ma il suo odore e i\u00a0 suoi rumori gli arrivavano ancora attraverso le inferriate. Il padrone gli port\u00f2 delle sardine e poi della carne arrosto; Dahlmann le mand\u00f2 gi\u00f9 con alcuni bicchieri di vino rosso. Senza nulla fare, gustava il sapore apro e lasciava vagare lo sguardo, gi\u00e0 un poco sonnolento, per il locale. La lampada a cherosene pendeva da uno dei tiranti: i clienti dell&#8217;altro tavolo erano tre: due sembravano braccianti; l&#8217;altro, dai tratti indigeni e rozzi, beveva con il cappello in testa. Dahlmann, improvvisamente, sent\u00ec che qualcosa gli sfiorava la faccia, Vicino al bicchiere ordinario di vetro opaco, su una delle righe della tovaglia, c&#8217;era una pallina di mollica. Era tutto, per\u00f2 qualcuno gliela aveva tirata.<br \/>\nQuelli dell&#8217;altro tavolo sembravano indifferenti a lui. Dahlmann, perplesso, decise che non era successo niente e apr\u00ec il volume de <i>Le Mille e una Notte<\/i>, come per nascondere la realt\u00e0. Un&#8217;altra pallina lo raggiunse dopo pochi minuti, e questa volta i braccianti risero. Dahlmann disse a se stesso che non era spaventato, ma che sarebbe stata una follia se si fosse lasciato trascinare, lui convalescente, in una lite confusa da degli sconosciuti. Decise di andarsene; ed era gi\u00e0 in piedi quando il padrone gli si avvicin\u00f2 e gli raccomand\u00f2 con voce allarmata:<br \/>\n&#8211; Signor Dahlmann, non faccia caso a quei ragazzi, che sono mezzo sbronzi.<br \/>\nDahlmann non si sorprese che l&#8217;altro, ora, lo conoscesse, ma sent\u00ec che queste parole concilianti aggravavano, di fatto, la situazione. Prima la provocazione dei braccianti era rivolta a una faccia casuale, quasi a nessuno; adesso era contro di lui e contro il suo nome e i vicini l&#8217;avrebbero saputo. Dahlmann scost\u00f2 il padrone, affront\u00f2 i braccianti e chiese che cosa andavano cercando.<br \/>\nIl bullo dalla faccia indigena si alz\u00f2, traballante. A un passo da Juan Dahlmann, lo ingiuri\u00f2 gridando, come se fosse stato molto lontano da lui. Giocava a esagerare la sua sbronza, e quella esagerazione era un&#8217;altra forma di ferocia e di scherno. Tra parolacce e oscenit\u00e0, tir\u00f2 in aria un lungo coltello, lo segu\u00ec con gli occhi, lo prese al volo e invit\u00f2 Dahlmann a battersi. Il padrone obiett\u00f2 con debole voce che Dahlmann era disarmato. A quel punto, qualcosa di imprevedibile avvenne.<br \/>\nDa un angolo, il vecchio gaucho estatico, nel quale Dahlmann aveva visto un simbolo del\u00a0 Sud (del Sud che era suo), gli lanci\u00f2 un pugnale senza fodera che venne a cadere ai suoi piedi. Era come se il Sud avesse deciso che Dahlmann accettasse il duello. Dahlmann si chin\u00f2 a raccogliere il pugnale e sent\u00ec due cose. La prima, che quel gesto quasi istintivo lo impegnava a battersi. La seconda, che l&#8217;arma nella sua mano impacciata non sarebbe servita a difenderlo,\u00a0 ma a giustificare che lo ammazzassero.<br \/>\nQualche volta, aveva giocato con un pugnale, come tutti, ma la sua conoscenza della scherma non andava oltre la nozione che i colpi devono andare verso l&#8217;alto e con il filo verso l&#8217;interno. All&#8217;ospedale non avrebbero permesso che mi succedessero queste cose, pens\u00f2.<br \/>\n&#8211; Andiamo fuori &#8211; disse l&#8217;altro.<br \/>\nUscirono, e se Dahlmann non aveva alcuna speranza, neanche aveva timore. Sent\u00ec, nel varcare la soglia, che morire in una lotta a coltello, a cielo aperto e in pieno assalto, sarebbe stata per lui una liberazione, una felicit\u00e0 e una festa, nella prima notte all&#8217;ospedale, quando gli\u00a0 infilarono l&#8217;ago. Sent\u00ec che se lui, allora, avesse potuto scegliere o sognare la sua morte, questa era la morte che avrebbe scelto o sognato.<br \/>\nDahlmann impugna con fermezza il pugnale, che forse non sapr\u00e0 maneggiare, ed esce nella pianura.<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[17],"class_list":["post-8","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-borges","tag-borges"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/8","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=8"}],"version-history":[{"count":25,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/8\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":877,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/8\/revisions\/877"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=8"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=8"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=8"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}