{"id":813,"date":"2016-03-27T15:00:16","date_gmt":"2016-03-27T15:00:16","guid":{"rendered":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=813"},"modified":"2016-08-10T15:58:04","modified_gmt":"2016-08-10T15:58:04","slug":"un-senor-muy-viejo-con-unas-alas-enormes-un-signore-molto-vecchio-con-delle-ali-enormi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/?p=813","title":{"rendered":"Un se\u00f1or muy viejo con unas alas enormes \/ Un signore molto vecchio con delle ali enormi"},"content":{"rendered":"<div class=\"column-half first\">Al tercer d\u00eda de lluvia hab\u00edan matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos en el mar, pues el ni\u00f1o reci\u00e9n nacido hab\u00eda pasado la noche con calenturas y se pensaba que era a causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se hab\u00edan convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediod\u00eda, que cuando Pelayo regresaba a la casa despu\u00e9s de haber tirado los cangrejos, le cost\u00f3 trabajo ver qu\u00e9 era lo que se mov\u00eda y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no pod\u00eda levantarse, porque se lo imped\u00edan sus enormes alas.<br \/>\nAsustado por aquella pesadilla, Pelayo corri\u00f3 en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poni\u00e9ndole compresas al ni\u00f1o enfermo, y la llev\u00f3 hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo ca\u00eddo con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cr\u00e1neo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condici\u00f3n de bisabuelo ensopado lo hab\u00eda desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atenci\u00f3n, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y \u00e9l les contest\u00f3 en un dialecto incomprensible, pero con una voz de navegante. Fue as\u00ed como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un n\u00e1ufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sab\u00eda todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bast\u00f3 con una mirada para sacarlos del error.<br \/>\n\u2014Es un \u00e1ngel \u2014les dijo\u2014. Seguro que ven\u00eda por el ni\u00f1o, pero el pobre est\u00e1 tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.<br \/>\nAl d\u00eda siguiente todo el mundo sab\u00eda que en casa de Pelayo ten\u00edan cautivo un \u00e1ngel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los \u00e1ngeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiraci\u00f3n celestial, no hab\u00edan tenido coraz\u00f3n para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigil\u00e1ndolo toda la tarde desde la cocina, armado con su garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sac\u00f3 a rastras del lodazal y lo encerr\u00f3 con las gallinas en el gallinero. A media noche, cuando termin\u00f3 la lluvia, Pelayo y Elisenda segu\u00edan matando cangrejos. Poco despu\u00e9s el ni\u00f1o despert\u00f3 sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magn\u00e1nimos y decidieron poner al \u00e1ngel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres d\u00edas, y abandonarlo a su suerte en alta mar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el \u00e1ngel sin la menor devoci\u00f3n y ech\u00e1ndole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.<br \/>\nEl padre Gonzaga lleg\u00f3 antes de las siete alarmado por la desproporci\u00f3n de la noticia. A esa hora ya hab\u00edan acudido curiosos menos fr\u00edvolos que los del amanecer, y hab\u00edan hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los m\u00e1s simples pensaban que ser\u00eda nombrado alcalde del mundo. Otros, de esp\u00edritu m\u00e1s \u00e1spero, supon\u00edan que ser\u00eda ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la Tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, hab\u00eda sido le\u00f1ador macizo. Asomado a las alambradas repas\u00f3 en un instante su catecismo, y todav\u00eda pidi\u00f3 que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel var\u00f3n de l\u00e1stima que m\u00e1s bien parec\u00eda una enorme gallina decr\u00e9pita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rinc\u00f3n, sec\u00e1ndose al sol las alas extendidas, entre las c\u00e1scaras de frutas y las sobras de desayunos que le hab\u00edan tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levant\u00f3 sus ojos de anticuario y murmur\u00f3 algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entr\u00f3 en el gallinero y le dio los buenos d\u00edas en lat\u00edn. El p\u00e1rroco tuvo la primera sospecha de su impostura al comprobar que no entend\u00eda la lengua de Dios ni sab\u00eda saludar a sus ministros. Luego observ\u00f3 que visto de cerca resultaba demasiado humano: ten\u00eda un insoportable olor de intemperie, el rev\u00e9s de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los \u00e1ngeles. Entonces abandon\u00f3 el gallinero, y con un breve serm\u00f3n previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les record\u00f3 que el demonio ten\u00eda la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argument\u00f3 que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavil\u00e1n y un aeroplano, mucho menos pod\u00edan serlo para reconocer a los \u00e1ngeles. Sin embargo, prometi\u00f3 escribir una carta a su obispo, para que \u00e9ste escribiera otra a su primado y para que \u00e9ste escribiera otra al Sumo Pont\u00edfice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales m\u00e1s altos.<br \/>\nSu prudencia cay\u00f3 en corazones est\u00e9riles. La noticia del \u00e1ngel cautivo se divulg\u00f3 con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas hab\u00eda en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al \u00e1ngel.<br \/>\nVinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acr\u00f3bata volador, que pas\u00f3 zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de \u00e1ngel sino de murci\u00e9lago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos m\u00e1s desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde ni\u00f1a estaba contando los latidos de su coraz\u00f3n y ya no le alcanzaban los n\u00fameros, un jamaiquino que no pod\u00eda dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un son\u00e1mbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que hab\u00eda hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hac\u00eda temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todav\u00eda la fila de peregrinos que esperaban turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.<br \/>\nEl \u00e1ngel era el \u00fanico que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba en buscar acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las l\u00e1mparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabidur\u00eda de la vecina sabia, era el alimento espec\u00edfico de los \u00e1ngeles. Pero \u00e9l los despreciaba, como despreci\u00f3 sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por \u00e1ngel o por viejo que termin\u00f3 comiendo nada m\u00e1s que papillas de berenjena. Su \u00fanica virtud sobrenatural parec\u00eda ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando lo picoteaban las gallinas en busca de los par\u00e1sitos estelares que profilaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los m\u00e1s piadosos le tiraban piedras tratando que se levantara para verlo de cuerpo entero. La \u00fanica vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inm\u00f3vil que lo creyeron muerto. Despert\u00f3 sobresaltado, despotricando en lengua herm\u00e9tica y con los ojos en l\u00e1grimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de esti\u00e9rcol de gallinero y polvo lunar, y un ventarr\u00f3n de p\u00e1nico que no parec\u00eda de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacci\u00f3n no hab\u00eda sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayor\u00eda entendi\u00f3 que su pasividad no era la de un h\u00e9roe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.<br \/>\nEl padre Gonzaga se enfrent\u00f3 a la frivolidad de la muchedumbre con f\u00f3rmulas de inspiraci\u00f3n dom\u00e9stica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma hab\u00eda perdido la noci\u00f3n de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto ten\u00eda ombligo, si su dialecto ten\u00eda algo que ver con el arameo, si pod\u00eda caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no ser\u00eda simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habr\u00edan ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto t\u00e9rmino a las tribulaciones del p\u00e1rroco.<br \/>\nSucedi\u00f3 que por esos d\u00edas, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espect\u00e1culo triste de la mujer que se hab\u00eda convertido en ara\u00f1a por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no s\u00f3lo costaba menos que la entrada para ver al \u00e1ngel, sino que permit\u00edan hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condici\u00f3n, y examinarla al derecho y al rev\u00e9s, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tar\u00e1ntula espantosa del tama\u00f1o de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo m\u00e1s desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicci\u00f3n con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una ni\u00f1a se hab\u00eda escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque despu\u00e9s de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abri\u00f3 el cielo en dos mitades, y por aquella grieta sali\u00f3 el rel\u00e1mpago de azufre que la convirti\u00f3 en ara\u00f1a. Su \u00fanico alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espect\u00e1culo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, ten\u00eda que derrotar sin propon\u00e9rselo al de un \u00e1ngel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Adem\u00e1s los escasos milagros que se le atribu\u00edan al \u00e1ngel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobr\u00f3 la visi\u00f3n pero le salieron tres dientes nuevos, y del paral\u00edtico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la loter\u00eda, y la del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolaci\u00f3n que m\u00e1s bien parec\u00edan entretenimientos de burla, hab\u00edan quebrantado ya la reputaci\u00f3n del \u00e1ngel cuando la mujer convertida en ara\u00f1a termin\u00f3 de aniquilarla. Fue as\u00ed como el padre Gonzaga se cur\u00f3 para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvi\u00f3 a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovi\u00f3 tres d\u00edas y los cangrejos caminaban por los dormitorios.<br \/>\nLos due\u00f1os de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansi\u00f3n de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los \u00e1ngeles. Pelayo estableci\u00f3 adem\u00e1s un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunci\u00f3 para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compr\u00f3 unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las se\u00f1oras m\u00e1s codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo \u00fanico que no mereci\u00f3 atenci\u00f3n. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las l\u00e1grimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al \u00e1ngel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el ni\u00f1o aprendi\u00f3 a caminar, se cuidaron que no estuviera muy cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbr\u00e1ndose a la peste, y antes que el ni\u00f1o mudara los dientes se hab\u00eda metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se ca\u00edan a pedazos. El \u00e1ngel no fue menos displicente con \u00e9l que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias m\u00e1s ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El m\u00e9dico que atendi\u00f3 al ni\u00f1o no resisti\u00f3 a la tentaci\u00f3n de auscultar al \u00e1ngel, y le encontr\u00f3 tantos soplos en el coraz\u00f3n y tantos ruidos en los ri\u00f1ones, que no le pareci\u00f3 posible que estuviera vivo. Lo que m\u00e1s le asombr\u00f3, sin embargo, fue la l\u00f3gica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no pod\u00eda entenderse por qu\u00e9 no las ten\u00edan tambi\u00e9n los otros hombres.<br \/>\nCuando el ni\u00f1o fue a la escuela, hac\u00eda mucho tiempo que el sol y la lluvia hab\u00edan desbaratado el gallinero. El \u00e1ngel andaba arrastr\u00e1ndose por ac\u00e1 y por all\u00e1 como un moribundo sin sue\u00f1o. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento despu\u00e9s lo encontraban en la cocina. Parec\u00eda estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repet\u00eda a s\u00ed mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de \u00e1ngeles. Apenas si pod\u00eda comer, sus ojos de anticuario se le hab\u00edan vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las c\u00e1nulas peladas de las \u00faltimas plumas. Pelayo le ech\u00f3 encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y s\u00f3lo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirando en trabalenguas de noruego viejo. Fue \u00e9sa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia hab\u00eda podido decirles qu\u00e9 se hac\u00eda con los \u00e1ngeles muertos.<br \/>\nSin embargo, no s\u00f3lo sobrevivi\u00f3 a su peor invierno, sino que pareci\u00f3 mejor en los primeros soles. Se qued\u00f3 inm\u00f3vil muchos d\u00edas en el rinc\u00f3n m\u00e1s apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que m\u00e1s bien parec\u00edan un nuevo percance de la decrepitud. Pero \u00e9l deb\u00eda conocer la raz\u00f3n de esos cambios, porque se cuidaba muy bien para que nadie los notara, y para que nadie oyera las canciones de navegante que a veces cantaba bajo las estrellas. Una ma\u00f1ana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parec\u00eda de alta mar se meti\u00f3 en la cocina. Entonces se asom\u00f3 a la ventana, y sorprendi\u00f3 al \u00e1ngel en las primeras tentativas de vuelo. Eran tan torpes, que abri\u00f3 con las u\u00f1as un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logr\u00f3 ganar altura. Elisenda exhal\u00f3 un suspiro de descanso, por ella y por \u00e9l, cuando lo vio pasar por encima de las \u00faltimas casas, sustent\u00e1ndose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Sigui\u00f3 vi\u00e9ndolo hasta cuando acab\u00f3 de cortar la cebolla, y sigui\u00f3 vi\u00e9ndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.<\/div>\n<div class=\"column-half second\">Il terzo giorno di pioggia avevano ammazzato cos\u00ec tanti granchi dentro casa che Pelayo dovette attraversare il patio allagato per buttarli in mare, perch\u00e9 il bambino appena nato aveva passato la notte con la febbre e si pensava fosse a causa della puzza. Il mondo era triste fin da marted\u00ec. Il cielo e il mare erano un tutt&#8217;uno di cenere, e la sabbia della spiaggia che in marzo splendeva come polvere di fuoco si era trasformata in una brodaglia di fango e di molluschi marci. A mezzogiorno la luce era cos\u00ec fioca che quando Pelayo torn\u00f2 a casa dopo aver gettato i granchi gli cost\u00f2 fatica vedere cosa si muoveva e si lamentava in fondo al patio. Dovette avvicinarsi molto per scoprire che era un vecchio, steso a faccia in gi\u00f9 nel pantano, che nonostante i grandi sforzi non riusciva ad alzarsi perch\u00e9 glielo impedivano le sue enormi ali.<br \/>\nSpaventato da quell&#8217;incubo, Pelayo corse a cercare Elisenda, sua moglie, che stava facendo degli impacchi al bambino malato e la port\u00f2 fino in fondo al patio. Tutti e due osservarono il corpo caduto con silenzioso stupore. Era vestito come uno straccivendolo. Gli rimanevano solo alcuni fili scoloriti sul cranio pelato e pochissimi denti nella bocca, e la sua pietosa condizione di bisnonno fradicio lo aveva privato di ogni grandezza. Le sue ali di grosso avvoltoio, sporche e mezzo spennacchiate, erano incagliate definitivamente nel pantano. Pelayo e Elisenda lo osservarono cos\u00ec a lungo e con tanta attenzione che ben presto si riebbero dallo stupore\u00a0 e finirono per trovarlo familiare. Allora osarono parlargli, e lui rispose in un dialetto incomprensibile ma con una voce da navigante. Fu cos\u00ec che passarono sopra l&#8217;inconveniente delle ali e arrivarono con molto buon senso alla conclusione che era un naufrago solitario di qualche nave straniera affondata dalla tempesta. In ogni modo chiamarono una vicina che conosceva tutte le cose della vita e della morte perch\u00e9 lo vedesse, e a questa bast\u00f2 un&#8217;occhiata per farli ricredere.<br \/>\n&#8211; E&#8217; un angelo -disse loro. -Molto probabilmente veniva per il bambino, ma il poveretto \u00e8 cos\u00ec vecchio che la pioggia lo ha fatto cadere.<br \/>\nIl giorno dopo tutti sapevano che nella casa di Pelayo tenevano prigioniero un angelo in carne ed ossa. Contro il parere della saggia vicina, per la quale gli angeli di questi tempi erano dei sopravvissuti in fuga da una cospirazione celestiale, non avevano avuto il coraggio di ammazzarlo a bastonate. Pelayo rimase a vigilarlo dalla cucina tutta la sera, armato del suo bastone da gendarme, e prima di andare a letto lo trascin\u00f2 fuori dal pantano e lo chiuse nel pollaio con le galline. A mezzanotte, quando la pioggia termin\u00f2, Pelayo e Elisenda stavano ancora ammazzando granchi. Poco dopo il bambino si svegli\u00f2 senza febbre e con voglia di mangiare. Allora si sentirono magnanimi e decisero di mettere l&#8217;angelo su una zattera con acqua dolce e provviste per tre giorni e di abbandonarlo al suo destino in alto mare. Ma quando uscirono nel patio alle prime luci del giorno, trovarono tutto il vicinato davanti al pollaio a scherzare con l&#8217;angelo senza la minima devozione e a tirargli roba da mangiare attraverso i buchi della rete, come se non fosse una creatura soprannaturale ma piuttosto un animale da circo.<br \/>\nPadre Gonzaga arriv\u00f2 prima delle sette allarmato da quella notizia spropositata. A quell&#8217;ora erano accorsi curiosi meno frivoli di quelli dell&#8217;alba e avevano fatto ogni sorta di congetture sul futuro del prigioniero. I pi\u00f9 semplici pensavano che sarebbe stato nominato sindaco del mondo. Altri, di spirito pi\u00f9 rude, supponevano che sarebbe arrivato ad essere generale a cinque stelle per vincere tutte le guerre. Alcuni visionari speravano che venisse tenuto come stallone per fondare sulla Terra una stirpe di uomini alati e savi che si facessero carico dell&#8217;Universo. Ma padre Gonzaga, prima di essere prete, era stato un robusto taglialegna. Affacciato alla rete ripass\u00f2 in un istante il suo\u00a0 catechismo e poi chiese che gli aprissero la porta per esaminare da vicino quel pover&#8217;uomo che sembrava piuttosto un&#8217;enorme gallina decrepita in mezzo alle altre galline assorte. Era sdraiato in un angolo e si asciugava al sole le ali spiegate, fra le bucce di frutta \u00a0e gli avanzi della colazione che gli avevano tirato i mattinieri. Estraneo alle impertinenze del mondo, alz\u00f2 appena i suoi occhi da antiquario e mormor\u00f2 qualcosa nel suo dialetto quando padre Gonzaga entr\u00f2 nel pollaio e gli diede il buongiorno in latino. Il parroco ebbe il primo sospetto sulla sua impostura quando si rese conto che non capiva la lingua di Dio n\u00e9 sapeva salutare i suoi ministri. Poi not\u00f2 che visto da vicino sembrava troppo umano: aveva un odore insopportabile di intemperie, il rovescio delle ali pieno di alghe parassitarie, le penne pi\u00f9 grandi danneggiate da venti terrestri, e nulla della sua natura miserabile si accordava con l&#8217;illustre dignit\u00e0 degli angeli. Allora abbandon\u00f2 il pollaio e con un breve sermone mise in guardia i curiosi contro i rischi dell&#8217;ingenuit\u00e0. Ricord\u00f2 che il demonio aveva la brutta abitudine di ricorrere ad artifizi da carnevale per confondere gli incauti. Argoment\u00f2 che se le ali non erano l&#8217;elemento essenziale per stabilire le differenze tra un falco e un aeroplano, tanto meno potevano esserlo per riconoscere gli angeli. In ogni caso, promise di scrivere una lettera al suo vescovo affinch\u00e9 questi ne scrivesse un&#8217;altra al suo primate affinch\u00e9 questi ne scrivesse un&#8217;altra al Sommo Pontefice, di modo che il verdetto finale provenisse dai tribunali pi\u00f9 alti.<br \/>\nLa sua prudenza cadde su cuori sterili. La notizia dell&#8217;angelo prigioniero si diffuse con tale rapidit\u00e0 che nel giro di poche ore c&#8217;era nel patio una baraonda da mercato, e dovettero far venire la truppa con le baionette per scacciare la folla in tumulto che\u00a0 stava per buttar gi\u00f9 la casa. Elisenda, con la spina dorsale storta da tanto spazzare immondizia da fiera, ebbe allora la buona idea di recintare il patio e far pagare cinque centavos il biglietto d&#8217;entrata per vedere l&#8217;angelo.<br \/>\nArrivarono curiosi fin dalla Martinica. Arriv\u00f2 una fiera ambulante con un acrobata volante che pass\u00f2 a razzo varie volte sopra la folla, ma nessuno gli fece caso perch\u00e9 le sue ali non erano di angelo ma di pipistrello siderale. Arrivarono alla ricerca della salute i malati pi\u00f9 disgraziati dei Caraibi: una povera donna che fin da bambina contava i battiti del suo cuore e non le bastavano pi\u00f9\u00a0 i numeri, un giamaicano che non riusciva a dormire perch\u00e9 lo tormentava il rumore delle stelle, un sonnambulo che si alzava di notte a disfare le cose che aveva fatto da sveglio, e molti altri meno gravi.\u00a0In mezzo a quel disordine da naufragio che faceva tremare la terra, Pelayo e Elisenda erano felici nella loro stanchezza perch\u00e9 in meno di una settimana avevano riempito di soldi le camere da letto, e la fila di pellegrini che aspettavano il loro turno per entrare arrivava fino all&#8217;altro lato dell&#8217;orizzonte.<br \/>\nL&#8217;angelo era l&#8217;unico che non partecipava alla propria vicenda. Passava il tempo cercando una sistemazione nel suo nido prestato, stordito dal calore infernale delle lampade ad olio e delle candele votive che mettevano vicino alla rete. All&#8217;inizio cercarono di fargli mangiare cristalli di canfora che, secondo la sapienza della saggia vicina, era l&#8217;alimento specifico degli angeli. Ma lui li disdegnava, come disdegnava senza assaggiarli i pranzi papali che gli portavano i penitenti, e non si seppe mai se fu perch\u00e9 era un angelo o perch\u00e9 era vecchio che fin\u00ec per mangiare nient&#8217;altro che pappe di melanzana. La unica sua virt\u00f9 soprannaturale sembrava essere la pazienza. Soprattutto nei primi tempi, quando le galline lo becchettavano in cerca dei parassiti stellari che proliferavano nelle sue ali, e gli storpi gli strappavano le piume per coprire con esse le loro imperfezioni, e perfino i pi\u00f9 pietosi gli tiravano pietre nel tentativo di farlo alzare per vederlo a figura intera. L&#8217;unica volta che riuscirono a farlo arrabbiare fu quando gli bruciarono il fianco con un ferro per marchiare i torelli, perch\u00e9 stava immobile da cos\u00ec tante ore che lo credettero morto.\u00a0 Si svegli\u00f2 di soprassalto, strepitando in \u00a0una lingua\u00a0ermetica e con le lacrime agli occhi, e diede un paio di colpi d&#8217;ala che provocarono un mulinello di sterco di gallina e di polvere lunare e una ventata di panico che non pareva di questo mondo. Anche se molti pensarono che la sua reazione non fosse stata di rabbia ma di dolore, da quel momento si guardarono bene dall&#8217;infastidirlo in quanto la maggior parte di loro comprese che la sua non era passivit\u00e0 di eroe in ritiro ma di cataclisma in riposo.<br \/>\nPadre Gonzaga affront\u00f2 la frivolezza della folla con formule di ispirazione domestica, mentre era in attesa che gli arrivasse il giudizio definitivo sulla natura del prigioniero. Ma la posta di Roma aveva perso la nozione di urgenza. Passavano il tempo a verificare se il recluso aveva l&#8217;ombelico, se il suo dialetto aveva qualcosa in comune con l&#8217;aramaico, se poteva stare pi\u00f9 volte sulla punta di uno\u00a0 spillo, o se non \u00a0era semplicemente un norvegese con le ali. Quelle lettere pacate sarebbero andate avanti e indietro fino alla fine dei secoli se un\u00a0 avvenimento provvidenziale non avesse posto fine alle\u00a0 tribolazioni del parroco.<br \/>\nAccadde che in quei giorni, fra le molte altre attrazioni delle fiere erranti dei Caraibi, portassero in paese il triste spettacolo della donna che si era trasformata in ragno per avere disobbedito ai suoi genitori. Il biglietto per vederla non solo costava meno del biglietto per vedere l&#8217;angelo, ma permettevano anche di farle ogni tipo di domanda sulla sua assurda condizione e di esaminarla davanti e dietro, di modo che nessuno ponesse in dubbio la verit\u00e0 di quell&#8217;orrore. Era una tarantola spaventosa dalle dimensioni di un montone e con la testa di una giovinetta triste. Per\u00f2 la cosa pi\u00f9 straziante non era la sua figura assurda ma l&#8217;afflizione sincera con cui raccontava i dettagli della sua disgrazia: ancora quasi bambina era scappata dalla casa dei suoi genitori per andare a un ballo e mentre ritornava attraverso il bosco dopo aver ballato senza permesso tutta la notte, un tuono spaventoso aveva squarciato il cielo in due parti e da quella spaccatura era uscito il lampo di zolfo che l&#8217;aveva trasformata in ragno. Suo unico alimento erano le palline di carne trita che le gettavano in\u00a0 bocca le anime caritatevoli. Un simile spettacolo, carico di tanta verit\u00e0 umana e di cos\u00ec temibile monito, doveva sconfiggere senza volerlo quello di un angelo sprezzante che si degnava appena di guardare i mortali. Inoltre i pochi miracoli che si attribuivano all&#8217;angelo rivelavano un certo disordine mentale, come quello del cieco che non ricuper\u00f2 la vista ma gli spuntarono tre denti nuovi, e quello del paralitico che non riprese a camminare ma fu sul punto di vincere alla lotteria, e quello del lebbroso a cui nacquero girasoli nelle ferite. Quei miracoli di consolazione che sembravano piuttosto passatempi burloni avevano gi\u00e0 rovinato la reputazione dell&#8217;angelo quando la donna trasformata in ragno fin\u00ec col distruggerla. Fu cos\u00ec che Padre Gonzaga guar\u00ec definitivamente dall&#8217;insonnia, e il patio di Pelayo ritorn\u00f2 ad essere solitario come ai tempi in cui aveva piovuto per tre giorni e i granchi camminavano per le camere da letto.<br \/>\nI padroni di casa non ebbero niente di cui lamentarsi. Con il denaro incassato costruirono una casa a due piani, con balconi e giardini, e con soglie molto alte perch\u00e9 non entrassero i granchi di inverno e con sbarre di ferro alle finestre perch\u00e9 non entrassero gli angeli. Inoltre Pelayo apr\u00ec un allevamento di conigli vicinissimo al paese e rinunci\u00f2 per sempre al suo brutto impiego di gendarme, ed Elisenda si compr\u00f2 delle scarpette di raso a tacco alto e molti vestiti di seta cangiante, di quelli che usavano la domenica a quei tempi le signore pi\u00f9 ammirate. Il pollaio fu l&#8217;unico che non merit\u00f2 alcuna attenzione. Se qualche volta lo lavarono con la creolina e vi bruciarono gocce di mirra, non\u00a0 fu per onorare l&#8217;angelo ma per combattere il fetore del letamaio che ormai si aggirava come un fantasma da tutte le parti e stava facendo invecchiare la casa nuova. All&#8217;inizio, quando il bambino impar\u00f2 a camminare, si preoccuparono che non stesse troppo vicino al pollaio. Ma poi si dimenticarono della preoccupazione\u00a0 e si abituarono alla puzza, e prima che cambiasse i denti il bambino si era messo a giocare dentro il pollaio, la cui recinzione marcita cadeva a pezzi. L&#8217;angelo non fu meno scontroso con lui che con il resto dei mortali, ma sopportava gli sgarbi pi\u00f9 ingegnosi con una mansuetudine da cane senza illusioni.\u00a0Contrassero la varicella nello stesso periodo. Il medico che cur\u00f2 il bambino non resistette alla tentazione di auscultare l&#8217;angelo e gli trov\u00f2 tanti soffi al cuore e tanti rumori nei reni che non gli sembr\u00f2 possibile che fosse vivo. Ci\u00f2 che pi\u00f9 lo stup\u00ec, tuttavia, fu la logica delle sue ali. Risultavano tanto naturali in quell&#8217;organismo completamente umano che non riusciva a capire perch\u00e9 non le avessero anche gli altri uomini.<br \/>\nQuando il bambino and\u00f2 a scuola, il sole e la pioggia avevano da tempo distrutto il pollaio. L&#8217;angelo si trascinava qua e l\u00e0 come un moribondo insonne. Lo scacciavano a colpi di scopa da una camera da letto e un momento dopo se lo ritrovavano in cucina. Sembrava stare allo stesso tempo\u00a0in cos\u00ec tanti posti che arrivarono a pensare che si sdoppiasse, che si moltiplicasse in tutta la casa, e la esasperata Elisenda gridava fuori di s\u00e9 che era un disgrazia vivere in quell&#8217;inferno pieno di angeli. Lui a stento riusciva a mangiare, i suoi occhi da antiquario si erano cos\u00ec offuscati che inciampava nei pilastri della casa, e non gli rimanevano ormai che\u00a0 le cannule pelate delle ultime penne. Pelayo gli gett\u00f2 addosso una coperta e gli fece la carit\u00e0 di lasciarlo dormire sotto la tettoia, e solo allora si resero conto che passava la notte delirando per la febbre con scioglilingua da vecchio norvegese. Quella fu una delle poche volte in cui si allarmarono perch\u00e9 pensavano che stesse per morire, e neppure la vicina saggia aveva saputo dire loro cosa si faceva con gli angeli morti.<br \/>\nE invece non solo sopravvisse al suo peggior inverno ma sembr\u00f2 migliorare con i primi soli. Rimase immobile per molti giorni nell&#8217;angolo pi\u00f9 appartato del patio dove nessuno potesse vederlo, e all&#8217;inizio di dicembre cominciarono a spuntargli nelle ali delle piume grandi e dure, piume da uccellaccio anziano che sembravano piuttosto una\u00a0 nuova disgrazia della vecchiaia. Ma lui doveva conoscere il motivo di quei cambiamenti perch\u00e9 stava bene attento che nessuno li notasse e perch\u00e9 nessuno udisse le canzoni da marinaio che a volte cantava sotto le stelle. Una mattina, mentre Elisenda stava affettando una cipolla per il pranzo, entr\u00f2 in cucina un vento che sembrava d&#8217;alto mare. Allora si affacci\u00f2 alla finestra e sorprese l&#8217;angelo nei suoi primi tentativi di volo. Erano talmente goffi che apr\u00ec con le unghie un solco d&#8217;aratro fra gli ortaggi e fu sul punto di buttar gi\u00f9 la tettoia con quegli indegni colpi d&#8217;ala che scivolavano nella luce e non trovavano appiglio nell&#8217;aria. Ma riusc\u00ec a prendere quota. Elisenda emise un sospiro di sollievo per lei e per lui quando lo vide passare al di sopra delle ultime case, tenendosi su in qualche modo con uno svolazzo temerario da avvoltoio senile. Continu\u00f2 a vederlo fin quando termin\u00f2 di affettare la cipolla, e continu\u00f2 a vederlo fin quando non era pi\u00f9 possibile che lo potesse vedere, perch\u00e9 allora non era pi\u00f9 un disturbo nella sua vita ma un punto immaginario sull&#8217;orizzonte del mare.<\/p>\n<p>Traduzione di Laura Ferruta<\/div>\n<p>[print_link]<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[print_link] &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[5],"tags":[],"class_list":["post-813","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-gabriel-garcia-marquez"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/813","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=813"}],"version-history":[{"count":15,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/813\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":852,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/813\/revisions\/852"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=813"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=813"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/cuentoseracconti.miniracconti.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=813"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}